Título: 1965 Autor: Boris Izaguirre Año: 2002
Editorial: Espasa Valoración: 4 /5
“(…) vivimos en un solo recuerdo que cambia de sitio
y de personas, pero que sobrevive al tiempo mismo”
—Boris Izaguirre, 1965—
Con un estilo más chispeante y menos clásico que el que
luego emplearía en su premiada Villa
Diamante, y sin los elementos “rosas” que serían uno de los puntos débiles
de aquella, el escritor hispano-venezolano Boris Izaguirre publicó en 2002 su
tercera novela, titulada 1965, en la
que rinde amargo homenaje y radiografía la vida y paso al nuevo milenio de los
últimos babyboomers, una de las
primeras generaciones —la suya propia— que nace sin propósito,
“Se
alimentaba de su propia muerte, porque veía que su vida era inútil. (…) Era
inútil desde su propia creación. ¿Qué puede aportar alguien nacido en la mitad
de los sesenta, con Kennedy muerto, Vietnam en marcha, Marilyn convertida en
mito absoluto o los Beatles condecorados por la reina Isabel? La historia ya
había sembrado sus propias minas cuando Daniel nació en 1965”
viéndose abocada a escrutarse concienzudamente en el espejo
y ponerse frente a frente con sus contradicciones, con sus debilidades, con “el
desierto en el que vivimos”, pero también con su enorme potencial.
A través de la vida de Daniel, Andrés y Rodrigo —tres
treintañeros de procedencias sociales y geográficas muy diversas, que no se
conocen entre sí, pero que tienen en común no sólo la fecha de su nacimiento,
sino la promesa de no vivir más allá de los treinta y siete años— el autor
relata la definitiva ruptura con el pasado que supusieron los ochenta, años
cruciales de los que los que fueron adolescentes o jóvenes entonces
permanecieron cautivos, y donde se plantaron, para bien y para mal, los
cimientos del presente, con las dinámicas que condujeron a los excesos causantes
en última instancia de la crisis de 2007.
En este sentido, es de resaltar la gran actualidad de la novela
respecto de episodios de la Historia reciente que en el momento en que 1965 apareció —año 2002, recordémoslo—
acababan prácticamente de producirse, como el 11-S o el corralito argentino, aderezado por Izaguirre con cataratas de datos
y referencias a la cultura pop/LGTB, en
el marco de una obra que se caracteriza por la agudeza en la observación de los
detalles aparentemente nimios y la capacidad para hilarlos en un tapiz —en un
relato— a gran escala de profunda coherencia semántica y narrativa:
“Recordar y
luego hilar con el presente todo lo recordado era su pasatiempo favorito.
Incluso su único talento verdadero.”
De tal manera, el autor describe con acierto hipnótico y
estilo cuidado de gran eficacia el impacto del acervo cultural que los tres
protagonistas tienen en común, así como la significación última —si no la
circunstancia concreta— de sus experiencias individuales, desenvueltas en ese
laberinto que los ochenta —donde eventos
históricos cruciales convivieron con el ensalzamiento a la categoría de hito de
nimiedades absolutas— fueron para muchos, y del que no todos lograron escapar.
Al final, la única salida para darse importancia y hacerse
hueco en una Historia repleta ya de todo lo posible fue revestirse de grandilocuencia,
donde el eslogan sustituye al argumento, y la opinión se confunde con la teoría
en boca de la generación que engendró a la que ahora conocemos como blanditos:
“Estaba harto
del 11 de septiembre en un país que en el fondo adoraba ser el centro absoluto
de las conversaciones de todo el planeta. Sus amigos americanos le echaban en
cara no haber estado ese día; una fecha que se empeñaban en definir como «la
que partió la historia en dos» (…). Andrés, por su parte, lamentaba que esas
amistades tuvieran profesiones mediáticas, repletas de titulares convertidos en
frases hechas y lugares comunes; titulares propios de una generación atrapada
por definiciones sobre el nuevo siglo, el miedo o la histeria. (…) lamentaba
públicamente no haber vivido esos días de pánico para poder acompañar a sus
amigos a las farmacias donde ofrecían Prozac gratis. (…) Los enemigos de Bin
Laden mantuvieron a la primera nación del mundo completamente dopada”.
La desubicación de quien vive entre dos países y no es ni de
aquí ni de allí, la pérdida o el abandono, el atrapamiento, la memoria que se
empeña en reparar los desconchados que el tiempo imprime en todas las paredes,
el contraste entre el afán —la obsesión— de originalidad y la repetición de
todo —especialmente cifrada en el personaje de Rodrigo, cuya decisión final es
su única forma de reafirmar lo que verdaderamente es; lo que él fue y esa gran
apisonadora llamada mundo le obligó a cambiar—, incapaz de superar la copia o
el pastiche, el ansia que no encuentra objeto de los rebeldes sin causa… todo
eso circula por estas páginas narrado con ácida agilidad —con algo de lastre en la parte final— y sagacidad incisiva.
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