domingo, 15 de octubre de 2017

Susanna Clarke, "Jonathan Strange y el señor Norrell" - LIBRO DEL MES

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Autora: Susanna Clarke   Editorial: Salamandra / Círculo de Lectores   Año: 2006
Lugar: Barcelona   Páginas: 813
Valoración: 5 /5

 No es de sorprender que la autora de esta novela faraónica —por sus proporciones y por su ambición— dedicase diez años de su vida a componer Jonathan Strange y el señor Norrell (2004). Más bien habría que sorprenderse de lo contrario, es decir, de que haya sido capaz de completar en tan poco tiempo una pieza que está llamada a convertirse en uno de los clásicos de este siglo —si es que puede confiarse en el criterio de la posteridad, extremo que todavía está por demostrarse—. Y, por si fuera poco, de que esa novela sea un debut literario —sacado un puñadito de relatos—. La ristra de premios que la acompañan, el Hugo entre ellos, es no por merecida menos notable.

Y quizás porque se trataba de una primera novela, la británica Susanna Clarke tenía todas las recetas para el desastre, al imponerse múltiples retos, siendo el primero de ellos la elección de uno de los temas (anti)literarios a priori más aburridos y difíciles de tratar: el conflicto entre teoría y praxis. También, relacionadas con él, la oposición entre racionalismo e irracionalismo, e incluso entre nacionalismo vs. cosmopolitismo — se contiene aquí, y quizá sea ese uno de los puntos más fuertes de Jonathan Strange… una reflexión sobre el carácter e idiosincrasia ingleses—. Y, por último, otro tema destacado es el de la depresión, la pérdida de la ilusión y la alegría de vivir simbólicamente representado por Desesperanza —donde los personajes son afectados por una estéril impotencia— opuesto a la rebelión de Strange para zafarse del “maleficio”, de la “oscuridad eterna”, imponiéndose por su inconmovible voluntad, aunque para ello haya de atravesar los territorios de la locura.

La obra se enmarca en la gran tradición novelística británica decimonónica, con una estructura clásica coherente con la ambientación. Coherencia esta que se extiende también al estilo, recibiendo Clarke en este punto la influencia de Dickens más netamente que ninguna otra —aunque los “chispazos” a lo Austen tampoco escasean, ni faltan los elementos de la literatura gótica—. Sin embargo, un aspecto que no me acaba de convencer, y que desaparece a medida que progresa el libro, son las irrupciones de la autora en la narración —si bien es verdad que suponen un estorbo mínimo—, al no estar atribuidas a la voz narradora. Por el contrario, es de celebrar que la autora se muestre más preocupada por construir una morosa ambientación realista que por desplegar una trama trepidante —lo cual hoy día es mucho decir (en favor de Clarke y en contra del gusto “del público”)—, algo que, por otra parte, suele ser común en los autores que llegan al mercado editorial en su madurez. El texto se convierte así en un tour de force donde la Historia, los usos sociales, la fantasía, la política… se dan la mano para alumbrar una Historia alternativa que, a pesar de su premisa a primera vista absurda, acaba resultando plenamente creíble dentro de las coordenadas que propone.

La ambientación es fantástica y el dominio de Clarke del tempo, sobre todo al inicio, completamente realista, y la dosificación de la información tan bien medida, logran que aunque dedique un solo capítulo a narrar toda una primavera, el tratamiento del tiempo sea muy proficiente, a lo cual contribuye la férrea y nunca quebrada estructura de la novela que, junto con su linealidad —más allá de alguna alusión al pasado, como es ya casi inevitable en cualquier historia—, indica al inicio de cada capítulo el arco temporal que comprende —determinado mes, una estación, etc.—.

La premisa de la que parte la británica es sencilla: la magia existió en Inglaterra. Así de simple. Pero ojo, no cualquier magia. O mejor dicho: no el tipo habitual de magia. Lejos de ser patrimonio innato de unos pocos elegidos, la magia de Susanna Clarke es susceptible de conocimiento científico y accesible a cualquiera.  Y a ellos se aprestan en cuerpo y alma los dos personajes que dan título al libro. Más bien, en cambio, la magia parece ser una cualidad de Inglaterra misma —que, de algún modo, es tan protagonista de la historia como el resto de personajes—. Esta premisa es adobada con múltiples tramas de sociedad, recorriendo todas las clases sociales, narradas con chispa y humorismo británico, lo que hace que Jonathan Strange y el señor Norrell sea lo que habría escrito Dickens de haber existido la magia en su Inglaterra. O la hija de JK Rowling y Jane Austen.

Es, pues, una novela bastante heterodoxa —“pastiche”, la han definido algunos—, lo cual se ve también en un recurso heredado de Borges —o, entre los más modernos, Foster Wallace—; a saber, el uso, la catarata, la auténtica inundación —más de dos centenares, al parecer— de notas al pie repletas de bibliografía apócrifa, comentando el texto, ampliándolo y dotándolo de un sustrato previo que le aporta una solidez y veracidad extraordinarias.

En cuanto a los personajes, y para ir cerrando esta breve revisión del libro que este mes nos ocupa, ya desde el mismo título se nos anuncia a los dos protagonistas —hasta en eso se mantiene la apariencia de clasicismo—, Jonathan Strange representando la praxis, de una parte; y, de otra, el señor Norrell representando el teoreticismo. Aunque, de hecho, un par de docenas de personajes principales circulan por estas páginas, a la par que una plétora de otros de menor envergadura narrativa más o menos accidentales. Ante esta profusión, considero que el narrador en tercera persona omnisciente se adapta muy bien —y no sólo por la coherencia estilística— a las exigencias del texto.

A Norrell, primero, y Strange, después, dedica Clarke, los “libros” primero y segundo de la novela, pero no centrándose en ellos como lo haría un estudioso al microscopio, sino bien al contrario, ampliando el foco de su atención, mostrándonos las circunstancias que los rodean y cómo interactúan aquellos con estas, más que describiéndonoslos. Con Gilbert Norrell diseña la autora un irritantísimo (anti)héroe obsesionado por acumular el conocimiento de su objeto de estudio, en un tremendo afán personalista que excluye a todos los demás, sin que nunca nos llegue a quedar plenamente clara su motivación, aunque parece que el terror al mal uso de la magia está en la base de aquella. Algo así como si un físico viviese devorado por el deseo de saberlo todo acerca de la energía nuclear, pero no tolerase que nadie más se adentrase en ella… por si acaso. Y que precisamente por su exceso de celo acaba convirtiendo aquello que tanto quiere en algo inútil y estéril.

Strange, por su parte, representa al talento natural desligado de cualquier preocupación formal, el instinto frente a la formación —y al formalismo—, el “lo hago porque puedo”… pero “no sé por qué lo hago”. Si se quiere el arrojo juvenil frente a la prudencia de la senectud. Lo cierto es que dado el temperamento de Jonathan, este sólo nos cae bien porque tenemos al insípido, atildado, irritante y sin embargo académicamente brillante Norrell para confrontarle. Cada uno es el antagonista del otro, y como todo antagonismo, esconde más similitudes que diferencias: ambos personajes son igualmente ambiciosos, prepotentes y autosuficientes. Aunque su verdadero antagonista son ellos mismos, que en más de una ocasión se ponen la zancadilla a sí mismos tanto como se la ponen al otro.

Así pues, a pesar de tenerlo todo en contra, Susanna Clarke logró salir airosa de tan gravoso desafío. Quizás, después de todo, haya que creer en la magia. Pero en una llamada talento. Y trabajo duro.

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viernes, 15 de septiembre de 2017

José Carlos Carmona, "Sabor a chocolate" - LIBRO DEL MES

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Autor: José Carlos Carmona    Editorial: Punto de Lectura    Año: 2008
Valoración:  4 / 5 


“… se refugiaron en la derrota, en la nostalgia
y en la perplejidad de vivir una vida que nunca
pudieron imaginar y que, sin embargo,
estaban viviendo”.

—José Carlos Carmona, Sabor a chocolate

En 2008  vio la luz la muy exitosa Sabor a chocolate, primera parte de una trilogía más estilística que narrativa obra del malagueño José Carlos Carmona, una de esas personas con talento todoterreno que abarca desde la docencia universitaria hasta la dirección orquestal, pasando por la política y la creación literaria.

Con anterioridad había ya publicado en formato electrónico varias novelas y libros de relatos. La obra que hoy nos ocupa llegaba precedida por el XIII Premio Literario de la Universidad de Sevilla. Destaca en ella, en primer término, en el aspecto formal, la brevedad, incluso extrema, del centenar de capítulos en que se estructura. Con recursos propios del cuento y de la oralidad, singularmente la repetición —en ocasiones exagerada—, cuenta lo mínimo imprescindible (en ese aspecto, me ha recordado a Seda), como en fotografías o postales que resumen una existencia en frases sucintas dominadas por la parquedad estilística.

Entrelazándose inextricablemente con la historia íntima de los personajes —cuya psique, si bien no es objeto de un gran desarrollo, sí queda bien definida— están los eventos históricos (motines nazis, la llegada del cine sonoro, el reconocimiento de los derechos a los afroamericanos…) que van jalonando, casi imperceptible pero determinantemente, sus existencias, sin que uno llegue a decidir si los mayores dramas de estas vidas se deben a sus tragedias particulares o al horror impuesto desde fuera.

En este aspecto, hay un sentido de denuncia que vertebra y recorre todo el texto y que, con el sorprendente “giro” final y su cambio de voz, da sentido, por si no lo tuviera por sí misma, a toda la narración previa.

Versa Sabor a chocolate sobre perder el tiempo, los trenes que se nos escapan, las oportunidades que dejamos escapar, sobre la melancolía nostálgica de las segundas oportunidades y, finalmente, sobre la esterilidad de los esfuerzos humanos para pervivir contra un entorno hostil donde el poder cercena esa supervivencia.

Cabe decir, por último, que se aprecia en el tramo final un exceso de aceleración y el acaecimiento de “demasiadas” muertes, que si bien se explican por la gran extensión del arco temporal —casi ochenta años—, no acaban de empastar del todo bien dada la concentración formal regida por la economía de medios elegida para el texto.


Aspectos estilísticos los enumerados, dicho sea de paso, muy de moda últimamente, con representantes como Mathias Malzieu o el propio Baricco antes aludido; que responden a un interés por las historias intimistas y con cierta ingenuidad en el contar que las hace muy queribles, incluso si en puridad estamos hablando más de cuentos que de novelas propiamente dichas.

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martes, 15 de agosto de 2017

Jesús Carrasco, "Intemperie" - LIBRO DEL MES

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Autor: Jesús Carrasco   Editorial: Seix Barral   Año: 2013
Lugar: Barcelona   Valoración: 3 / 5


“Abandonar su desesperante lucha contra la naturaleza y los hombres y regresar a casa. No al hogar, sino al simple cobijo”.
—Jesús Carrasco, Intemperie

En enero de 2013 el sello Seix Barral sacó a la luz el debut literario de Jesús Carrasco, que hasta entonces se había dedicado al mundo de la redacción publicitaria. La aparición de Intemperie llegó acompañada de un éxito estratosférico y aclamada por la crítica nacional e internacional, adaptación cinematográfica y cómic incluidos. Todo ello habla no poco sobre los méritos de esta primera novela.

Con un estilo muy “castellano” deudor evidente de Delibes, Carrasco compone una historia sobre la inoperancia de la voluntad ante un medio hostil, derivada de la menesterosidad intrínseca del ser humano en soledad, aislado de las estructuras sociales que le sirven de apoyo para el pleno desarrollo de sus facultades, puesto que la libertad sólo puede ejercitarse en sociedad: de otro modo, uno está sujeto a saciar sus necesidades más perentorias. Pero es también un libro sobre la dignidad, la caridad, la justicia, la lucha y la retribución. E, incluso, sobre el amor: mi madre me contó una vez cómo su recia abuela, con quien se crio de niña, era capaz de mostrar extremo aprecio y afecto a través de los actos, no de los gestos o las palabras, pero aun así haciendo al destinatario de aquellos sentir que era muy valioso y querido. Algo de ello hay en la relación entre el niño y el viejo de este libro, aunque se base, en buena medida, en la mutua necesidad.

La historia en sí no deja de recordar a La carretera de Cormac McCarthy. Transcurre en un lugar desértico que bien podría ser la Extremadura nativa del autor, el desierto de Nuevo México o ninguna parte, con una de esas inacabables planicies incomprensibles como cosa de ficción para los norteños, martilleadas implacablemente por un sol sanguinario. Intemperie está llena de simbolismos como las ovejas (con las resonancias que el cordero inspira en cualquier lector), el camino, la dicotomía entre bien y mal con sendos personajes representándolos, e incluso la tentación demoníaca en forma de posadero. Con todo, hay escenas en las que, sin regodearse en lo escabroso, parece perseguirse más bien un sentido de epatar o desagradar al lector, aunque es cierto que cumplen a la perfección su misión de trasladarle la dureza extrema de las condiciones en que se encuentra el protagonista.

Trabaja Carrasco en su novela con arquetipos, y para no distraer la atención de las ideas que pretende transmitir, no da nombres de ninguna clase, ni  topónimos, ni antropónimos, ni nada. Sólo sustantivos como el niño, el pueblo, o la posada. Lo que contrasta con la enorme especificidad y riqueza del vocabulario relacionado con los aperos, arreos, etc. Tampoco la acción se extiende mucho, en torno a una semana, día arriba, día abajo, en la que no hay un instante de respiro, consiguiendo con ello trasmitir muy bien la sensación de agobio ante tantas contrariedades que no cesan. Y es que en una situación de supervivencia extrema, el más mínimo despiste se puede pagar muy caro.

Con todo, a pesar del estilo trabajado y pulcro del autor, hay algunas anticipaciones tipo “(…) ninguno de los dos presintió la brutalidad de lo que había de suceder poco después” (p. 175) que, sumadas a cierta previsibilidad de la historia, restan interés a lo narrado, por mucho que ambos aspectos se justifiquen en la inexorabilidad de los acontecimientos de la historia que se cuenta.

En definitiva, un cuento que entretiene y se deja leer, pero sin que sorprenda demasiado, ya que no es nada que no hayamos visto en Delibes o McCarthy, como queda dicho.

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