lunes, 17 de octubre de 2016

Día de las Escritoras

Hoy se conmemora el Día de las Escritoras

Lo mismo me pregunto yo: ya llevamos unas cuantas generaciones donde la formación es igualitaria. ¿De verdad los mejores son siempre hombres? Lo dudo bastante. 

Soy de los que piensa que hay que atender exclusivamente a los méritos (incluso las cuotas me parecen mal: ¿qué pasa si en determinado campo u órgano el 100 % de mejores candidaturas son mujeres?). 

Por otra parte, las escritoras olvidadas siempre han sido uno de mis mayores fetiches literarios: hace más de veinte años, gracias a un fascículo escrito por Camilo José Cela —justo es decirlo—, entré en contacto con nombres como las hermanas Brontë o Mary Ann Evans  (alias George Eliot), y empecé a leer —cuando no estaba tan de moda como ahora— a Jane Austen (una de mis autoras favoritas, que he releído en infinidad de ocasiones). Mi pasión por Rosalía de Castro me llevó a leer un libro de Marina Mayoral sobre "Escritoras románticas españolas", donde entré en contacto con otras mucho menos conocidas como Gertrudis Gómez de Avellaneda, Carolina Coronado o Cecilia Böhl de Faber (alias Fernán Caballero). 

Hace poco leí la primera novela de la más joven de la Brontë; actualmente (en un salto temporal hacia delante) estoy con Susanna Clarke y Almudena Sánchez, y no puedo esperar a acabar con ellas para sumergirme en María de Zayas, George Sand, Margarita de Valois, y retomar a Murasaki Shikibu (si Cervantes es el padre de la novela moderna, ella, con su "Historia de Genji", seiscientos años anterior, bien pudiera ser la abuela). 

Así que, en este Día de las Escritoras (y sí, ya sé que señalar cualquier efemérides no deja de ser un reconocimiento implícito de que hay algo de extraordinariedad en lo celebrado), lo mejor que podemos hacer, y a ello os invito, es leer y releer a estas mujeres. 

sábado, 3 de septiembre de 2016

Kjersti Annesdatter Skomsvold, "Cuanto más deprisa..." - LIBRO DEL MES

Resultado de imagen de cuanto más deprisa voy más pequeña soy

Autora: Kjersti Annesdatter Skomsvold
Título: Cuanto más deprisa voy, más pequeña soy
Ed: Lengua de Trapo           Año: 2011        Lugar: Madrid
Valoración: 3 / 5

“(…) a veces tú mismo tienes que darle
sentido a lo absurdo”.
- Kjersti Skomsvold, Cuanto más deprisa… -

Lo suyo habría sido publicar esta reseña antes, en julio o agosto, dado que la brevedad del libro hoy reseñado lo hace muy recomendable como lectura veraniega. Pero cuando te metes en oposiciones, inmolas tu alma a un poder superior a ti mismo que dispone de tu tiempo a su antojo.
Extrañeza. Probablemente esa sería la mejor descripción del muy alabado debut de la noruega Kjersti Annesdatter Skomsvold, que en 2009 presentó el misterioso título Cuanto más deprisa voy, más pequeña soy, ganadora del premio a la mejor debutante de la Unión de Autores y la Asociación Noruega de Editores, y finalista del de la Asociación Noruega de Libreros.
La premisa es sencilla: Mathea Martinsen, la protagonista, una mujer mayor, siempre ha tenido dificultades en el trato con la gente; pero, de pronto, se siente embargada por la pena de que nadie vaya a recordar que ha vivido. La cuestión a la que podemos reconducirla, pues, es la siguiente: ¿es el recuerdo de los demás lo que da prueba de nuestra existencia? ¿Podemos decir que hemos existido si no impactamos en absoluto en el mundo o en ninguno de sus habitantes? ¿Ser requiere, como sostenía Gustavo Bueno, ser percibido? Hay en Mathea un prurito de pervivencia, de memoria, que parece de alguna manera consustancial al ser humano. Así, afirma: “(…) me hubiera gustado tener una esquela como prueba de que he existido”. Hay en la mujer un confeso miedo a la muerte, pero ese temor parece cifrarse, más que nada, en la idea de la desaparición, de la extinción, que alcanza proporciones insoportables y altera el ya de por sí “llamativo” comportamiento de Mathea, que pasa a volverse mucho más estrafalario.
Pero además, Skomsvold compone una historia sobre la pérdida, la incomunicación y la dependencia: aun siendo mala en las relaciones interpersonales, Mathea está casada. Sin embargo, ¿qué clase de persona es Niels, su esposo, al que ella llama Épsilon? ¿Qué clase de vida ha tenido con la mujer? ¿Qué siente? La autora parece dar a entender, como tema adicional, que no importa cuán raro se sea, siempre hay alguien para nosotros, porque nadie hay tan extraño que no tenga nada en común con otro. Sin embargo, la parca exploración de esta relación de dependencia no es investigada muy por lo menudo, siendo esta una de las principales pegas de la historia. Lo que se nos presenta con Mathea, es una voz completamente anonadada ante la complejidad, la multiplicidad de detalles de la realidad; y, sobre todo, en buena medida inoperante ante la vida:
“He vivido más que todos «los cansados miembros y laboriosas manos» de las esquelas del día, a la vez que debo de ser la que menos cosas ha hecho; apenas he salido de casa, ¿será por eso que no estoy saciada de la vida? Quizá me sentiría mejor si hubiera llevado una vida útil para la sociedad.”
Mathea no comprende, y en buena medida no logra afrontar, la existencia, pero no es una autómata. Por tanto, es una voz no ajena a la ironía:
“Hago pasteles y me pregunto cómo ir a la jornada de trabajo colectivo porque, aunque no esté inválida, desde luego soy mayor, nadie espera que vaya y no hay nada peor que alterar las expectativas de la gente.”
Así, se plantea la cuestión de qué es vivir, y si se puede vivir en la fantasía, en una permanente dislocación posibilidad – hecho / imaginación – realidad.
“(…) a veces tú mismo tienes que darle sentido a lo absurdo”
Estilísticamente, la novela es sencilla, con una sintaxis corriente, pero muy efectiva: dado el carácter de la protagonista, esta economía de medios encaja muy bien con su psique, dotando a Cuanto más deprisa… de una sobriedad muy atractiva. Personalmente, tanto por el paisaje interior que Mathea describe, como por el uso del narrador en primera persona, y, en fin, por el estilo empleado, me ha sugerido ciertos paralelismos con El amante, si bien el dominio de los recursos estilísticos por parte de Marguerite Duras es muy superior al de la noruega.
En cambio, me parece que el desarrollo de la historia no da de sí todo lo que podría, y que, por tanto, es en cierta medida una oportunidad perdida para Skomsvold, que no logra profundizar. Aunque, tal vez, el desafío que propone sea precisamente ese, el de una historia sencilla de una mujer sencilla sin más fondo que el que se ve, de ahí ese empequeñecimiento al que se alude en el título, esa aceleración desgastante que nos aproxima al final de nuestros días.


Resultado de imagen de kjersti skomsvold 

domingo, 15 de mayo de 2016

Rafael Chirbes, "Mimoun" - LIBRO DEL MES

 

Título: Mimoun    Autor: Rafael Chirbes   Editorial: Anagrama
Año: 1998   Lugar: Barcelona   Valoración: ♥♥♥

(...) nuestras miradas se cruzaron con tal intensidad
que me vi obligado a desviar la mía. Hay ocasiones en
las que un gesto así resulta suficiente para el odio.”

Rafael Chirbes, Mimoun

El debut literario del recientemente desaparecido Rafael Chirbes en 1988 estuvo a punto de ser distinguido con el Premio Herralde. Se trata de una novela corta titulada Mimoun que, ya desde la primera página destaca por su estupenda ambientación y la sensualidad de su composición de lugar.

Con encomiable precisión y economía en el uso del lenguaje, aunque todavía lejos de la sutileza psicológica que alcanzaría en textos como En la orilla, Chirbes pergeña una historia sobre la insatisfacción con simbolismos muy bien aprovechados (como la luna apuntando con sus cuernos, que inmediatamente remite a un contexto de burla —sensación que el protagonista y narrador tiene todo el tiempo de su estancia en el pueblo que da nombre al libro—, pero también a un toro que embiste, como representación de lo castastrófico, lo inevitable).

Carente aún, como digo, de la profundidad emocional y la intensidad expresiva de sus obras de madurez, prefigura ya otras características, como la economía de medios. Lo que se relata en Mimoun es, en definitiva, una historia sobre el desarraigo y la capacidad de integración —o más bien la incapacidad de la misma—, cristalizada en el doble desarraigo de Francisco, el narrador-protagonista: el extrañamiento de lo propio, la hostilidad de lo ajeno.

Vivía en Mimoun como si hubiera ido desnudándome de todo (...)”

Cada día me hacía el propósito de no volver a pisar los bares de Mimoun, donde me rodeaba de gente que no me gustaba y que incluso empezaba a provocarme un sentimiento que se parecía mucho al miedo. Sin embargo, al atardecer, no soportaba quedarme en casa, mientras las sombras de la ventana se iban alargando sobre las paredes y la luz se volvía más frágil, como de vidrio. Pensaba, entonces, que acababa de perder un nuevo día. No habría sabido explicarle a nadie en qué habrían de distinguirse esos días perdidos de otros que podrían ganarse, pero allí, en la Creuse, una vez que Rachida se había ido, empezaba a sentirme acobardado.
Tenía que buscar la esperanza fuera, por detrás de los cadáveres de los plátanos, de las arruinadas casas del barrio colonial y de los cristales esmerilados del bar. ¿Qué clase de esperanza podía encerrarse allí.”

El otro gran eje de la narración será la extraña codependencia que se establece entre los dos personajes principales, ambos dos seres con personalidad pasivo-agresiva que se ven —o más bien, se sienten— desterrados de su propia tierra, pero incapaces de integrarse en la nueva, y casi ajenos a la compasión del uno por el otro, aunque conscientes —al menos Francisco— del sufrimiento de su compañero (lo cual contrastará con la compasión de grupo que tiene lugar hacia el final). Un gran momento simbólico en la relación de estos dos personajes tiene lugar cuando Francisco toca el jersey mojado de Manuel, que es el primer contacto “físico” que se describe en el libro. De esta manera trata Chirbes el peligro de los sentimientos envenenados (eso que ahora se llaman “relaciones tóxicas”).

También él había perdido las fuerzas y nadie había sido capaz de devolvérselas.”

En este libro de poco más de un centenar de páginas, sobre el tedio (o, como él lo denomina, “la deriva”, p. 77) y el asco de la existencia incomprendida, se las compone Chirbes para, en tan estrechos márgenes, componer una historia llena de sensualidad y conmovedora por el vacío de sus protagonistas, pero también repleta de la violencia soterrada que se profesan unos a otros, donde destaca, como ya apunté, la extraña relación pasivo-agresiva entre Manuel y Francisco (sobre todo por parte de este último). Además, Manuel funciona para el autor como herramienta narrativa, ya que es el único punto común entre Hassan, Franciso y Charpent, con todos los cuales establece una relación perversa.

Con esos elementos, no es de extrañar la muy acertada decisión del autor de ambientar Mimoun en el desierto, representación no sólo de lo aparentemente estéril —pero poblado de las criaturas con la fortaleza suficiente como para sobrevivir a él—, sino también de lo que inexorablemente va cambiando, de lo inevitable, del destino incluso (pues hay bastante de lectura fatalista en este libro).

Era como si el desierto hubiese ido cayendo imperceptiblemente sobre nosotros, traído por el aire caliente, y hubiera acabado por ocuparlo todo sin que nos diésemos cuenta”.

Por último, el potente simbolismo del incendio —lo purificador, lo expiatorio, pero también la posibilidad de un nuevo comienzo—, narrado en términos bastante pacíficos, dota de una posible lectura simbólica a toda la obra. En cambio, es cierto que el anuncio del reencuentro futuro al poco de empezar la novela le resta tensión a esta, por lo que podría considerarse un desacierto.