Dice papá que Bobby
está ahora en el cielo, y que podré verle todas las noches, cuando salgan las
estrellas, y que por eso no tengo que llorar. Yo no me acuerdo de cuándo nació Bobby. Bobby ya estaba antes de que yo llegara. Pero he visto fotos: era
una bolita de pelo negro. Ahora era más claro, y tenía mucho pelo blanco por el
hocico. Papá dice que se acurrucaba debajo de la estufa, buscando el calor de
sus hermanos, y que temblaba cuando le daban leche de la nevera. Una vez que me
caí a la piscina, Bobby me rescató:
se lanzó al agua, me agarró por los tirantes con su boca, y tiró de mí hasta
las escaleras. Yo no me acuerdo. Dice papá que me olisqueó por todas partes y,
cuando comprobó que estaba bien, se sacudió, lanzando al aire todo el agua
atrapada en su pelo, como cuando le bañábamos los domingos. Bobby ayudaba mucho a papá, le traía las
zapatillas y el periódico, le alcanzaba las cosas de los estantes altos, y
siempre estaba durmiendo enroscado cerca de él. Pero con un ojo abierto,
vigilando, por si hacía falta. Papá quería mucho a Bobby. Yo no quiero que Bobby
se vaya al cielo, pero era muy viejo, y últimamente le dolía mucho la
tripita. Papá me ha sentado en su colo, y hemos salido al balcón en su silla de
ruedas. Estamos mirando al cielo. Papá me señala un punto, y me dice: “¿Ves?
Allí está Canis maior”. Me ha
enseñado fotos en el ordenador, parece un perrito con la cola levantada, como Bobby cuando esperaba que le lanzáramos
la pelota. Allí van los perritos cuando se mueren. ¡Oh, acaba de pasar una
estrella fugaz! Dice papá que es Bobby.
Adiós, Bobby, te quiero.
miércoles, 23 de diciembre de 2015
Motivaciones
(Foto: Richard Tuschman)
Nunca sabrás por qué lo hice. Te quedarás ahí, lanzando
improperios al aire, masticando tu furia. Zarandeando tu lengua rosada como una
bandera que ondea al viento, frunciendo tanto los labios que se te mancharán un
poco los dientes con el carmín. Yo seguiré callado, aflojándome la corbata,
mientras tú te quitas las medias, enrollándolas pierna abajo, y aguantaré el
chaparrón poniendo una atención exagerada en cada movimiento. Tú dirás que lo
sabes todo (porque eso te tranquiliza), y yo lo seguiré negando, y nunca te
diré la verdad. Hasta que ya no sea posible sostenerse por más tiempo las
miradas.
El sótano
Las escaleras a la cripta eran resbaladizas, temía caer por ellas: es fácil rodar hasta lo más bajo de una escalera, pero sólo hay una forma de volver a subirla: peldaño a peldaño. Y aunque ya sabía lo que había abajo, porque él mismo lo había encerrado allí, el joven pisó con cuidado cada irregular escalón, blandiendo la antorcha para ahuyentar la oscuridad, rogando estar equivocado.
Al
llegar al último peldaño un escalofrío irreprimible recorrió su
espalda: el vendaval había arrancado de cuajo el grueso portón de
madera. Los pesados goznes pendían retorcidos, uno de la pared, el
otro de la propia puerta. De nada había servido el complejo sistema
de cerraduras. Incluso la rejilla corredera por la que podía mirarse
al interior se había roto (el gélido chirrido que emitía al
descorrerla cruzó su mente como la hoja de un cuchillo).
Temblando
cada vez más incontrolablemente, el joven atravesó el hueco. El
tufo a moho hirió su nariz nada más entrar a la cámara. Un hachón
como el suyo ardía apenas dentro. Tomándolo con la otra mano,
iluminó el techo: al menos, esperaba encontrar los trémulos
cuerpecillos durmiendo bocabajo con sus siniestras alitas alrededor,
pero los murciélagos no estaban allí.
Lo
peor de todo, sin embargo, era que faltaban de la pared la negra
gabardina encapuchada y aquella ballesta de la que nunca logró
deshacerse.
El
loco del sótano había escapado. Inclinándose con un suspiro de
desaliento, el charco del suelo le devolvió el pálido rostro de su
gemelo.
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