jueves, 2 de junio de 2022

¡¿Es que nadie va a pensar en los niños?!

NO QUISIERA QUE ESTE ACABARA SIENDO uno de esos posts de "¡¿Pero es que nadie va a pensar en los niños?!", pero de hecho va a ser uno de esos posts.

Todos los días hago a pie el camino de ida y vuelta al trabajo, ochenta minutos diarios de paseíto que me sirven para estirar las piernas y activar la circulación —que ya horas de sobra pasa uno sentado—, llegar despejado al chollo y también es una buena manera de integrar el ejercicio en las rutinas cotidianas. Todo el que me conozca al menos un poquito sabe que me chifla patear, me sirve para activar la mente y aprovechar para pensar en mis cosas. Si voy caminando por la calle y no os saludo no me lo toméis a mal, seguro que voy "escribiendo"; y si tengo alguna preocupación o estoy agobiado, casi seguro que me encontraréis trotando por aquí o acullá.
Esta última quincena, sin embargo, para poder afrontar una serie de obligaciones vespertinas habiendo descansado un mínimo al mediodía (siestitas de media hora o poco más, tampoco nada para echar cohetes, no os vayáis a creer), me he visto en la necesidad de coger el bus de vuelta muchos días, y he reparado en la cantidad de gente joven a la que parece haberle salido un apéndice en forma de pantalla en la mano.
Ayer mismo, en la parte trasera del bus donde iba sentado, había seis niños (a estas alturas, para mí cualquier cosa de 19 o menos años entra dentro de la categoría "niño"), cuatro de los cuales iban con los ojos enterrados en su pantallita (otro día hablamos de quienes lo van mirando compulsivamente por la calle). De ellos, cuatro adolescentAs entraron juntas. Tres de ellas sacaron, casi como un resorte, el móvil nada más apalancarse, y aunque a ratos parecían interactuar entre sí, su distracción era palpable. Sus cuerpos iban en el bus; sus mentes, no. De los otros dos, solo una niña de unos diez años iba verdaderamente teniendo un intercambio humano con su ¿madre? Hablaban, reían, se hacían carantoñas...
El que más me impresionó, sin embargo, fue un niño que por su apariencia no tendría más de ocho y que viajaba con su ¿abuela? Iba completamente absorto en un juego. Así estaba cuando me subí al bus y así continuaba cuando me bajé. No le oí decir una palabra ni le vi levantar una sola vez la cabeza de la pantalla en lo que duró mi trayecto (unos veinte minutos). Hay pocas cosas que me resulten más chocantes que los niños que no manifiestan curiosidad por lo que les rodea: lo natural a esa edad es que te llame la atención el mundo, querer observarlo, tratar de entenderlo... no estar sumido en una existencia paralela que no te será de utilidad alguna en esta, donde además solo tienes una vida: si se te acaba, no apareces un ratito después parpadeando para un nuevo intento (con permiso de los budistas).
Y la verdad es que me aterra pensar en lo mal que lo van a pasar las generaciones más jóvenes. Estamos siendo negligentes con ellos y no les estamos dando las herramientas para enfrentarse con una vida que los va a tratar con dureza inmisericorde. La vida es una maestra implacable y más les valdría espabilar, porque con la mierda de mundo que vamos a dejarles los que vamos delante, una pantallita no será lo que les sirva de escudo.



miércoles, 1 de junio de 2022

El fin de las cosas

ÚLTIMAMENTE PIENSO MUCHO EN LA MUERTE. Bueno, siempre he pensado mucho en la muerte. Que nadie se alarme, este no es uno de eso mensajes crípticos de despedida. Mi cuerpo no va a aparecer de aquí a unos días flotando bocabajo en la piscina, para empezar porque no tengo piscina, ni en el mar a medio comer por los peces. Es decir, puede que aparezca, pero no será porque yo me haya tirado; así que si aparezco hacedme el favor de investigar mi misteriosa muerte, no me estéis jodiendo.

Pero sí. Pienso mucho en la muerte. Este año (Dios mediante, como suele decir un buen amigo) cumpliré mi cuadragésima vuelta en torno al sol. Lo cual quiere decir que, estadísticamente hablando, de ahora en adelante siempre me quedará cada vez menos tiempo por delante del que ya acumulo por detrás. Teniendo en cuenta que llegar hasta aquí me ha parecido un suspiro, la perspectiva tampoco es que me entusiasme. Tal vez sea esto a lo que llaman "crisis de los cuarenta".
Siempre me ha dado miedo la muerte, y a estas alturas ya he desistido de que alguna vez deje de dármelo. Puesto que no tengo creencias sobre ninguna clase de existencia ultraterrena, concretamente lo que me aterra no es tanto la mortalidad en sí como la extinción total y absoluta de la (auto)consciencia. Dice mi madre, que probablemente en esto tenga razón como en casi todo lo demás, que nunca lograré estar del todo en paz hasta que logre estar en paz con la idea de que todo lo que tiene un principio debe tener un final.
Siempre me irritó esa tendencia desmesurada de la naturaleza a la profusión. Se pervive sustituyendo y multiplicando, sin prestar la menor atención a las condiciones particulares del individuo, que para el éxito de la especie es totalmente accesorio, y ya no digamos para la continuidad de la vida en general. Sin embargo, a punto de estrenar mi cuadragésimo tumbo por este rinconcito de galaxia perdido en esa inmensidad de vacío que es el universo, me he dado cuenta de que lo que más me aterra no es tanto la muerte como que el terror a que la muerte me empuje en algún momento a tener un comportamiento repulsivo. Qué sé yo, no socorrer a alguien por temor a salir herido, mismamente.
El ser humano es el más triste de todos los animales, porque es el único que sabe que en algún momento del futuro va a dejar de existir. Los demás no lo saben, y por eso son inmortales.



domingo, 8 de mayo de 2022

Asfixia

CREO QUE NUNCA OS HE CONTADO ESTO, pero cuando tenía seis o siete años estuve a punto de morir asfixiado. Estoy convencido de que mi claustrofobia y mi terror a ser enterrado vivo vienen de ahí.


Creo que fue justo el año antes de nacer mi hermana, y debía de ser invierno porque llevaba puesta mi bata azul oscuro con su cuello de paisley. Recuerdo la escena con mucha nitidez, como se recuerda todo lo que impregna el horror. Estaba recién bañado, así que probablemente era domingo. Estábamos cenando y una rodaja de chorizo ridículamente pequeña se me quedó atorada a la altura de los bronquios. Nunca ha vuelto a ocurrirme, pero la sensación de angustia no se me ha olvidado hasta este día.

A diferencia de lo que ocurre en las películas, la asfixia no es un proceso rápido y aséptico, tipo te pongo un cojín encima de la cara y en un momentito estás despachado con apenas más que un manoteo. Morir por asfixia lleva entre tres y cinco minutos —una canción completa de Eurovisión, imaginaos—, y la pérdida de conocimiento final va precedida por unos espasmos bruscos y terroríficos. Es un proceso que se hace eterno para quien lo sufre y tal vez para quienes le rodean más eterno todavía.

No sabría decir cuánto tiempo estuve privado de aire, porque es probable que mi cerebro haya comprimido el recuerdo, como se abrevia en la memoria todo lo doloroso una vez que ha pasado, de forma que veo con claridad el momento del atragantamiento y el momento en que la vida volvió a entrar en mis pulmones, colgado boca abajo por los pies mientras me palmeaban la espalda con vigor. En medio, un vacío. Lo único que siento aún con nitidez escalofriante es la sensación de muerte inminente, de algo importante pero frágil que se desliza entre los dedos. No debió de ser rápido, sin embargo, porque mis padres coinciden en señalar que llegué a ponerme azul.

Hicieron todo lo que se les ocurrió para lograr que expulsara la rodaja de marras, incluso provocarme el vómito (lo cual, por cierto, es algo que EN NINGÚN CASO debe hacerse con alguien que se está asfixiando), como mi padre me recuerda aún de cuando en vez, creo que con algo de rencor, porque le mordí un dedo. Sea como fuere, sin ánimo de entrar en filosofías, el hecho de que esté escribiendo estas líneas me parece que demuestra con alto grado de certeza que estoy vivo. No obstante fue entonces cuando aprendí que hay cosas en la vida que no pueden hacerse más que completamente solo, aun rodeado de una multitud.

Sin embargo, a veces me pregunto, por citar la preciosa película de Isabel Coixet, cómo habría sido mi vida sin mí. Qué habría pasado si hubiera muerto aquella noche. Tal vez mis padres se habrían divorciado (pasa a muchas parejas que pierden un hijo) y por tanto mi hermana nunca habría llegado a nacer. O tal vez habrían seguido juntos y no solo habría nacido mi hermana, sino también ese tercer hijo que mi madre siempre quiso tener y no pudo, por razones que no vienen al caso. Este hermano llegó a tener nombre. Yamal, se habría llamado (escrito exactamente así).

En ocasiones me pregunto cómo habría sido. Tal vez porque habría sido una década o más menor que yo me imagino que se habría quedado un poco bajito. Habría tenido el pelo negro como el mío, pero lacio como el de mi hermana. A diferencia de ambos, le habrían gustado los deportes. Se le habrían dado bien los estudios pero no le habrían interesado demasiado. Preferiría trabajar con las manos. Sería risueño. Sociable y alegre. Creo que como me ocurre con mi hermana, en algunos sentidos habría sido como el hijo que nunca tendré. Aquí aprendí lo mucho que se puede llegar a querer a seres que nunca han existido y que también se puede echarlos de menos.

En fin, no me hagáis demasiado caso. Es de noche y es verano aunque el calendario diga que aún no es verano, y como todos los atardeceres de verano, me entra la melancolía. Tal vez mi hermano Yamal sí llegó a nacer y está a punto de cumplir los treinta, aunque hable poco de él. O tal vez yo sea hijo único. Puede ser que mi madre perdiese a Yamal en un aborto espontáneo en el séptimo mes de gestación. O puede que todo este texto sea una patraña literaria y nunca haya estado en peligro de muerte por asfixia, menos aún por comer chorizo, porque los embutidos me dan asco. ¿Cuánto me conocéis? ¿Cuánto conocemos, de verdad conocemos, a las personas que nos rodean?



lunes, 2 de mayo de 2022

La proporción áurea

Hay una cuestión muy importante a la hora de escribir historias, que es la escala, la dimensión. Los textos, como las buenas conversaciones, suelen beneficiarse de la economía, de la concisión.

Recuerdo que en mi inocente adolescencia, cuando era lo suficientemente iluso como para pensar que un libro se escribe en el mismo tiempo que a Zapatero le iba a llevar aprender Economía (lo siento, millennials, pero no entenderéis esta referencia), albergué la idea de escribir una historia donde una parte de la sociedad sobrevive a una hecatombe innominada. En ese contexto, aparece un libro misterioso a partir del cual se empiezan a desarrollar una serie de sectas.
La intención, naturalmente, era hablar sobre el fanatismo, a través de los efectos, luchas, etc., de esos cultos (ya no sectas) durante generaciones y generaciones. Si bien la premisa me sigue pareciendo interesante incluso a día de hoy, podría decirse que esta historia fue un caso de "aborto espontáneo", de estructura que colapsa bajo su propio peso (ya ni hablemos del fraguado defectuoso de los cimientos, por mucho que los quince años sea el territorio de los empeños irreales). Además, luego me enteré de que ya había una novela de Stephen King tratando un asunto más o menos semejante y que aún encima tenía, en castellano, el mismo título que mi difusa idea: 'Apocalipsis'. Difícilmente podría yo competir con las extensiones faraónicas del 'maestro del terror'.
Un buen ejemplo de proyecto que fracasa por su desmesura es la saga 'Canción de hielo y fuego' (aka, 'Juego de tronos'). Teniendo en cuenta que hace una década que vio la luz el quinto volumen de la heptalogía y que su autor tiene ya 73 años, l@s fans de la serie deberían ir haciéndose a la idea de que nunca sabrán el final de la historia. Sencillamente, es [casi] imposible que Martin logre terminarla. ¿Por qué? Pues aparte de las dificultades comunes a toda escritura, en este caso estamos hablando de una saga con decenas de personajes principales y cientos de secundarios, cuyas intrincadas peripecias se desarrollan durante miles de páginas (entre la saga en sí, precuelas e historias colaterales, a ojo de buen cubero debemos de estar hablando de unas diez mil páginas).
En estas condiciones, escribir se convierte en algo parecido a avanzar sin más luz que un candil por un laberinto cuyas paredes y recovecos cambian constantemente. Por muy inmerso que el autor esté en su obra, hay detalles que simplemente se le olvidarán. Y eso que asumo que en el caso de Martin contará con un ejército de lectores y editores que revisarán el texto con el mismo celo que un converso, alertándole de toda suerte de inconsistencias. Es de reconocerle la honestidad de no recurrir a la solución más fácil (que seguro le habrán propuesto): estampar su firma en la portada de un texto escrito por una o varias manos ajenas.
La empresa es tan ciclópea que solo quien escribe puede entender lo descorazonador y extenuante de este esfuerzo donde toda decisión narrativa resulta insatisfactoria y todo avance parece mínimo por contraste con la escala de lo que tiene detrás.



martes, 5 de abril de 2022

La guerra

ME PASMA EL PASMO que ha provocado lo de la carnicería de Bucha, y al respecto solo puedo decir: ¿pero qué demonios se creía el personal que era una guerra? Cuando se veían caer todas esas bombas, ¿qué creían que estaban haciendo? ¿Esparcir caramelos? ¿Y que las metralletas escupen flores? A lo mejor es que ser un niño de los ochenta y haber asistido más o menos en directo a las masacres de Srebrenica o el genocidio de Ruanda no me hacía esperar otra cosa (el sentido de la sorpresa es algo que se pierde con el tiempo), pero ¡ESO ES LA GUERRA! Montones de inocentes masacrados por el delirante relato de unos pocos, miembros amputados, desaparecidos, hedor a carne pudriéndose, frío y sed, un dolor insoportable de estómago después de días sin comer, escombros, huir con lo puesto, incertidumbre, incendios, sabor a sangre, saqueos, el cuerpo cubierto de mugre después de días sin poder asearse, no saber si volverás a ver a los tuyos... No, en serio, ¿qué se creía la gente que es una guerra?




miércoles, 30 de marzo de 2022

De cuando la vida imita al arte


CON EL CULO TORSÍO, como diría mi cuñada, me quedo al descubrir por uno de los podcasts literarios que escucho que la historia de una de las más firmes candidatas a novela suprema, 'El conde de Montecristo', está de hecho inspirada por un caso que de verdad ocurrió: a principios del s. XIX, Lamothe-Langon noveló los archivos policiales recopilados por el archivero Peuchet, y en ellos cuenta la historia de un zapatero nimeño, de nombre Pierre (o François) Picaud (en realidad inspirado por la historia de un tal Gaspard-Étienne Pastorel), que se comprometió con una bella y acaudalada dama.

Movido por los celos un amigo (que no sería tan amigo) viudo con dos hijos que envidiaba la buena fortuna (y la dote) de la susodicha señora, urdió una trama en connivencia con otros tres conocidos, acusando falsamente a Picaud de ser espía inglés.
Hallado culpable y arrestado el mismo día de su boda, conoció en prisión a otro recluso moribundo, un tal padre Torri, que acabaría revelándole la ubicación de un tesoro oculto en la ciudad de Milán y legándoselo en testamento.
Durante siete años se pudrió Picaud en el oscuro presidio, la fortaleza de Fenestrelle (hoy en territorio italiano), en una situación literalmente kafkiana, sin ser siquiera informado de los motivos de su arresto, hasta que liberado a la caída del Imperio, envejecido, débil, a falta de mejor perspectiva puso rumbo a Milán, solo para descubrir que lo que su amigo le había contado era cierto.
Y ahí empezó todo. Poseedor de una gran riqueza, su primer paso fue cambiar de identidad y pasar a llamarse Joseph Lucher. Disfrazado de eclesiástico y bajo la segunda identidad del abad Baldini, regresa a Nimes y allí consigue, al precio de un diamante, que Antoine Allut, uno de los encubridores, le revele la verdad de su caso.
Por él se entera de que su otrora prometida se había casado dos años antes con su amigo traidor, el cual ahora regenta un café abierto gracias a la dote de su esposa. Es entonces cuando Picaud urde una maquiavélica trama de venganza cuya ejecución le llevaría DIEZ AÑOS.
En primer lugar, consigue que le contraten como encargado del restaurante de Loupian (el traidor). Un tiempo después Chaubard, el segundo implicado, aparece muerto en el Pont des Arts, apuñalado. En el mango del puñal, todavía clavado en su corazón, podía leerse 'Número uno'.
Entretanto, Picaud siembra la ruina de Loupian: un supuesto príncipe Corlano seduce a su hija, la deja encinta y la pide en matrimonio. El mismo día de la boda el falso príncipe envía mensajes a todos y cada uno del centenar largo de invitados revelándoles que en realidad no es un príncipe, sino un antiguo condenado a galeras. La cosa empeora cuando el hijo de Loupian, emborrachado por unos "colegas", es encontrado solo en la escena del crimen con los bolsillos llenos de joyas robadas. Detenido y juzgado, le condenan a veinte años de trabajos forzados. Por último, unos desconocidos incendian el café de Loupian.
Solari, el cuarto implicado, es hallado envenenado. Una mano anónima escribe sobre su ataúd: 'Número dos'. Tal vez por aquello de que la venganza se sirve fría y en algunos casos hasta gélida, Picaud se reserva para sí mismo el gran final: apuñalar a Loupian. Sin embargo, Allut, que algo sospechaba y había estado vigilando a Picaud, le descubre in fraganti y consigue echarle el lazo, literalmente: lo secuestra, lo ata, e intenta extorsionarle a cambio de dinero. Ante la negativa de Picaud, lo mata.
Algunos años más tarde, Allut, que malvive en un suburbio londinense, enfermo y moribundo, hace llamar a un sacerdote francés, el padre Madeleine, y le dicta toda la historia antes de expirar. Esta historia fue enviada por Madeleine al Prefecto de la Policía de París, y supuestamente serían estos pliegos los que el archivero Peuchet habría encontrado. Y digo 'supuestamente' porque los archivos de Peuchet sobre los que Lamothe-Langon se basó para su novela se quemaron en un incendio en 1871.
Y claro, yo ahora, más que releer 'El conde de Montecristo', ¡lo que quiero es leer la historia de Picaud! (*) ¡No me digáis que la vida no imita al arte!
(*) De hecho, Alexandre Dumas escribió una novelette al respecto, que sirvió de borrador para su gran obra.


lunes, 28 de marzo de 2022

La (involuntaria) lección de Will

 Una de las ventajas de hablar de un suceso de "candente actualidad" es que resulta innecesario explicar el contexto. La verdad es que se mire por donde se mire, lo de anoche en los Oscar fue lamentable. El resumen en titulares podría ser: "Todo mal".

Ya el nivel del humor no era para echar cohetes, y luego vino la "broma" con Pinkett por objeto, tan falta de tacto como de gracia. Es el tipo de humor que uno esperaría de un niño, y ni siquiera de uno muy bien educado. La bofetada puede que fuera incluso merecida, y si me apuran hasta puede que mereciera un par, para llevarse el dos por uno y disfrutar de la full experience. Por las imágenes me da la impresión de que fue una de esas cosas que se van de madre: Smith ni siquiera parece pegarle muy en serio a Rock, y la media sonrisa del actor cuando se da la vuelta hizo dudar sobre si todo estaba guionizado. Pero entonces algo cambió, durante el intercambio verbal entre ambos; creo que fue uno de esos casos donde uno hace o dice algo medio en broma, medio en serio y acto seguido se da cuenta de lo enfadado que está en realidad.
El problema (los problemas, en realidad) aquí viene por otra vía: para empezar, el sentido de la supuesta broma. Por ahí he visto un artículo de alguien que alertaba sobre los peligros de poner límites al humor, y por humor valga aquí decir al arte o a la libertad de expresión en general. No hace falta extenderse sobre eso, y en todo caso sería objeto de otra reflexión. La cuestión aquí no es si alguien puede o no hacer determinada broma, sino sobre lo que consideramos o no gracioso: ¿qué hay de risible en que alguien padezca una enfermedad y se quede calvo? ¿Cuál es la gracia exactamente? No creo que la broma de Rock fuera un ataque contra ninguno de los dos integrantes del matrimonio Pinkett-Smith, pero supongamos que la causa de la calvicie de Pinkett fuera un tratamiento oncológico: ¿cómo se habría visto esa broma entonces? No veo qué hay de cómico en el sufrimiento de alguien que padece una enfermedad actual. Primer punto negativo, que nos lleva al segundo: el machismo implícito en que la única forma que un hombre encuentre de bromear con[tra] una mujer sea metiéndose con su aspecto físico. Más de lo mismo y nada nuevo bajo el sol.
Lo que nos lleva al tercer problema: el machismo que conlleva el salir en plan gallo del corral a defender el honor de la ultrajada e implícitamente desvalida, porque aparentemente el ofendido es él y no ella, como si Pinkett no estuviese ya mayorcita para defenderse sola (puesto que caso de corresponderle a alguien el derecho a repartir guantazos habría sido a ella, no a él; lo cual, dicho sea de paso, también habría tenido una lectura muy distinta, porque incluso la violencia tiene una lectura cultural y de género, como todo lo demás). Y llevar a cabo esa defensa de la manera más tóxica que los hombres han usado siempre: mediante la violencia física. Ya que tan ofendido se sentía Smith, ¿qué tal, a la hora de subir a recoger su premio, haber declinado recibirlo por no poder aceptar una distinción de una academia que promueve o admite tal tipo de comportamientos? Eso sí habría sido un puntazo de reivindicación. Pero no fue esto lo que hizo, sin embargo. En lugar de eso, lo atribuyó todo a que "el amor nos hace hacer locuras". ¿A qué me suena esto?
No se puede, a estas alturas, admitir la violencia como forma válida de resolver problemas. Lo que nos lleva a la madre del cordero: ¿mediaba provocación [suficiente], como se diría en lenguaje judicial? Veamos. Según consta en mi documentación médica, empecé a hablar con seis meses, y con un año formaba ya frases completas con sentido. Lo mío con las palabras, pues, es un idilio que viene de largo. Las palabras importan. En casa mi madre nos hizo seguir siempre a rajatabla dos proverbios: uno, "Que lo que digas sea más bello que el silencio"; y dos, "Si no tienes nada agradable que decir, mejor no digas nada". Ambos están grabados a fuego en mi cerebro y hasta este día procuro no separarme de ellos tanto como puedo. Porque las palabras importan. Imagino que a Rock no le agradó mucho recibir una bofetada. Pues hay palabras que pueden ser auténticas bofetadas. Las palabras son tal vez la más refinada tecnología ideada nunca por el ser humano, y como tal tecnología puede ser usada para bien y para mal, para consolar o para dañar. Las palabras importan, porque las palabras son el arma más poderosa y destructiva de que dispone el ser humano. Por eso no hay régimen o sistema que no tenga propaganda. Porque las palabras importan. A un tío raro austríaco se le ocurrió recoger una idea que ya flotaba en la sociedad (el antisemitismo no lo inventaron los nazis, cuidado) y empezar a culpar a los judíos de todos los problemas y seis millones de personas acabaron pasando por un horno. El mismo tío raro austríaco empezó a caldear los ánimos en discursos multitudinarios y decenas de millones de personas más se vieron arrastradas a una guerra. Ahora mismo, en el corazón de la vieja, civilizada, bucólica y paradisíaca Europa hay cuatro millones de personas que han tenido que salir huyendo con lo puesto de sus hogares. ¿Y todo por qué? Porque las palabras importan y a un tío raro ruso se le ha ocurrido retorcerlas para transformar la Historia y pretender hacer ver que esta es algo distinto de lo que es. Para crear un relato que convierte lo inaceptable en necesario. Porque las palabras tienen incluso ese poder, el de convertir unas cosas en otras. Así que la cuestión es: ¿para qué va uno a usar sus palabras? ¿Para consolar o para herir? Porque las palabras importan.

lunes, 14 de septiembre de 2020

Daniel Zomparelli, "Todo es una mierda y eres una mala persona" - LIBRO DEL MES

 

 Todo es una mierda y eres una mala persona - Editorial Dos Bigotes

Título: Todo es una mierda y eres una mala persona

Autor: Daniel Zomparelli    Editorial: Dos Bigotes (2018)

Valoración: 4/5


Siempre he pensado que, cuando uno miente, crea otro mundo donde esa mentira cobra vida. Cada vez que miento, hay una versión de mí que es o hace lo que he dicho. (…) Cada mentira rompe el mundo en pequeños trozos y los convierte en nuevas historias, que vuelven a romperse y a crear otras hasta que solo quedan restos diminutos. Nada a lo que puedas agarrarte”.

Daniel Zomparelli, “Bloqueado”—



El poeta y editor canadiense Daniel Zomparelli publicó en 2017 su primera colección de relatos, traducida al castellano por la editorial Dos Bigotes al año siguiente.

Se trata de una compilación de hasta treinta y dos piezas donde destaca la cohesión estilística y temática —todos están protagonizados por jóvenes hombres gays que buscan su sitio en el mundo y lidian con las dificultades cotidianas: la dificultad de establecer relaciones, el trabajo o la falta del mismo, el sexo, los ambientes tóxicos, la relaciones familiares, la incidencia de las nuevas tecnologías en el día a día, la incomunicación, las apariencias y la inseguridad...—.

R negó con la cabeza y se marchó. Se me ocurrieron algunos chistes más y empecé a darle vueltas en la cabeza a sus palabras: «mala persona». Pensé que era verdad. Era una mala persona. Sería mejor como fantasma, como monstruo o como recuerdo”.

El hecho de que los mismos personajes aparezcan en más de un relato, ya como protagonistas, ya como secundarios, y que a lo largo del volumen veamos un catálogo de las… “pintorescas” citas de Ryan, dividido todo ello en una suerte de partes acotadas por los fragmentos de un relato marco casi poético que se extiende a lo largo de todo el libro, le da a Todo es una mierda y eres una mala persona una coherencia que en verdad lo aproxima más a la novela que a la mera recolección de piezas breves independientes.

En el universo entretejido de este libro disfrutable y de escritura fresca que permite avanzar con gran fluidez nos colamos por las rendijas para espiar por unos instantes la vida de estos personajes de vida un poco desastrosa que a menudo se juntan por pura soledad y que son víctimas en más de una ocasión de una inseguridad paralizante. La mirada original de Zomparelli hace que tampoco falte espacio para lo fantástico, lo increíble y hasta lo esperpéntico, tratado siempre con un aplomo y una objetividad que lo dotan de la contundencia de los hechos reales y evidentes.

¿Alguna vez sientes que te lo estás inventando todo? Como si nada de esto fuera real y todos viviéramos dentro de nuestras cabezas. Como si solo bastase un instante para darte cuenta de que toda tu existencia no es más que una ilusión”.

La acidez del humor de Zomparelli nos hace encariñarnos enseguida con unos personajes tiernos y un punto tragicómicos bajo cuya apariencia yace la fragilidad común a todos los seres humanos, en la cual uno se siente reflejado y al mismo tiempo repelido, como viéndose en un espejo con cierta aberración deformante. De ahí la credibilidad incluso en los relatos más… “esotéricos” de esta colección.

domingo, 16 de agosto de 2020

Alberto Vázquez-Figueroa, "El perro" - LIBRO DEL MES

 

El perro: Amazon.es: Vazquez-Figueroa, Alberto: Libros

Título: El perro    Autor: Alberto Vázquez-Figueroa

Año de publicación original: 1975    Editorial: Plaza&Janés (1986)

Valoración: 5/5


No —se dijo—. Ese perro no es mi conciencia… Es únicamente mi miedo… Quizá también mi fatiga; mi hastío de la vida; ese monstruo que un día, pasados los cuarenta, se aparece a los hombres y es una extraña mezcla de la vejez que llega amenazando; la juventud que regresa deformada; el terror a la impotencia y la incapacidad de aceptar la realidad de que ya estamos más cerca del fin que del principio…”.

Alberto Vázquez-Figueroa, El perro—



No es que haya leído mucho a Alberto Vázquez-Figueroa. De hecho, que ahora recuerde, leí su Viracocha, que me mantuvo enganchado a la lectura por los peregrinajes peruanos de Alonso de Molina, si bien guardo un recuerdo vago aunque grato, y tengo la idea de haber leído algún otro de sus títulos de principios de los 2000 —pero quién sabe si esto no es más que una reconstrucción de la memoria—. De ser así, título y trama se han hundido en el cieno del recuerdo, sin perspectivas de que la draga de la voluntad baste a traerlos de nuevo a flote.

No obstante, desde hace tiempo —años, realmente, pero el calendario es una cosa tan elástica y veloz— quería adentrarme en esta novela corta suya, de la que mi madre me había hablado bien. Parecía una lectura idónea, por extensión y tema, para un corto periodo vacacional de apenas unos días. Y la verdad es que no me ha defraudado.

Publicada originalmente bajo el título Como un perro rabioso en 1975, se reedita en 1989 con su título definitivo, El perroelección mucho más sutil, en mi opinión, y es de suponer que también en la del autor—. Es difícil, en el caso de escritores tan prolíficos como Vázquez-Figueroa, saber en qué punto se debe trazar la línea entre la obra iniciática y la madura. Lo cierto es que, tan intrépido en esto como en todo lo demás —aparte de escritor superventas, nuestro autor ha sido también reportero de guerra, inventor, viajero empedernido y submarinista, habiendo incluso participado en algún rescate notable—, Vázquez-Figueroa había publicado su primera novela en 1953, escrita a los catorce y publicada a los diecisiete, y tiene cuarenta cuando publica El perro, que supone su duodécima obra. Todavía faltan unos pocos años para sus sagas más celebres —Tuareg, Cienfuegos, Océano...— pero sin embargo ya han visto la luz algunas de sus obras más apreciadas: Manaos, Ébano o la autobiográfica Anaconda, todas aparecidas el mismo año que El perro, si bien de mucha mayor envergadura. Por tanto, es completamente justo calificar esta obra de novela corta y, posiblemente, de obra “menor” dentro de la producción de que la firma.

Su breve extensión, no obstante —unas ciento treinta páginas, apenas poco más que un relato hipermusculado—, no debe confundirse con falta de intención o aliento, sino que se debe a la concreción del tratamiento del material narrativo. Así, en El perro, nos trasladamos de entrada a una penitenciaria de un innominado país de Centroamérica donde un represaliado político sufre trabajos forzados bajo la feroz vigilancia de un guardián y su perro. El animal recibirá el encargo de matar al preso, y a partir de ahí se iniciará una persecución despiadada.

Bien, hasta aquí una peripecia que podría ser la de cualquier peli de acción de sobremesa de un sábado. Sin embargo, Vázquez-Figueroa va más allá, y transforma su historia casi en una alegoría política o incluso sobre la propia naturaleza encarnizada de la vida. Para empezar, la correría se desarrolla bajo la moribunda si bien aún mortífera dictadura de un tal Abigail Anaya, donde no cuesta esfuerzo reconocer, si atendemos al periodo de escritura y publicación y a los rasgos que del sistema se nos dan, un trasunto del régimen franquista.

Todo cuanto se refería a Abigail Anaya era como una vieja reliquia de otros tiempos; absurdo régimen fosilizado, perdido en la noche de la Segunda Guerra Mundial. Durante quince años ejerció la política del espadón y el decreto indiscutible (…) y luego (…) optó por teñir de legalidad el oro de su corona; dictó una Constitución, implantó un Congreso de opereta y se proclamó Presidente reelegible indefinidamente mientras el cielo le concediera vida y salud, y el pueblo no votara abiertamente en su contra. (…) allí seguía Abigail Anaya, trepado en su pedestal y aferrado a sistemas económicos, políticos y policiales de los tiempos de Hitler”.

Así, el perro, animal de aptitudes magníficas, se engrandece hasta alcanzar la estatura de figura mitológica —imposible no pensar en las Erinias—, representando de un lado el resultado de un orden político-social acrítico a fuerza de décadas de sometimiento —la tan manida banalidad del mal de Hannah Arendt—, pero de otro también la persecución implacable de las consecuencias de nuestras decisiones vitales. De esta manera, no es extraño que acabe dándose una identificación entre ambos protagonistas, Perro y Hombre, basada en la compresión profunda de las motivaciones y virtudes del otro, con los sentimientos encontrados que no pocas veces nos inspiran nuestros enemigos: el temor enfrentado a la admiración. Esta despersonalización de los los personajes —solo del humano llegamos a saber el nombre—, contribuye a darle una dimesión alegórica al relato, que avanza de forma trepidante hacia su desenlace, pero también sirve para transitar ente la psique de ambos, identificándolos y por momentos llegando a confundir al lector.

Así pues, el perro se convierte en un símbolo que explica los mecanismos por los cuales un orden perverso y represor consigue perpetuarse en el tiempo, el condicionamiento para la obediencia, aquel famoso y trillado “el mal triunfa cuando las personas buenas no hacen nada” —parafraseado sobre poco más o menos, ustedes disculpen—, y la persecución cobra una doble dimensión política y ontológica.

Sus sueños chocaban siempre con la realidad de que no es posible un Gobierno —cualquier Gobierno— sin algún tipo de represión, y eso le desconcertaba.

Si encarcelamos a los partidarios de Anaya, estamos concediendo el derecho a que los partidarios de Anaya nos encarcelen a nosotros en justa reciprocidad… Y si no lo hacemos, estamos dándoles la oportunidad de atentar de nuevo contra la libertad de todos…”.

El texto de El perro trasciende así su mera apariencia de peripecia aventurera para adentrarse en la reflexión política de calado con la constatación de que el Derecho es siempre la expresión del poder, y el ejercicio del Poder entraña siempre un grado de coerción en defensa de la pretendida justicia de un orden. Lo cual nos sitúa entonces frente a la pregunta: ¿cómo se mide la Justicia de un orden? El viejo Pareto nos diría aquello tan utilitarista de “es más justo el orden que aumenta el bienestar del mayor número posible sin disminuir el de ninguno” —vuelvo a citar de memoria, ya se hacen cargo—, pero largo y de fino hilado sería el debate de lo que se debe entender por bienestar.

Desde el punto de vista humano, esta favoletta nos habla sobre las ilusiones perdidas y hasta qué punto es exigible el sacrificio de alguien. Dicho de otra manera, nos sitúa frente a la comprensión humana del desánimo ante la pérdida de unos ideales por los que se puede luchar durante un tiempo pero quizás no eternamente sin obtener recompensa, sobre el peso del sistema para doblegar el carácter y la necesidad —o de la posibilidad, más bien— de recuperar la vida más allá de la política.

“—Fue una estúpida presunción por mi parte, estoy de acuerdo —decía en ese instante—. Pero uno siempre cree que puede evitar los errores que otros cometieron… ¡Mentira! No somos más listos que los demás, te lo aseguro… Ni yo, ni nadie”.

Finalmente, el estilo no está especialmente trabajado, con algunas repeticiones léxicas un tanto descuidadas y un gusto algo naftalinoso en más de un punto, con algunas consideraciones de “moralidad” y sobre los roles de género chocantes hoy día —aspectos ambos comprensibles si se considera la fecha de la obra y su público potencial—.


 Alberto Vázquez-Figueroa | Planeta de Libros

domingo, 12 de julio de 2020

Sylvia Plath, "La campana de cristal" - LIBRO DEL MES



La campana de cristal | Edhasa . Editorial fundada en 1946
Título: La campana de cristal    Autora: Sylvia Plath
Año de publicación: 1963
Valoración: 5/5


Para la persona encerrada bajo la campana de cristal, vacía y detenida como un bebé muerto, el mundo mismo es la pesadilla. (...)¿Qué había en nosotras, en Belsize, que fuera tan diferente de las muchachas que jugaban bridge, chismorreaban y estudiaban en la universidad a la cual yo iba a regresar? Esas muchachas también estaba bajo campanas de cristal de cierta clase”.

Sylvia Plath, La campana de cristal—

En 1963 la misteriosa figura de una tal Victoria Lucas irrumpió en el panorama literario inglés con una novela, La campana de cristal, que trataba sin tapujos e incluso de forma escandalosa temas entonces —y por desgracia hoy en día también— calificables como “femeninos”, como si lo “femenino” —lo que quiera que eso signifique— no pudiera ser tan universal como lo masculino. La novela en sí misma no recibió demasiada atención y tampoco es que provocara un gran entusiasmo, recibiendo críticas más bien tibias. Su autora regresó de inmediato al mismo anonimato nebuloso del que había salido y no se volvió a saber de ella.

Solo que la verdadera mano detrás de la novela de Victoria Lucas no era otra que la de, esta sí, un nombre algo más familiar para el ambiente literario en lengua inglesa, una joven poeta estadounidense llamada Sylvia Plath. Sin embargo, la propietaria del pseudónimo y del talento que se ocultaba tras él tampoco tuvo mucho más tiempo para dar explicaciones sobre el contenido de su obra puesto que, como es bien sabido, a los treinta años se quitó la vida, tan solo un mes después de su publicación.

Las razones que pudieron llevar a Sylvia —ya autora de El coloso bajo su propio nombre— a emplear un pseudónimo permanecen debatidas aún hoy en día. Se especula con su voluntad de ser considerada eminentemente poeta, pero probablemente la razón fundamental fue que La campana de cristal es una novela solo en la forma, pues en la práctica totalidad de lo que cuenta, salvedad hecha de nombres de lugares y personas, es estrictamente autobiográfica, incluso en los detalles más desoladores y escabrosos de su historia. Por tanto, el libro es novela solo por el tratamiento literario del material que en él se contiene —es decir, por la voluntad de su autora y no del carácter histórico que tendría una biografía.

En concreto parece que Plath temía que su madre descubriese su contenido, donde refleja, entre otras cosas, la conflictiva y tirante relación que mantenía entre ambas. De hecho el libro no se publicaría en Estados Unidos hasta 1971 y según se supo tiempo más tarde, por lo visto más de una de las jóvenes retratadas en la novela lo fueron con tal nivel de fidelidad a los acontecimientos reales que una incluso culpaba al libro de su divorcio.

El caso es que al inicio de La campana de cristal nos encontramos con Esther Greenwood, narradora y protagonista, viviendo una vida aparentemente idílica, divertida y chispeante en Nueva York. Se trata, como la propia Plath, de una joven prometedora, culta, divertida, ingeniosa, inteligente, guapa, excelente estudiante, ambiciosa... Esther ha ganado, entre otros muchos premios, una beca para realizar prácticas como residente en una revista de prestigio, tras lo cual espera ser aceptada en un curso de escritura a su regreso a Boston. Sin embargo, es precisamente en medio de ese torbellino relampagueante de experiencias cuando nuestra heroína se da cuenta de que en realidad no sabe qué hacer con su vida, de que ha estado viviendo en piloto automático. En sus propias palabras: “El problema es que yo siempre había sido inadecuada, simplemente no había pensado en ello”. Hasta ese momento toda su existencia había girado en torno a obtener las mejores calificaciones y ser brillante, pero al enfrentarse al mundo que hay más allá de los estrechos confines académicos se ve paralizada por el miedo a hacer una elección incorrecta, o más bien a la renuncia a todas las demás posibilidades que implique elegir un camino, ya que, como ella misma señala a través de una bella metáfora onírica, todos los futuros posibles penden ante ella como apetecibles higos esperando a ser cogidos, pero a medida que pasa el tiempo sin que ella logre decidirse por ninguno, los demás van pudriendo y cayendo al suelo.

La campana de cristal, aunque no expresamente, se divide en dos partes muy bien diferenciadas y de aproximadamente la misma extensión: la desenfadada vida de Esther en Nueva York, y las consecuencias de una serie de hechos y decisiones una vez que regresa a Boston. Tanto el tono como el estilo de ambas partes —mucho más ligero al principo y más sombrío después— se diferencian bastante, mostrando con realismo el deterioro de la psique de la protagonista, ya que el segundo gran tema del libro —a continuación veremos cuál es el primero— es la enfermedad mental, sus causas y orígenes Esther, como la propia Sylvia, parece tener muy claro que uno de los motivos fundamentales de sus problemas lo constituye su contradictoria condición de mujer y profesional.

Según creo, el tema central de la novela es la imposibilidad de resolver las contradicciones que la sociedad del momento imponía a una mujer como Sylvia/Esther; las tensiones entre una mujer profesional, exitosa y brillante y otra caracterizada por su papel clásico de madre y esposa. En la vida real, la imposibilidad de resolver esta ecuación —algo comprensible: pocas mujeres por aquel entonces habían sido provistas de las herramientas para superar esa pugna— acabarían, en última instancia, teniendo las consecuencias más fatales para la autora.

¿Qué se espera realmente de Esther? Ella busca su sitio, su independencia, consciente de que el peso de un matrimonio no podría sino arrojar la consecuencia final de la renuncia a su desarrollo como mujer y como artista, sumida en el paradigma de la esposa/madre abnegada que lo sacrifica todo por su marido y sus hijos, incluso si este es menos brillante que ella misma.

No ha dejado de llamarme la atención que, siendo una novela tan sincera y fidedigna en la mayoría de los aspectos de la vida de su autora, curiosamente dejara fuera la cuestión del matrimonio. O mejor dicho: el matrimonio es fuente de múltiples reflexiones en el libro, pero a diferencia de Sylvia —en ese punto casada desde hacía años y madre de dos hijos— Esther está y permanece soltera todo el libro, declarando repetidamente su intención de no casarse, aunque sin renunciar a su exploración sexual. Sin embargo, toda la violencia interior a la que Plath aludió más de una vez en sus diarios, así como la que marcó su relación con Ted Hughes —un tipo horrible desde nuestra concepción actual de lo que es una relación de pareja saludable—, constitutiva de una masculinidad que simultáneamente causa temor y atracción, conduce a que, si bien Esther no llega a casarse en el libro, la distorsión citada sí permea todas sus páginas.

De esta manera, el uso de la metáfora que da título al libro alude a la condición de aquellas mujeres que se sienten atrapadas bajo ese objeto de laboratorio, expuestas a la vista, viendo lo que ocurre a su alrededor, pero sin capacidad real para participar de ello, entre otros factores por la disyuntiva de querer ser una mujer profesional, sin depender ni personal ni laboralmente de ningún hombre, con los cuales las relaciones siempre estarían basadas en la dominación, incluso dentro de la pareja, y la necesidad de tener un hombre en la vida que sirva de enlace o protección frente a ese mundo puramente masculino. Hay pasajes donde esta reflexión es tratada de manera explícita, pero también otros más sutiles donde debemos leer entre líneas, como la escena en que Esther se rompe la pierna en un accidente de esquí y su pretendiente, estudiante de medicina, sonríe al comunicárselo. Es decir, disfrute de su papel de salvador.

El que Esther sea finalmente capaz de hallar un propósito a su vida resulta incierto, ya que el final de la historia es abierto, y tan solo hay una alusión casi al inicio a un bebé, lo que nos permite suponer que la narradora cuenta su historia desde un momento posterior donde ya es madre, pero la referencia es tan fugaz que su interpretación es incierta. En todo caso, una historia sobre la necesidad de tener objetivos y, sobre todo, de encontrarse en una sociedad y un ordenamiento que permitan el desarrollo del potencial de cada quien —en este caso muy particularmente de las mujeres— sin cortapisas basadas en estereotipos o en roles de género.

 Sylvia Plath, la vida entre las cenizas | Sylvia Plath, Estados ...


miércoles, 15 de enero de 2020

Silvia Bardelás, "As médulas" - LIBRO DEL MES


Resultado de imagen de as médulas silvia bardelásResultado de imagen de as médulas silvia bardelás

Autora: Silvia Bardelás Título: As médulas / Las médulas
Año: 2010 (trad. 2013) Ed.: Barbantesa (trad. Pulp Books)
Valoración: 3 /5

La escritora viguesa Silvia Bardelás (1967) publicó en 2010 su debut, As médulas, inspirada, según su propia explicación, por la “epidemia” de soledad y, paradójicamente, incomunicación que apreciaba en la sociedad del momento. Sin embargo, no era en modo alguno la primera vez que la autora se aproximaba al mundo literario: aunque doctora en Filosofía, toda su carrera ha estado estrechamente ligada al mundo del libro, desde su misma tesis, Una teoría de la novela, pasando por su labor como traductora, profesora de creación literaria, hasta llegar a su labor como editora.

Con una técnica muy cinematográfica y texto semánticamente denso, desde la primera página nos encontramos a Juan llegando a la muy simbólica Voces (aldea del Bierzo a solo unos kilómetros de las Médulas); personaje este en torno al cual parecen de principio gravitar los otros tres principales, pero que paulatinamente iremos descubriendo en su individualidad. Como hemos dicho, el rasgo inicial característico de todos ellos es su incapacidad para hablar, no físicamente, sino para la comunicación efectiva. Incapacidad esta que parte en realidad del desconocimiento que de sí mismos tienen: podría decirse que son cuatro personajes en busca, no de autor, sino de significado.

“(…) todo parece froito da imaxinación pero a realidade, cando aparece, imponse”.

Juan, Sara, José y Flora se interrogan sobre el sentido de la existencia y más concretamente sobre su papel particular dentro de ella, sumidos tal vez en un exceso de preguntas, un excesivo dar vueltas a las cosas que, en lugar de llevarles a aceptarlas tal cual son o a cambiarlas, les sume en la indolencia. Se figuran atrapados en el sinsentido de la existencia, en cómo la vida les va llevando de un lado a otro, conscientes de cómo hasta lo más fundamental de cuanto nos ocurre está en realidad fuera de nuestro control. En la inhóspita Voces, próximos a la naturaleza en las inmediaciones de las Médulas —atención al simbolismo del título—, van a descubrir la naturaleza que habita en ellos mismos y cuya negación contribuye a mantenerlos fosilizados, inmóviles.

“E cando o destino entra, esa sensación de determinación asúmese e xa os actos non pasan pola dúbida, son”.

Cada uno de los personajes adolece de alguna carencia que se enquista como resultado de su incapacidad para comunicarse con el resto: Juan, la incapacidad de sentir, de experimentar; Sara, la falta de raíces; José, la falta de infancia; y Flora, la falta de identidad —hasta el punto de que ni siquiera su nombre le pertenece—. Los cuatro están completamente desubicados, habitando la periferia —de la vida y los unos de los otros—, y será la necesidad de tener propósito, algo indispensable en la vida, el desafío al que se enfrenten en su populosa soledad, a la necesidad de entrar en el mundo, en el mundo real, pero… ¿qué es el mundo?

Tras la pérdida de la sensación de infinito de la niñez, se verán expuestos al egoísmo, a la inutilidad de buscar en los demás, fuera, lo que nadie puede darnos: es preciso que lo encontremos en nosotros mismos. Esto conducirá a los personajes a experimentar una abrumadora sensación de aislamiento, de ajenidad, pero también de novedad, de ver el mundo por primera vez. La sensación de invasión, de no-privacidad, les pondrá ante la disyuntiva de afirmarse frente a los otros o dejarse sujetar en los lazos con que las costumbres, las obligaciones, la tradición… nos envuelven.

Cabe señalar, como nota final, que el estilo persistentemente sincopado de la redacción, que recuerda al de la Virginia Woolf de Las olas, por muy coherente que resulte con la naturaleza de los personajes y la historia, contribuye a causar cierta fatiga y, al menos para este lector, lastra un tanto la narración de la mitad en adelante.

Resultado de imagen de silvia bardelás