viernes, 3 de octubre de 2014

Pobres como ratas



A veces parece existir una cierta convención en establecer una relación entre el genio de un artista y su precariedad económica, o bien la idea de que todos los grandes artistas han sido pobres de solemnidad, o de que no han podido ganarse la vida con el arte; de que han tenido que enfrentarse a mil y una desdichas que, por el contrario, parecen ser las normales y cotidianas de millones y millones de seres humanos. Hasta se buscan, a veces, causas exóticas paras sus muertes, pues, como señalaba cierta médico forense a propósito de Mozart, uno esperaría que la desaparición de tan gran hombre se hubiera debido a una conjura de fuerzas infernales y no, como ella sostenía, a una simple insuficiencia renal[1]. Sin embargo, en tanto que esa afirmación puede ser cierta para algunos escritores —aquí nos vamos a centrar en ellos—, en otros casos solo puede considerarse resultado de una magnificación hiperbólica que, estúpidamente, romantiza la pobreza, atribuyéndole algún tipo de virtud esencial (estúpidamente, insisto, por muy formadora del carácter que pueda eventualmente resultar la experiencia).

Antes de proseguir, debemos resaltar el hecho de que los artistas, con independencia de su condición económica —normalmente poco ventajosa—, siempre han formado parte de la élite por sus virtudes intelectuales, una suerte de burguesía honoris causa, si se quiere. Por otro lado, las estrecheces económicas que tradicionalmente han ido ligadas al cultivo y ejercicio de las artes, en confirmación de una verdad sociológica de carácter universal —a pesar de que en breve hablaré de Jane Austen esta frase es pura coincidencia—, siempre, y con las debidas excepciones, han afectado con mayor intensidad, a pesar de que se trataba de una de las poquísimas vías a su alcance para poder disfrutar de cierta independencia personal y patrimonial, a las [pocas] mujeres que se han aventurado en estos menesteres.
 
 
Plauto, el legendario dramaturgo que revolucionó la escena romana, comenzó su vida —de la que, por otra parte, apenas se sabe nada y, aun de lo que se sabe, no todo es fiable— como soldado y, posteriormente, comerciante. Parece ser que se arruinó a tal extremo que hubo de ponerse a trabajar en una tahona desempeñando una labor normalmente reservada a esclavos o animales: empujar la piedra del molino, tarea en la que tenía por colega a un borrico que, como es lógico, le miraría con la comprensible suspicacia de quien desaprueba el intrusismo laboral. Fue en ese medio tan ingrato[2] donde empezó a componer sus primeras comedias que, en poco tiempo, le auparon a una inusitada popularidad y, por ende, a una prosperidad económica que mantuvo toda su vida, muriendo “rico”.

Múltiples son los ejemplos en la literatura medieval de nobles (don Juan Manuel, p.e.) o religiosos (Gonzalo de Berceo, v.gr.) que componían textos de importancia fundamental y que, por tanto, en mayor o menor medida según la situación personal, no pueden ser considerados exactamente pobres, aunque su sustento no proviniese principalmente de su labor artística.

Tampoco el Renacimiento fue ajeno a literatos que gozaron de inmenso prestigio y popularidad y, por ende, de no menguada hacienda, como Dante. Ya el mero hecho de que, en una época como aquella, alguien tuviese acceso a la cultura y aprendiese a leer y escribir, le situaba automáticamente en una clase mínimamente pudiente: la gente pobre, pobre de verdad, los desheredados de la tierra, solían estar demasiado ocupados tratando de no morir de hambre como para prestar atención a semejantes minucias.
 
 
 
Tampoco en el Barroco faltan los ejemplos de autores de pobreza romantizada[3], empezando necesariamente por Cervantes: el ilustre inventor del Quijote, a quien la tradición ha querido presentarnos poco menos que como un muerto de hambre (y sin duda sufrió diversas calamidades, como la manquera a causa de un hecho de armas o su presidio de cinco años en Argel), ocupó distintos puestos oficiales, como comisario de abastos, comisario de provisiones o recaudador de impuestos (más que un pobrecito de solemnidad lo que parece es que tenía la mano, la que podía usar, un poco larga, y acabó encarcelado por… como él diría, ser demasiado amigo de lo ajeno); y este es el mismo hombre que recibió, en retribución por cierta misión secreta en Orán en 1581, un pago de 50 escudos, que, para hacernos una idea de en qué umbral de renta situaban al autor, tendrían un valor prestige[4] actual de nada menos que… ¡280.000€! Así que pobre… relativamente.

No peor era la situación de Lope de Vega o Luis de Góngora, cuya condición de canónigos (si bien el primero si arrancó de una situación económica mucho más perentoria) les aseguraba al menos el no morir de hambre (dejando a un lado los pingües beneficios que Lope acabó cosechando gracias a su ultraprolífica obra teatral). Y esto por no mencionar a Quevedo, cuyo aparatoso nombre y títulos como su señorío de La Torre de Juan Abad o su pertenencia a la Orden de Santiago, ya nos ponen sobre la pista de que no estamos ante un hombre desamparado al nivel que pudiera estarlo, pongamos por caso, un campesino de la Alcarria en esa misma época.
 


Saltemos tiempos y edades hasta el siglo XIX para darnos de bruces con Bécquer, co-forjador de la leyenda del poeta romántico como criatura sensible y zarandeada por un destino aciago. De familia de comerciantes y artistas, prescindiendo de sus comienzos difíciles (ya se sabe que los comienzos siempre lo son), mal que bien vivió siempre de su arte (aunque hubiera de malvender comedias alimenticias) y, aparte algún otro puesto, entre 1864 y 1868 ocupa el cargo de censor de novelas, con un más que generoso sueldo de 24.000 reales anuales. Si consideramos que las rentas medias anuales de un jornalero apenas superaban los mil reales (suponiendo que asistiese a trabajar todos los días laborables a razón de unos 4 reales por jornada), y que un Presidente de Chancillería venía cobrando unos 18.000, eso ya nos puede dar una idea de la posición más bien desahogada que ocupaba el sevillano.

El problema con los genios románticos es que, como suele decirse, vivían deprisa y morían jóvenes, y, por tanto, no tenían tiempo a consolidar su posición. De hecho, es casi recurrente en sus biografías que, cuando las cosas empezaban a irles un poco bien, se morían. Se conoce que sus organismos no eran capaces de soportar la felicidad. Por su parte, la situación de Rosalía de Castro, como mujer, y como mujer casada, era un tanto distinta, pues, en principio, dependía para su sustento de su marido. Sin embargo, ya ella era una autora publicada cuando conoce a Murguía (que ocupó múltiples puestos, incluyendo varios oficiales), y su matrimonio era lo suficientemente acomodado como para poder permitirse mantener dos casas en sus últimos años, pues Murguía no residía habitualmente con ella, quien vivió primero en un pazo en Lestrove y, posteriormente, en un caserón más modesto llamado A Matanza. Sabemos que la poeta —que, dicho sea de paso, da muestras en su correspondencia de considerarse a sí misma como escritora— disponía de servicio, e incluso se permite, en carta a su marido fechada el 26 de julio de 1881, afirmar que “No siendo porque lo apurado de las circunstancias me obligue imperiosamente a ello, dado caso que el editor aceptase las condiciones que te dije, ni por tres, ni por seis, ni por nueve mil reales volveré a escribir nada en nuestro dialecto, ni acaso tampoco a ocuparme de nada que a nuestro país concierna”.
 
 

Por continuar con la condición de la autora femenina, singularísimos casos de éxito son los de Gertrudis Gómez de Avellaneda —autora, entre otras, de la que se considera la primera novela antiesclavista, que le lleva la delantera incluso a La cabaña del tío Tom, a pesar de ser mucho menos conocida—, que, como Rosalía, continuó su labor literaria una vez casada; y Emilia Pardo Bazán, que la continuó, podríamos decir, a pesar de estar casada: las feroces críticas vertidas contra Emilia llevaron a su marido a exigirle que dejara de escribir y se retractase públicamente de lo publicado. Lejos de hacerlo, la condesa —su buena posición social ya nos informa de su lejanía con la pobreza más allá de lo que sus perspicaces observaciones, en La tribuna, p.e., pudieran hacerle pensar al respecto— consiguió una separación amistosa, prosiguiendo su fulgurante carrera literaria sin preocupaciones pecuniarias.

¿Y qué hay, por ejemplo, de las colegas británicas de nuestras escritoras? Novelistas como las hermanas Brontë, George Eliot o Elizabeth Gaskell —siempre me ha llamado la atención que, empleando todas ellas seudónimos, la tradición haya restituido los nombres de las auténticas autoras salvo en el caso de Eliot, de forma aparentemente arbitraria—, ocupaban un lugar modesto, pero acomodado, a menudo estando asistidas económicamente por algún pariente o por sus esposos, pero con capacidad para generar ingresos por sí mismas que, probablemente, les habrían permitido una existencia autónoma de no haber sido por los prejuicios de la sociedad en que les tocó vivir. 
 
 


La precariedad de la situación económica de Jane Austen como mujer soltera, sobre todo después del fallecimiento de su padre, es un aspecto enfatizado en cualquiera de sus biografías. Es cierto que, dada su situación de sometimiento, y sin posibilidades de desarrollar una carrera independiente, era complicado, por decir poco, para una mujer mantenerse por sí misma. Gracias a la generosidad de sus hermanos, las hermanas Austen y su madre disfrutaban, como la familia Dashwood de Sentido y sensibilidad, de unas rentas anuales de algo menos de 500 libras (así como de una casa comprada para ellas). Semejante cantidad las situaría, utilizando nuevamente el valor prestige, en un umbral de ingresos de entorno a los 400.000€ anuales. Pero es que, además, Jane fue una escritora temprana, pero una publicadora tardía. Hacia 1816, sus hermanos atravesaron algunas dificultades económicas que imposibilitaban mantener el nivel de contribución al sustento de las Austen. Sin embargo, en total, las cuatro novelas que editó en vida la autora le reportaron, entre 1811 y 1816, unos beneficios nada desdeñables de en torno a 630 libras, con lo que estaríamos hablando de alrededor del medio millón de euros. No es, por tanto, sorprendente que, en una nota que acompañaba a un regalo que hizo a su hermana Cassandra, Jane hubiera escrito “No lo rechaces, recuerda que ahora soy una mujer rica”.

Por muy acomodadas que fueran las Austen —aunque indudablemente alejadas de la prosperidad de sus personajes—, Jane no llegó a igualar, sin embargo, a algunas superestrellas de la época, como su antecesora Ann Radcliffe, que recibió un pago de 800 libras por el manuscrito de su novela El italiano. Y ni mencionemos al Ken Follett del s.XIX, Charles Dickens, que con sus apabullantes ventas (700.000 ejemplares vendidos a lo largo de su vida de Casa desolada, su novela más vendida en formato libro; ya ni mencionamos las ventas astronómicas de las novelas por entregas, a un chelín el capítulo) pasó de ser un joven que conoció bien la pobreza y el abuso, a ser un hombre fabulosamente rico.

 

La explosión del número de autores, aunque haya ido acompañada de la explosión del número de lectores —todo ello como resultas de la universalización de la educación y el retroceso del analfabetismo—, durante el s.XX nos permite, a su vez, constatar dos fenómenos contradictorios: en primer lugar, que tener una carrera literaria exitosa se hace exponencialmente más complicado, sin siquiera entrar a valorar la calidad literaria, por el mero hecho de que la competencia es mucho mayor y, en consecuencia, las cuotas de mercado mucho más exiguas. Pero, por otra parte, también hemos asistido, en particular con el nuevo cambio de siglo, al nacimiento de la figura del escritor multimillonario, muy ligada al concepto de best-seller, y no deja de ser curioso —y reconfortante— que quizás el mayor ejemplo de este fenómeno sea, precisamente una mujer: JK Rowling, la autora de la saga Harry Potter. De modo que, en apenas un siglo, las escritoras ha pasado de caer en el olvido casi en su totalidad[5] a liderar las listas de más vendidos.

En conclusión, parece que ligar las artes a una condena eterna a la miseria y el desamparo carece de fundamento. No es el campo de trabajo en sí, sino conseguir ocupar una posición en él. Pero eso como en cualquier otro ámbito de la vida, ¿no?

 

 



[1] Aunque hoy día, de hecho, la causa más aceptada para la muerte del músico salzburgués parece ser el consumo de carne de cerdo en mal estado (más vulgar imposible).
[2] Conviene alertar, no obstante, sobre el hecho de que es posible que la expresión “empujar la piedra del molino”, más que expresión de una realidad, tenga un sentido figurado próximo a «pasarlas canutas», del mismo modo que “comulgar con piedras de molino” quiere decir simplemente «verse forzado a asumir una posición incómoda o a la que se es íntimamente contrario».
[3] Procede en este punto distinguir, grosso modo, los conceptos de “pobreza absoluta” y “pobreza relativa”, que, como fácilmente se puede deducir de sus nombres, aluden, respectivamente, a la situación de quien [mal]vive con unas rentas inferiores a las que se consideran mínimas para poder hacer frente a las necesidades básicas de un ser humano; o bien la situación de quien vive con unas rentas que, situándole por debajo de las rentas medias de su entorno, sin embargo no le impiden atender sus necesidades básicas ni le abocan a una situación de pobreza absoluta (por muy precaria que, no obstante, su situación siga siendo).
[4] El valor que tiene en cuenta el poder adquisitivo que determinada renta otorgaba en un momento concreto para calcular su valor actualizado.
[5] Consideremos que aquí hemos enumerado algunos casos muy conocidos, pero durante la era victoriana se contabilizan más de doscientas autoras en el ámbito anglosajón.

viernes, 19 de septiembre de 2014

Cosas de escritor (IV): Círculo cerrado: principio y final


Siempre han existido teorías sobre la estructura ideal de las obras artísticas (el canon escultural praxiteliano, la unidad de tiempo y espacio del teatro grecolatino, la tan manida definición escolar de la introducción, nudo y desenlace de la narrativa…). En realidad, como cualquier ideal, aquellas responden a la estandarización de unos elementos que se consideran representativos, refinados, filosóficamente ricos…

Sin embargo, como toda estructura artística cerrada, no hace prueba de validez irrefutable. De hecho una historia puede empezar o terminar por cualquier parte. Incluso si empieza con el nacimiento de un personaje y acaba con su muerte, ambos eventos traerán causa de historias precedentes, y originarán a su vez otras. Como la vida misma, vaya.

La narrativa suele dar apariencia de círculo cerrado, pero, en realidad, es una ficción, una mera apariencia adoptada por su funcionalidad. Nos gusta que las cosas tengan un sentido. Incluso a día de hoy seguimos considerando una de las grandes cuestiones vitales “¿Qué hacemos aquí? ¿Cuál es el sentido de la vida?”. Seguimos sin poder digerir el dogma posmoderno de que tal vez la existencia carezca de sentido.

Una historia, en cambio, empieza y termina en cualquier punto aleatorio incluso cuando no lo aparenta. Parece ser que el cineasta francés Jean-Luc Godard tenía la costumbre de entrar en las salas de cine una vez empezada la película y salir antes de que acabara. Entendía bien, por tanto, que lo importante de una historia no son su final y su principio. Incluso las novelas más clásicas, consideradas fríamente, puede comprobarse que comienzan en cualquier punto aleatorio. El Quijote comienza una vez a don Alonso se le derrite el celebro de tanto leer. No sabemos nada de su vida hasta los cincuenta años, salvo algún trazo aisladísimo aquí y allá [1]. ¿Y por qué no empezar a narrar una vez que ya se ha puesto en camino? Ya hay un problema –el casamiento adecuado para que no acaben convertidas en unas solteronas acuciadas por la miseria– en casa de los Bennet cuando Orgullo y prejuicio arranca con su famoso aserto universal. Vemos la divertida dinámica matrimonial de los señores Bennet, pero poco o nada sabemos de su juventud. Normalmente, el punto que un narrador elige para situar el inicio de su historia es aquel en que acontece lo que podríamos llamar el desencadenante o el catalizador: aquel evento de relevancia tal que da la impresión de poner en marcha el enredo que posteriormente se explica. Al fin y al cabo, como ya sostuve en la primera parte de esta serie, al lector no hay que contarle todo, sino solo lo esencial para que siga la historia, prescindiendo de lo que por sí mismo puede recrear o suponer.

De hecho, el comienzo in media res es un recurso muy común, o bien empezar una historia cuyos desencadenantes son descubiertos y narrados, precisamente, en un momento posterior (es decir, que la historia había comenzado antes que el libro, por así decirlo, siendo el objetivo de este, de hecho, el conocimiento de tales desencadenantes, que es lo que justifica su existencia misma). Entre los volúmenes de las series –¡e incluso entre los capítulos y partes de un mismo libro!–  de novelas suele haber eventos que no se narran, saltos temporales.

Y otro tanto ocurre con el final. Pensemos en la conclusión clásica de los cuentos: “… y fueron muy felices y comieron perdices”, que parecía anunciar una existencia oscura y sin interés, repetitiva hasta la náusea. O el casto beso final del héroe y la heroína en el cine clásico, sin permitirnos saber qué acontece luego: ¿una separación? ¿Una muerte? ¿Una vida con sus altibajos?

Todo esto responde a la necesidad de mantener la atención del lector a lo largo de la historia, de forzarle a creer que lo narrado constituye unos hechos extraordinarios y, por supuesto, los más extraordinarios de toda una vida. Pero las vidas son procesos, concatenaciones fluidas de eventos que traen causa de otros anteriores, y son a su vez causa de los que les suceden, no sumas de compartimentos estancos sin relación entre sí.

 

“No estaba nada claro que cualquier fragmento de nuestra vida fuera precisamente una historia cerrada, con un argumento, con principio y con final.

            El punto y aparte era algo intrínseco a la literatura, pero no a la novela de nuestra vida. A él le parecía que cuando escribimos, forzamos el destino hacia unos objetivos determinados. «La literatura», me dijo, «consiste en dar a la trama de la vida una lógica que no tiene. A mí me parece que la vida no tiene trama, se la ponemos nosotros, que inventamos la literatura»”. [2]

 

De esta manera, en mi opinión lo que da sentido a una historia es su desarrollo, tanto de personajes como de trama: la premisa de partida puede ser todo lo interesante que se quiera, el final tan apoteósico como la imaginación del autor sea capaz de pergeñar… si no hay un desarrollo que sirva de nexo entre una y otro, la historia nacerá muerta. Es el desarrollo el que hace que principio y final cobren sentido. Por bajar de nuevo al terreno práctico, experimentos cómo Crónica de una muerte anunciada trabaja sobre esta hipótesis, probando su validez: desde el principio sabemos quién es la víctima y quién el asesino. Todo el resto del texto se orienta a explicarnos los eventos que han conducido a ese desenlace; es decir, es un proceso, un desarrollo. Así pues,  tan lícito es comenzar una narración con el recurso clásico de la descripción del medio geográfico y natural en que se va a desenvolver una historia, cuanto hacerlo en mitad de un diálogo; tan definitivo acabar un libro con el más abierto de los finales como cerrarlo con una muerte.




[1] Que podría perfectamente interpretarse desde la óptica de la locura del caballero como juego. Y lo que es más importante: Alonso, una vez ya convertido en caballero andante, reinventa su vida pasada a través, precisamente, de la narración, atribuyéndose hechos y lances ficticios.
[2] VILA-MATAS, Enrique, Doctor Pasavento, ed. Anagrama, Barcelona, 2005.

lunes, 15 de septiembre de 2014

David Foster Wallace, "Entrevistas breves con hombres repulsivos" - LIBRO DEL MES

 
 

Como de todos los grandes, hablar de un libro de David Foster Wallace, considerado unánimemente la voz más importante de su generación en la literatura estadounidense –es uno de esos casos en los que bien podría hablarse incluso de un “exceso” de talento–, entraña siempre enormes dificultades por la riqueza de su literatura. En Entrevistas breves con hombres  repulsivos (1999), Foster Wallace presenta hasta 23 piezas de diversa extensión y muy heterogéneas tanto en naturaleza cuanto en estilo, donde desde la primera línea hasta la última brilla su singular capacidad para diseccionar, de forma implacable y certera, las más sutiles dinámicas internas y los más recónditos recovecos de la realidad.

El nombre del volumen corresponde a varias piezas que lo comparten, y que reflejan –no siempre con brevedad– las actitudes y anécdotas de hombres “desviados”, por así decir; sin embargo, ese carácter se extiende también a [muchos de] los personajes de los demás relatos, que incluyen también mujeres y niños (“En lo alto para siempre”). Para construir su particular y descarnada anatomía de la realidad, el autor recurre a sus elementos de siempre: humor negro, alienación, sexualidad problemática, ditirámbicas digresiones que siguen una hilarante lógica, profusas anotaciones al pie sobre mil y una cosas que el texto principal sugiere… Es como si el americano pretendiera mostrar la realidad tal cual es y en toda su extensión de modo que el lector sea sacado de su visión particular, mostrándole entonces algo que roza lo grotesco por su amplitud inabarcable.

Así, en “La persona deprimida” nos encontramos con que usurpa el lenguaje técnico y de la filosofía new age para dar un tono satírico y sarcástico, contrastando fuertemente con la aguda perspicacia de sus observaciones de científico al microscopio, tan abundantes que rozan la extenuación.

En las varias “Entrevistas repulsivas” –donde la elaboración de las respuestas hace innecesaria la transcripción de las preguntas– nos habla del peso de las convenciones sociales y de todo el entramado sociológico y filosófico sobre las relaciones humanas, que únicamente sirve para complicarlas aún más, en lugar de simplificarlas.

En “Octeto”, una de las piezas más brillantes, bien podríamos estar ante los ensayos de un escritor, estudiando el funcionamiento narrativo y poniendo al aire las estructuras, descubriendo que son posibles tantos niveles de metaliteratura como el autor quiera, y obligando al lectora a plantearse cuestiones como ¿es verdad el aducido fiasco del “relato” original (en realidad, esta pieza es más bien un ensayo informal) o es eso lo que se pretende que creamos? Y, ¿qué autor está hablando, DFW o uno ficticio? Caso este último donde el autor real estaría arrastrándonos sin darnos cuenta al lugar que él quiere para que reflexionemos sobre ciertas cuestiones.

Algo que también intenta, aunque desde otro enfoque, en “Mundo adulto (II)” donde varía la estructura de la primera parte y presenta lo que parecen ser las anotaciones del autor para el relato futuro, mostrando los mimbres narrativos reducidos al esqueleto, lo que sirve para sorprender al lector –no olvidemos que se requiere casi tanto talento para ser un buen lector como para ser un buen escritor–, vaciando de cualquier adorno y estructura mínimamente narrativa el relato y, sin embargo, permitiéndole formarse perfectamente la imagen mental de lo que se le propone.

“Tri-Stan”, el relato más complejo del conjunto –tanto por el lenguaje empleado cuanto por las múltiples referencias que engloba–, supone una subversión absoluta e hilarante de los términos filosóficos, mitológicos y culturales clásicos (a través sobre todo de nombres y adjetivos que evocan la rica tradición grecolatina y medieval), y acendra la crítica sociológica a través de una feroz burla de la cultura de masas, del solipsismo u onanismo cultural, bajo su aspecto de fábula delirante (ella misma irónicamente construida sobre los elementos del mito tradicional y, aún más, sobre la imitación de dichos modelos).

“En su lecho de muerte” nos presenta la confesión in articulo mortis de un padre que alberga un singular e inesperado sentimiento por su exitoso hijo, un aclamado dramaturgo, presentándonos la oposición entre lo dicho y lo hecho en una estructura a su modo circular, lo que sirve de excusa a Foster Wallace para hacer un estudio de la contraposición realidad-mentira.

“El suicidio como una especie de regalo” es una pieza sobrecogedora –a la que podríamos considerar el anverso tenebroso de la anterior– en la que el sarcasmo alcanza niveles demoledores, ya desde la primera línea, cuando se adoptan las palabras “Había una vez…” para contar algo que dista mucho de ser una fábula.

Lo más interesante, quizá, del conjunto es que, a pesar de las actitudes a menudo efectivamente “repulsivas” (“horrorosas”, si se quiere, en una traducción más literal[1]) de los desquiciados personajes, estos no pierden en ningún momento su contacto con la realidad y es fácil conectar con ellos en el plano humano, por lo que se refiere a las dudas, vacilaciones y emociones contradictorias que experimentan, así como, sobre todo, en esa disrupción entre lo que uno siente o percibe y lo que se espera que haga. Si os gusta la literatura de altos vuelos rica en matices, Foster Wallace es siempre un acierto.
 

 



 
JJJJL



 




[1] Respecto a la traducción, obra de Javier Calvo, hay que decir que es de calidad extraordinaria, con toda la riqueza léxica que la literatura de Foster Wallace exige.