miércoles, 23 de diciembre de 2015

Allí, lejos


Ahora andará Alejandra por la huerta comiendo moras bajo el sol de mediodía. Allí, lejos del olor del fango mezclado con sangre. Valentina le gritará con falso tono amenazante desde el balcón, mientras extiende las sábanas almidonadas: “¡Vas a estropear el estómago! Como no comas…”. Pero Alejandra fingirá no oírla, canturreando entre las tomateras, mientras su mandilón blanco se va llenando de manchas rojas. Seguramente llevará colgando del brazo su muñequita de trapo, mil veces recosida. Allí, lejos del picante olor de la pólvora. Se acercará al caño de la fuente a lanzarles piedrecitas a los renacuajos que rebullen en el agua fresca, tan distinta del líquido envenenado del que apenas disponemos nosotros. Con el rumor del chorro a lo mejor se queda dormida contra el muro de piedra musgosa, sus cabellos rubios y lacios cayéndole sobre la pálida cara como hilos de oro. Allí, lejos de los ensordecedores estallidos de las bombas. Luego, a la hora de comer, Valentina la irá a buscar, la aupará, y al despertar de golpe, Alejandra hará pucheros, y Valentina le dirá, riendo: “¡Boba!”, mientras le besa la frente. Allí, lejos de esta maldita guerra a la que la libertad nos condujo.

sábado, 12 de diciembre de 2015

M. J. Díaz Vázquez, "La ironía del afilalápices" - LIBRO DEL MES


Autor: Manuel José Díaz Vázquez    Editorial: TerraIgnota Ediciones   Año: 2015

Valoración: ♥♥♥♥♥ 


El laboratorio del (in)genio.

Tras una larga pausa, debida, primero, a las vacaciones, y, después, a cuestiones personales, ¡por fin recomienza la actividad en este blog! Y, aunque ya sé que correspondería la nueva entrega de la serie Nueve mujeres y un solo destino, esta tendrá que esperar, al menos, hasta el mes venidero.

En cambio, hoy voy a hablar de un título muy especial, La ironía del afilalápices, de Manuel José Díaz Vázquez, editado por TerraIgnota Ediciones, perfecto para regalar estas Navidades, sobre todo a personas que no dispongan de mucho tiempo para sumergirse en lecturas demasiado extensas, ya que el carácter fragmentario e independiente del volumen permite leerlo incluso sin seguir un orden concreto. Su hilo conductor es, en realidad, esa misma ironía de la que se habla en el título. Y no podemos olvidar, como resaltaba la poeta Aurora Varela en la presentación, que “afilalápices” y “sacapuntas” son sinónimos, y eso es lo que hace Díaz Vázquez aquí: sacar punta.

Aunque la primera descripción que viene a la mente al pensar en La ironía del afilalápices es la de recolección de “anécdotas”, de hecho es muchísimo más que un libro de anécdotas: es, como he dicho al principio, el laboratorio del genio. Hay muchísimos autores, yo creo que todos y que casi se trata de algo inevitable, que escriben diarios, y en particular diarios que podríamos llamar “literarios”, unos con intención de que estos vean la luz (pienso ahora en los de Andrés Trapiello, o en los Cuadernos de un vate vago de Gonzalo Torrente Ballester, por citar un par de ejemplos), otros simplemente porque en eso consiste el método de trabajo de un autor: anotar y anotar y anotar incansablemente... Carmen Martín Gaite tenía unos cuadernos, que fueron póstumamente editados bajo el título Cuadernos de todo en los que anotaba desde recetas de cocina hasta cuentos, pasando por ideas para novelas, noticias y recortes, reflexiones... Pues bien, en este “género”, si es que podemos llamarle así, es donde se inscribe este volumen: y es que se trata de un libro singular: lo que el autor hace ahora es darnos acceso a su taller, al funcionamiento de su mente de escritor, a la fragua de sueños de Vulcano, a cómo se van entretejiendo esos mimbres invisibles que están detrás de toda historia, sosteniéndola y dándole la consistencia de la realidad.

Díaz Vázquez ha publicado ya cuatro novelas1, que muchos de los presentes conocerán, y estarán por tanto familiarizados con las características de su narrativa. Normalmente, es imposible agotar todos los significados profundos que esta oculta, pero me permito destacar algunos aspectos: el gusto por lo hiperbólico, que me parece un rasgo definitorio del estilo del autor; su poder de evocación; la riqueza general de su escritura: la siempre esmerada justeza de la sorprendente adjetivación, tan natural que no puede por menos de resultar llamativa; así como los juegos de palabras prodigiosos, y los calambures en diversos grados de pureza... Pero sobre todo, y más que ninguna otra cosa, el gusto por lo estrafalario. Pero no lo estrafalario entendido como lo raro, ni mucho menos como lo grotesco, sino por la innata capacidad de su autor para convertir en maravilloso o portentoso lo corriente o cotidiano, y viceversa, lo extraordinario (lo “extravagante”, como diría él) en cotidiano, baste como ejemplo el cuento sobre el cuervo Nerón.

Y hablando de cuervos (porque hay ilustres antecedentes... a lo mejor hasta existe, lo desconozco, un subgénero de literatura córvida), precisamente me permite esto entroncar con uno de los elementos más apabullantes de La ironía del afilalápices, que es la prodigiosa cultura, y sobre toto la prodigisa memoria literaria del autor: las citas se suceden en cascada en este libro, no diré que hasta agotar al lector, porque están dispuestas de forma lo suficientemente hábil y dosificada como para evitar ese efecto, o mejor dicho, ese defecto, pero sí hasta conseguir sorprenderle. Y en particular, el gusto por la literatura canónica no puede ocultarse en un volumen que se abre ya con algo tan clásico como una captatio benevolentiae que incluye llamadas al provecho y demás. Pero, como no podía ser menos, se trata de una captatio maliciosa, irreverente, construida al revés, justamente con la intención de que nos detengamos en los detalles de la existencia sin más intención, a menudo, que libar de ellos lo que de gracioso puedan tener (como ya advertía el misterioso autor del Lazarillo de Tormes).

Díaz Vázquez, además, es un poeta de lo pequeño, y aquí, al mismo tiempo que recuerda escenas de su niñez o toma nota de algún aspecto del actuar humano, va dando pinceladas de la realidad actual, de lo que hace y, por ende, reflexiona sobre la creación literaria en sí y sobre la naturaleza del lenguaje, sobre su relación intrínseca con el pensamiento y con la construcción de este, sobre la honestidad humana... Incluso entre lo fantasioso se deslizan pizcas de realidad (si es que la fantasía no es más verdad que la realidad misma, una cuestión que daría para mucho debatir y que se volvería la de nunca acabar), lo que prueba que el autor tiene los pies en la tierra y una perspectiva crítica sobre lo que en ella sucede.

Así, esta que podríamos considerar profusión de hilarantes notas, de greguerías muy afortunadas que constituyen en realidad un fragmentario monólogo interior, genera aquí y allá interesante metaliteratura en la que asistimos o vislumbramos el proceso creativo, y que recuerda por momentos al Gonzalo Torrente Ballester que novelaba supuestos diarios de escritores ficticios.

Pero el elemento más destacado de este escritor es su candoroso humorismo, el benigno sentido del humor. Me comentaba, antes de la presentación de libro, que le parecía que algunas de las notas daban para reflexiones mucho más extensas, a lo que contraponía yo que, en realidad, cualquier tema da para extenderlo lo que se quiera... Cosa distinta es saber hacerlo con gracia o con provecho. Al leer el libro, he reparado en lo que quería decir, y tengo que afirmar, sin embargo, que la cuestión me parece bien resuelta, ya que después de plantear algún dilema, casi al modo de un filósofo clásico, lo que hace es concluir, prácticamente al modo del Sancho Panza con el que en algún punto se compara, con alguna sentencia de sentido común fruto de la bonhomía decantada en estas páginas, que nos devuelve de golpe a la tierra y nos hace pensar que, por mucho que un hombre agite los brazos, sigue siendo un hombre, no un pájaro, y no puede ni podrá nunca volar.

 

1Queso fresco con membrillo, A las vacas de la señora Helena no les gusta el pimiento picante, La calavera de Yorick y Apuntes y memorias del peor estudiante del mundo.  



jueves, 15 de octubre de 2015

Carlos Casares, "Los muertos de aquel verano" - LIBRO DEL MES

Título: Los muertos de aquel verano      Autor: Carlos Casares    Editorial: Alfaguara
Año: 1987           Páginas: 126      Lugar: Madrid   Valoración: ♥♥♥♥♥
Los muertos de aquel verano, autotraducción de la obra del escritor gallego Carlos Casares Os mortos daquel verán, segunda pieza de una trilogía, más conceptual que narrativa, iniciada con Ilustrísima y finalizada con Deus sentado nun sillón azul, desarrolla los temas del pensamiento dogmático, el fanatismo, la violencia y la intolerancia —comunes, por otra parte, en la obra del autor—.
El primer elemento que conviene destacar es de carácter formal: la narración adopta la forma de una inquisición policial, contrastando de forma muy notable la aridez de la prosa forense con la intensa carga emocional que se trasluce, a veces tan sólo se supone, en las acciones y deposiciones de los personajes —y que no excluye momentos sanguinarios y de auténtica crueldad—. Elección que responde, por un lado, al deseo de conseguir el efecto de esa impasibilidad burocrática frente a la injusticia que precisamente se presenta en la novela, pero, por otro, es también un elemento que atiende a una característica de la narrativa del autor admitida por él mismo, a saber, la sintetización, incluso excesiva, de la materia narrativa.
Naturalmente, el verano al que se alude en el título es el de 1936 —inicio de la Guerra Civil española—, y es desde este mismo título donde empieza esa buscada y efectiva ambigüedad del texto, sin que podamos decidir exactamente si con él se alude al hecho concreto narrado o bien, en un sentido más amplio, y empleado este meramente ad exemplum, se presenta una crítica de toda la dinámica —cifrada en la inacción y el colaboracionismo— que condujo al enquistamiento del conflicto y, eventualmente, tras tres años de guerra, al triunfo final del golpe de Estado. Lo que nos conduce, a su vez, a la cuestión de si estamos o no ante un ejemplo de literatura programática; a lo que cabe responder, a mi juicio, negativamente, pues si bien resulta bastante clara la adscripción ideológica izquierdista del texto y, presumiblemente, de su autor, no lo es menos que, en lo que concierne al material narrativo, nunca tiene lugar un intercambio entre posturas ideológicas enfrentadas, ni mucho menos se produce el ensalzamiento proselitista de ninguna de ellas —a evitar todo lo cual contribuye espléndidamente el empleo del estilo narrativo antes mencionado—. Más bien, el texto responde, en todo caso, a un ideal humanista, que persigue el deseo de mostrar la deriva totalitaria y mortífera que inevitablemente tendrá lugar a partir de la implementación de cualquier orientación política basada en el desprecio y la violencia. Y a ello no empece el que en el caso concreto aquí tratado se concrete en el levantamiento falangista, porque ello responde a la mera veracidad histórica.
Así pues, Los muertos de aquel verano se estructura en diez informes que un anónimo funcionario remite a una Jefatura, a instancias de la cual investiga la actividad de una (supuesta) organización clandestina que pretende destruir, a base de rumorología, la buena consideración de una serie de (supuestamente) probos ciudadanos que, casualmente, resultan ser entusiastas del levantamiento. La cuestión social no deja de ser (re)presentada, de modo que algunos de estos ciudadanos son burgueses/empresarios, en tanto que los primeros se identifican con trabajadores, etc. Para evitar la quiebra del cuidadoso equilibrio con que el autor dispone su material narrativo presentando una escisión demasiado nítida entre clases pudientes-explotadores y trabajadores-explotados, incluye también entre estos últimos a un profesional liberal, un boticario cuya muerte —nada revelamos con esta mención, pues se encuentra en la primera página— se halla en el epicentro del conflicto de la novela: si se trató de una desgraciada e inoportuna muerte accidental —uno de los eufemismos políticos donde los haya para los regímenes totalitarios/dictatoriales— o de algo más, y, especialmente, los motivos que pudieron haber conducido a la segunda posibilidad, será el hilo argumental que Casares desarrolle con objeto de explicar el funcionamiento adulterado de una (parte de la) Administración que jugaría un papel esencial en la instauración del nuevo orden.
El empleo de este peculiar narrador, no desconocido pero sí infrecuente, tiene la virtualidad de que, a pesar de la redacción en tercera persona pretendidamente neutra, la presencia interpuesta de este funcionario sirve de filtro a los testimonios vertidos en primera persona por los interrogados, que no se citan de forma literal, sino indirecta, siendo en algunos puntos evidente la parcialidad del interrogador en la interpretación de las expresiones y palabras usadas. De hecho, algunas referencias a su propia persona —el “funcionario informante” y el “funcionario relatante”— se formulan en términos que dejan traslucir claramente la conciencia que de sí mismo tiene el susodicho como pieza activa en el tamizado de los testimonios de los declarantes.
Es interesante destacar, también desde el punto de vista formal, que en lo que atañe al tiempo de la novela —una cuestión sobre la que Casares tenía un parecer bastante crítico e indiferente, refiriéndose a él en alguna ocasión como una cuestión “subsidiaria”—, si bien todos los informes, obviamente, se refieren a hechos pasados de amplitud temporal mucho mayor —se remontan hasta catorce años atrás—, se ha producido una curiosa y sin duda deliberada alteración en el orden de presentación, que sí sigue una aparente linealidad cronológica y ocupa en torno a mes y medio; así, el quinto informe, que debería haber sido el primero, se traslada al punto central de la narración, cuando ya hemos oído hablar —¡y mucho!— del interrogado en esa ocasión, lo que contribuye a realzar su participación en los eventos expuestos, por lo demás muy señalada. Los hechos narrativos, por el contrario, no son presentados cronológicamente, sino en espiral: para empezar, se abren con el interés que sobre una muerte manifiesta cierta Jefatura; y, a partir de ahí, son comentados en sucesivas pasadas por diversos declarantes que se contradicen entre sí, y que a veces incluso corrigen sus propias declaraciones anteriores —sospechamos en algún punto que no de forma absolutamente voluntaria—. De esta manera, la unicidad de narrador no consigue extinguir la polifonía de fondo y la multiplicidad de perspectivas y opiniones, que se cifran esencialmente en dos concepciones del mundo contrapuestas a todos los niveles, tanto en lo práctico y lo social, cuanto en lo moral y metafísico.  
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