Ahora andará Alejandra por la huerta comiendo moras bajo el sol de mediodía. Allí, lejos del olor del fango mezclado con sangre. Valentina le gritará con falso tono amenazante desde el balcón, mientras extiende las sábanas almidonadas: “¡Vas a estropear el estómago! Como no comas…”. Pero Alejandra fingirá no oírla, canturreando entre las tomateras, mientras su mandilón blanco se va llenando de manchas rojas. Seguramente llevará colgando del brazo su muñequita de trapo, mil veces recosida. Allí, lejos del picante olor de la pólvora. Se acercará al caño de la fuente a lanzarles piedrecitas a los renacuajos que rebullen en el agua fresca, tan distinta del líquido envenenado del que apenas disponemos nosotros. Con el rumor del chorro a lo mejor se queda dormida contra el muro de piedra musgosa, sus cabellos rubios y lacios cayéndole sobre la pálida cara como hilos de oro. Allí, lejos de los ensordecedores estallidos de las bombas. Luego, a la hora de comer, Valentina la irá a buscar, la aupará, y al despertar de golpe, Alejandra hará pucheros, y Valentina le dirá, riendo: “¡Boba!”, mientras le besa la frente. Allí, lejos de esta maldita guerra a la que la libertad nos condujo.
miércoles, 23 de diciembre de 2015
Allí, lejos
Ahora andará Alejandra por la huerta comiendo moras bajo el sol de mediodía. Allí, lejos del olor del fango mezclado con sangre. Valentina le gritará con falso tono amenazante desde el balcón, mientras extiende las sábanas almidonadas: “¡Vas a estropear el estómago! Como no comas…”. Pero Alejandra fingirá no oírla, canturreando entre las tomateras, mientras su mandilón blanco se va llenando de manchas rojas. Seguramente llevará colgando del brazo su muñequita de trapo, mil veces recosida. Allí, lejos del picante olor de la pólvora. Se acercará al caño de la fuente a lanzarles piedrecitas a los renacuajos que rebullen en el agua fresca, tan distinta del líquido envenenado del que apenas disponemos nosotros. Con el rumor del chorro a lo mejor se queda dormida contra el muro de piedra musgosa, sus cabellos rubios y lacios cayéndole sobre la pálida cara como hilos de oro. Allí, lejos de los ensordecedores estallidos de las bombas. Luego, a la hora de comer, Valentina la irá a buscar, la aupará, y al despertar de golpe, Alejandra hará pucheros, y Valentina le dirá, riendo: “¡Boba!”, mientras le besa la frente. Allí, lejos de esta maldita guerra a la que la libertad nos condujo.
sábado, 12 de diciembre de 2015
M. J. Díaz Vázquez, "La ironía del afilalápices" - LIBRO DEL MES
Autor: Manuel José Díaz Vázquez Editorial: TerraIgnota Ediciones Año: 2015
Valoración: ♥♥♥♥♥
El
laboratorio del (in)genio.
Tras una larga pausa, debida,
primero, a las vacaciones, y, después, a cuestiones personales, ¡por
fin recomienza la actividad en este blog! Y, aunque ya sé que
correspondería la nueva entrega de la serie Nueve mujeres y un
solo destino, esta tendrá que esperar, al menos, hasta el mes
venidero.
En cambio, hoy voy a hablar de
un título muy especial, La ironía del afilalápices, de
Manuel José Díaz Vázquez, editado por TerraIgnota
Ediciones, perfecto para regalar estas Navidades, sobre todo a
personas que no dispongan de mucho tiempo para sumergirse en lecturas
demasiado extensas, ya que el carácter fragmentario e independiente
del volumen permite leerlo incluso sin seguir un orden concreto. Su
hilo conductor es, en realidad, esa misma ironía de la que se habla
en el título. Y no podemos olvidar, como resaltaba la poeta Aurora
Varela en la presentación, que “afilalápices” y “sacapuntas”
son sinónimos, y eso es lo que hace Díaz Vázquez aquí: sacar
punta.
Aunque la primera descripción
que viene a la mente al pensar en La ironía del afilalápices es
la de recolección de “anécdotas”, de hecho es muchísimo más
que un libro de anécdotas: es, como he dicho al principio, el
laboratorio del genio. Hay muchísimos autores, yo creo que todos y
que casi se trata de algo inevitable, que escriben diarios, y en
particular diarios que podríamos llamar “literarios”, unos con
intención de que estos vean la luz (pienso ahora en los de Andrés
Trapiello, o en los Cuadernos de un vate vago de Gonzalo
Torrente Ballester, por citar un par de ejemplos), otros simplemente
porque en eso consiste el método de trabajo de un autor: anotar y
anotar y anotar incansablemente... Carmen Martín Gaite tenía unos
cuadernos, que fueron póstumamente editados bajo el título
Cuadernos de todo en los que anotaba desde recetas de cocina
hasta cuentos, pasando por ideas para novelas, noticias y recortes,
reflexiones... Pues bien, en este “género”, si es que podemos
llamarle así, es donde se inscribe este volumen: y es que se trata
de un libro singular: lo que el autor hace ahora es darnos acceso a
su taller, al funcionamiento de su mente de escritor, a la fragua de
sueños de Vulcano, a cómo se van entretejiendo esos mimbres
invisibles que están detrás de toda historia, sosteniéndola y
dándole la consistencia de la realidad.
Díaz Vázquez ha publicado ya
cuatro novelas1,
que muchos de los presentes conocerán, y estarán por tanto
familiarizados con las características de su narrativa. Normalmente,
es imposible agotar todos los significados profundos que esta oculta,
pero me permito destacar algunos aspectos: el gusto por lo
hiperbólico, que me parece un rasgo definitorio del estilo del
autor; su poder de evocación; la riqueza general de su escritura: la
siempre esmerada justeza de la sorprendente adjetivación, tan
natural que no puede por menos de resultar llamativa; así como los
juegos de palabras prodigiosos, y los calambures en diversos grados
de pureza... Pero sobre todo, y más que ninguna otra cosa, el gusto
por lo estrafalario. Pero no lo estrafalario entendido como lo raro,
ni mucho menos como lo grotesco, sino por la innata capacidad de su
autor para convertir en maravilloso o portentoso lo corriente o
cotidiano, y viceversa, lo extraordinario (lo “extravagante”,
como diría él) en cotidiano, baste como ejemplo el cuento sobre el
cuervo Nerón.
Y hablando de cuervos (porque
hay ilustres antecedentes... a lo mejor hasta existe, lo desconozco,
un subgénero de literatura córvida), precisamente me permite esto
entroncar con uno de los elementos más apabullantes de La ironía
del afilalápices, que es la prodigiosa cultura, y sobre toto la
prodigisa memoria literaria del autor: las citas se suceden en
cascada en este libro, no diré que hasta agotar al lector, porque
están dispuestas de forma lo suficientemente hábil y dosificada
como para evitar ese efecto, o mejor dicho, ese defecto, pero sí
hasta conseguir sorprenderle. Y en particular, el gusto por la
literatura canónica no puede ocultarse en un volumen que se abre ya
con algo tan clásico como una captatio benevolentiae que
incluye llamadas al provecho y demás. Pero, como no podía ser
menos, se trata de una captatio maliciosa, irreverente,
construida al revés, justamente con la intención de que nos
detengamos en los detalles de la existencia sin más intención, a
menudo, que libar de ellos lo que de gracioso puedan tener (como ya
advertía el misterioso autor del Lazarillo de Tormes).
Díaz Vázquez, además, es un
poeta de lo pequeño, y aquí, al mismo tiempo que recuerda escenas
de su niñez o toma nota de algún aspecto del actuar humano, va
dando pinceladas de la realidad actual, de lo que hace y, por ende,
reflexiona sobre la creación literaria en sí y sobre la naturaleza
del lenguaje, sobre su relación intrínseca con el pensamiento y con
la construcción de este, sobre la honestidad humana... Incluso entre
lo fantasioso se deslizan pizcas de realidad (si es que la fantasía
no es más verdad que la realidad misma, una cuestión que daría
para mucho debatir y que se volvería la de nunca acabar), lo que
prueba que el autor tiene los pies en la tierra y una perspectiva
crítica sobre lo que en ella sucede.
Así, esta que podríamos
considerar profusión de hilarantes notas, de greguerías muy
afortunadas que constituyen en realidad un fragmentario monólogo
interior, genera aquí y allá interesante metaliteratura en la que
asistimos o vislumbramos el proceso creativo, y que recuerda por
momentos al Gonzalo Torrente Ballester que novelaba supuestos diarios
de escritores ficticios.
Pero el elemento más
destacado de este escritor es su candoroso humorismo, el benigno
sentido del humor. Me comentaba, antes de la presentación de libro,
que le parecía que algunas de las notas daban para reflexiones mucho
más extensas, a lo que contraponía yo que, en realidad, cualquier
tema da para extenderlo lo que se quiera... Cosa distinta es saber
hacerlo con gracia o con provecho. Al leer el libro, he reparado en
lo que quería decir, y tengo que afirmar, sin embargo, que la
cuestión me parece bien resuelta, ya que después de plantear algún
dilema, casi al modo de un filósofo clásico, lo que hace es
concluir, prácticamente al modo del Sancho Panza con el que en algún
punto se compara, con alguna sentencia de sentido común fruto de la
bonhomía decantada en estas páginas, que nos devuelve de golpe a la
tierra y nos hace pensar que, por mucho que un hombre agite los
brazos, sigue siendo un hombre, no un pájaro, y no puede ni podrá
nunca volar.
1Queso
fresco con membrillo, A las vacas de la señora Helena no les gusta
el pimiento picante, La calavera de Yorick
y Apuntes y memorias del peor estudiante del mundo.
jueves, 15 de octubre de 2015
Carlos Casares, "Los muertos de aquel verano" - LIBRO DEL MES
Título: Los muertos de aquel
verano Autor: Carlos Casares Editorial: Alfaguara
Año: 1987 Páginas: 126 Lugar: Madrid Valoración: ♥♥♥♥♥
Los
muertos de aquel verano, autotraducción de la obra del escritor
gallego Carlos Casares Os mortos daquel
verán, segunda pieza de una trilogía, más conceptual que narrativa, iniciada
con Ilustrísima y finalizada con Deus sentado nun sillón azul, desarrolla
los temas del pensamiento dogmático, el fanatismo, la violencia y la intolerancia
—comunes, por otra parte, en la obra del autor—.
El primer elemento que conviene
destacar es de carácter formal: la narración adopta la forma de una inquisición
policial, contrastando de forma muy notable la aridez de la prosa forense con
la intensa carga emocional que se trasluce, a veces tan sólo se supone, en las
acciones y deposiciones de los personajes —y que no excluye momentos
sanguinarios y de auténtica crueldad—. Elección que responde, por un lado, al
deseo de conseguir el efecto de esa impasibilidad burocrática frente a la
injusticia que precisamente se presenta en la novela, pero, por otro, es
también un elemento que atiende a una característica de la narrativa del autor
admitida por él mismo, a saber, la sintetización, incluso excesiva, de la
materia narrativa.
Naturalmente, el verano al que se
alude en el título es el de 1936 —inicio de la Guerra Civil española—, y es
desde este mismo título donde empieza esa buscada y efectiva ambigüedad del
texto, sin que podamos decidir exactamente si con él se alude al hecho concreto
narrado o bien, en un sentido más amplio, y empleado este meramente ad exemplum, se presenta una crítica de
toda la dinámica —cifrada en la inacción y el colaboracionismo— que condujo al
enquistamiento del conflicto y, eventualmente, tras tres años de guerra, al
triunfo final del golpe de Estado. Lo que nos conduce, a su vez, a la cuestión
de si estamos o no ante un ejemplo de literatura programática; a lo que cabe
responder, a mi juicio, negativamente, pues si bien resulta bastante clara la
adscripción ideológica izquierdista del texto y, presumiblemente, de su autor,
no lo es menos que, en lo que concierne al material narrativo, nunca tiene
lugar un intercambio entre posturas ideológicas enfrentadas, ni mucho menos se
produce el ensalzamiento proselitista de ninguna de ellas —a evitar todo lo
cual contribuye espléndidamente el empleo del estilo narrativo antes
mencionado—. Más bien, el texto responde, en todo caso, a un ideal humanista,
que persigue el deseo de mostrar la deriva totalitaria y mortífera que
inevitablemente tendrá lugar a partir de la implementación de cualquier
orientación política basada en el desprecio y la violencia. Y a ello no empece
el que en el caso concreto aquí tratado se concrete en el levantamiento
falangista, porque ello responde a la mera veracidad histórica.
Así pues, Los muertos de aquel verano se estructura en diez informes que un
anónimo funcionario remite a una Jefatura, a instancias de la cual investiga la
actividad de una (supuesta) organización clandestina que pretende destruir, a
base de rumorología, la buena consideración de una serie de (supuestamente) probos
ciudadanos que, casualmente, resultan ser entusiastas del levantamiento. La
cuestión social no deja de ser (re)presentada, de modo que algunos de estos
ciudadanos son burgueses/empresarios, en tanto que los primeros se identifican
con trabajadores, etc. Para evitar la quiebra del cuidadoso equilibrio con que
el autor dispone su material narrativo presentando una escisión demasiado
nítida entre clases pudientes-explotadores y trabajadores-explotados, incluye
también entre estos últimos a un profesional liberal, un boticario cuya muerte
—nada revelamos con esta mención, pues se encuentra en la primera página— se
halla en el epicentro del conflicto de la novela: si se trató de una
desgraciada e inoportuna muerte accidental —uno de los eufemismos políticos
donde los haya para los regímenes totalitarios/dictatoriales— o de algo más, y,
especialmente, los motivos que pudieron haber conducido a la segunda
posibilidad, será el hilo argumental que Casares desarrolle con objeto de
explicar el funcionamiento adulterado de una (parte de la) Administración que
jugaría un papel esencial en la instauración del nuevo orden.
El empleo de este peculiar
narrador, no desconocido pero sí infrecuente, tiene la virtualidad de que, a
pesar de la redacción en tercera persona pretendidamente neutra, la presencia
interpuesta de este funcionario sirve de filtro a los testimonios vertidos en
primera persona por los interrogados, que no se citan de forma literal, sino
indirecta, siendo en algunos puntos evidente la parcialidad del interrogador en
la interpretación de las expresiones y palabras usadas. De hecho, algunas
referencias a su propia persona —el “funcionario informante” y el “funcionario relatante”—
se formulan en términos que dejan traslucir claramente la conciencia que de sí
mismo tiene el susodicho como pieza activa en el tamizado de los testimonios de
los declarantes.
Es interesante destacar, también
desde el punto de vista formal, que en lo que atañe al tiempo de la novela —una
cuestión sobre la que Casares tenía un parecer bastante crítico e indiferente,
refiriéndose a él en alguna ocasión como una cuestión “subsidiaria”—, si bien
todos los informes, obviamente, se refieren a hechos pasados de amplitud
temporal mucho mayor —se remontan hasta catorce años atrás—, se ha producido
una curiosa y sin duda deliberada alteración en el orden de presentación, que
sí sigue una aparente linealidad cronológica y ocupa en torno a mes y medio;
así, el quinto informe, que debería haber sido el primero, se traslada al punto
central de la narración, cuando ya hemos oído hablar —¡y mucho!— del
interrogado en esa ocasión, lo que contribuye a realzar su participación en los
eventos expuestos, por lo demás muy señalada. Los hechos narrativos, por el
contrario, no son presentados cronológicamente, sino en espiral: para empezar,
se abren con el interés que sobre una muerte manifiesta cierta Jefatura; y, a
partir de ahí, son comentados en sucesivas pasadas por diversos declarantes que
se contradicen entre sí, y que a veces incluso corrigen sus propias
declaraciones anteriores —sospechamos en algún punto que no de forma
absolutamente voluntaria—. De esta manera, la unicidad de narrador no consigue
extinguir la polifonía de fondo y la multiplicidad de perspectivas y opiniones,
que se cifran esencialmente en dos concepciones del mundo contrapuestas a todos
los niveles, tanto en lo práctico y lo social, cuanto en lo moral y metafísico.
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