miércoles, 20 de mayo de 2015

¡Novedad!

Desde hoy están disponibles en Central Librera, tanto para compra en persona cuanto vía internet, copias físicas de mi libro de relatos Parecía tan normal...

viernes, 15 de mayo de 2015

Nueve mujeres y un solo destino (III) - LIBRO DEL MES

 
 
Título: Our nig     Autora: Harriet E. Wilson    Valoración: JJJJL
 
 

Tercera parada de nuestra nave del espacio tiempo particular. En esta ocasión, nuestro viaje es breve: nos trasladamos un poco hacia el noreste, a Boston, donde en 1859 Harriet E. Wilson, una nativa de New Hampshire, daría a la luz anónimamente Our nig, un texto que lleva la insignia de ser la primera novela publicada por un afroamericano de cualquier sexo en EE.UU. Con todo, ha habido cierta discrepancia acerca de este título, en primer lugar, por la naturaleza del texto, que debe ser considerado más bien una autobiografía novelada que una novela per se, en cuyo caso la precedencia le correspondería a The Curse of Castle, de Julia C. Collins. Por otra parte, la Clotel de William Wells Brown fue publicada en 1853, pero lo fue en Reino Unido. The bondwoman’s narrative, de Hannah Crafts también podría haber precedido la obra de Wilson en composición, pero lo cierto es que nunca se publicó (hasta 2002).
Harriet Wilson, que había nacido libre en 1825 en Milford, New Hampshire, se encontraba en aquel momento en Boston, Massachusetts, ciudad en la que pasaría la mayor parte de su vida, donde, acuciada por la necesidad de conseguir dinero, se le ocurrió imprimir un texto contando sus experiencias vitales como indentured slave, una institución que podríamos identificar con una servidumbre “voluntaria” a la cual se podían someter personas libres por diversas razones, y a la cual se sujetaban los huérfanos, entregando trabajo a cambio de alojamiento, manutención y educación. Todo muy bonito, en teoría, pero como de todo aquello que reluce, debemos dudar de que sea oro.
Así, cuando llevaba por la necesidad la madre de Wilson —una mujer blanca caída en desgracia a causa de un affaire y que había tenido a su hija con un hombre negro— dejó en manos de una familia terrateniente a la niña de seis años, llamados en Our nig “los Bellmont”, quedó sujeta a ellos hasta su mayoría de edad, sometida a todos los horrores que la perfidia humana es capaz de ingeniar —que, lamentablemente, parecen ser muchos—.
Por desgracia para Wilson, el libro pasó sin pena ni gloria. Una razón posible para ello es que los vientos de la guerra inminente empezaban a soplar, y cada vez se extendía más el mito del “Norte bueno” frente al “Sur malo”. El texto de Wilson, sin embargo, era un disparo a la línea de flotación de esa leyenda desde su mismo subtítulo: Nuestra negra, o esbozos de la vida de una negra libre en una casa blanca de dos plantas en el Norte, mostrando que las sombras de la esclavitud alcanzan incluso allí. Desde el inicio, la autora nos da las claves interpretativas de la obra: la cuestión racial, la espacialización concreta —la casa— y genérica, o geográfica —el Norte—, y la esclavitud.
Cada capítulo de la obra comienza con una cita —la superioridad moral de la educación es una cuestión que no deja de ser contemplada, a través de la figura de la maestra—, mostrándonos que la autora era una mujer culta e instruida, cuando muchos blancos no lo eran (cuestión que nos recuerda al George Harris de  La cabaña del tío Tom). Con un estilo sencillo poco o nada detallista pero aun así impactante, profundamente emotivo —casi parece que estamos ante un cuento—, Wilson nos muestra las aventuras y desventuras —más de las segundas que de las primeras— de Frado, una niña de seis años dejada en manos de los Bellmont por una madre a la que nunca vuelve a ver, remontándose en el primer capítulo hasta los antecedentes de esta que la llevan a tomar tal decisión: Mag, la madre de Frado, es una mujer blanca. Sin embargo, su hija se identificará siempre como negra (raza de su padre). Mag es despreciada por la sociedad tras quedar encinta de soltera. Tras huir del hogar paterno, y abandonada por todos, acabará casándose dos veces, en ambas ocasiones con hombres de color. En el primer capítulo de Our nig, se trata espléndidamente la hipocresía y suficiencia de la sociedad a la hora de condenar severísimamente a aquellos que se desvían de sus normas, incluso cuando estas normas no protegen interés social alguno.
La cuestión a la que Wilson apunta de esta manera, es al tratamiento como objeto sexual que sufrían las mujeres esclavas, del cual ya hablamos en las reseñas precedentes: va a presentar a una mujer blanca como sexualmente activa, frente a la actitud casta de su hija, que aguardará hasta el matrimonio. Además, un motivo central de la obra es la espiritualidad de la protagonista —la autora llegaría a convertirse en una prominente figura de la Iglesia Espiritualista—, que va descubriendo progresiva y fervorosamente, tratando de dar respuesta a una cuestión que la literatura abolicionista —lo vimos en la obra de Beecher Stowe— se iba a plantear recurrentemente, a saber, si los esclavos, y, por ende, los negros, tenían alma, si podían ser piadosos, y si iban al cielo.
La gran diferencia con las dos novelas que en las reseñas anteriores hemos tratado, es que ahora Wilson, aparte de ser la primera mujer negra en tratar estas cuestiones, va a dar una voz femenina a su protagonista. Y, además, una voz de niño. De este modo, desde la inicial rebeldía típicamente infantil, iremos viendo la subyugación de Frado, que irá interiorizando su falta de encaje en ninguna parte: su aislamiento se refleja, en primer término, en la ruptura de toda relación familiar: los Bellmont, incluso los más amables y humanos de ellos, nunca van a conseguir plenamente trasladarle esa idea de pertenencia. En segundo lugar, el espacio físico que se le asigna: un cuartucho miserable en una parte de la mansión que nadie usa; la cocina —donde ni siquiera le estará permitido sentarse mientras realiza sus tareas—; el campo con el ganado… En tercer lugar, a través de la pérdida del nombre: enseguida, Frado empieza a ser denominada, incluso por los miembros de la familia que la protegen, Nig —un apócope de “nigger”, un término inglés empleado para referirse a los afroamericanos de forma despectiva—. Como cuarto elemento, podemos citar la insensibilidad a la que los blancos arrastran a los negros: Frado tiene prohibido llorar, incluso cuando James cae enfermo.
Respecto a los personajes, hay una cuestión peculiar, y es que, a diferencia de lo que ocurría en los dos anteriores ejemplos, donde los grandes malvados eran los hombres y sólo muy excepcionalmente las mujeres eran presentadas negativamente, aquí van a ser la Sra. Bellmont y su hija Mary quienes se comporten con una mezquindad indecible, llegando a hacer de la primera uno de los personajes literarios más odiosos que he encontrado jamás. Por el contrario, y en extraña inversión de roles, el Sr. Bellmont es presentado como pusilánime —sólo extraordinariamente interviene, a pesar de ser consciente de la situación de injusticia cometida contra Frado—. Igualmente neutrales serán las demás mujeres de la casa, y sólo los dos hijos mayores serán defensores activos de la desdichada criatura. El único ser hacia el que Frado desarrollará una auténtica vinculación emocional permanente, será su perro Fido, a través del cual Wilson resalta la nobleza del animal frente a la rudeza humana.
En este texto, más identificable quizás con la memoir que con la novela, los sentimientos están a flor de piel, por causa, entre otras razones, del lenguaje sin el menor arabesco empleado, como suele suceder cuando uno relata eventos de su propia vida. También trata la amargura de quien ve con claridad —a través de James— y considera a sus congéneres ciegos.
En definitiva, Wilson da, desde una perspectiva racial y de género, una visión de la sobrecogedora injusticia a la que estaban sujetos los negros frente a los blancos, a pesar de ser libres, incluso en el norte; razón por la que la consideramos una escala obligada de nuestro periplo.

 

miércoles, 15 de abril de 2015

Xosé Carlos Caneiro, "Ébora" - LIBRO DEL MES



 
Autor: Xosé Carlos Caneiro     Título: Ébora       

Ed: Xerais / Espasa Calpe         Lugar: Vigo / Madrid        

Año: 2000 / 2002     Págs: 459 / 456         

Valoración: JJJKL




Quizás todas las culturas del mundo, pequeñas o grandes —entiéndase más o menos extendidas, tanto geográfica cuanto demográficamente—, gocen de una intrínseca riqueza. ¿No es esa, al fin y al cabo, la esencia misma de la cultura, enriquecer? En todo caso, no deja de ser digna de celebración la pujanza de las letras gallegas, promovidas desde hace más de siglo y medio por una sucesión ininterrumpida de talentos intelectuales y artísticos que nada tienen que envidiar ni a la calidad ni a la fortuna de ninguna otra lengua del mundo.

Así, en el año 2000, Xosé Carlos Caneiro, al que algunos apodan el enfant terrible de las letras gallegas —una de esas etiquetas que lo mismo puede no significar nada que significarlo todo—, dio a la estampa una de sus obras más celebradas, Ébora (existente en traducción homónima al castellano, en Espasa Calpe), que recibió el XIX Premio Blanco Amor, y el IV Premio Eixo Atlántico.


Ébora constituye una densa y sabrosa novela con tintes de comedia negra —más que de novela negra, a pesar de la hilarante y delirante fusión con elementos propios de las novelas detectivescas y de aventuras, persecución policial incluida, en manos de un policía, Aurelio Arias, que en realidad sueña con ser profesor de Historia—, revestida de una espléndida escritura, con elementos que recuerdan a Torrente Ballester, guiños quijotescos, y constantes reflexiones sobre la contraposición entre realidad y ficción, o tal vez más bien, entre realidad y percepción; revelándose el volumen como digno heredero de esa literatura del disparate, en el mejor sentido del término, que tanto —y tan bien— se ha cultivado por estos lares, y que da lugar, en este caso, a una narración realista-fantasiosa típica del ser gallego.

Adorna el texto una gran riqueza léxica, que despega en imaginativos vuelos de invención, con tendencia a la esdrujulización de términos. La premisa fundamental que vertebra Ébora es la defensa de la imaginación o fantasía como protección contra la vulgaridad y pequeñez de la realidad, puesto que,

“As cousas fermosas só poden ser eternas dentro do ventre dunha novela.

               (…) Todas as cousas fermosas e eternas pertencen á irrealidade”.

  

El libro trata, además, una inmensa variedad de asuntos, como la liberación, el conocimiento en sí, o la búsqueda de un yo sin cortapisas sociales que permita entender el mundo eficazmente,

“Quizais era preciso erguer unha nova teoría libertaria para refutala. Por exemplo: argüír que todos estamos equivocados dende o momento que abrazamos calquera credo ideolóxico, político, social ou relixionario, que a verdade navega entre a néboa fumegante do coñecer, que só dende a total oposición a calquera tipo de tautoloxía un pode chegar a vislumbrar algo parecido á certeza”.

Y es que Ébora es también, e incluso más que ninguna otra cosa, una meditación sobre la utopía, sobre el gobierno ideal —aquí identificado con lo que los teóricos denominan “democracia directa” (como si cualquier cosa que no lo sea mereciera verdaderamente el nombre de democracia) en comunión con el entorno natural y cualquier tipo de vida—, y sobre la educación ideal —cifrada en ese credo libertario enunciado en el párrafo anterior, y con una defensa a ultranza de las Humanidades y el Arte como mecanismos más efectivos para la educación del espíritu, frente a las demandas mercantilistas (y, por ende, reduccionistas) de los sistemas actuales: alerta sobre el tecnicismo, la productividad, la pérdida de valores y de una actitud estética, en el libro representada por la obsesión por la invención de palabras: existe aquello que puede nombrarse, y solo aquello que puede nombrarse puede ser pensado, de ahí que “só pode suceder na realidade aquilo que antes se escribiu nun libro”—.

De acuerdo al texto, Ébora es

“(…) un espello dunha parte da humanidade es as súas virtudes, a parte que ficou incólume logo dos desastres acontecidos no paraíso e as súas corruptelas, as guerras que o asolaron e que a Biblia non relata, as traizóns e envexas que deron lugar á súa destrucción, Ébora é, polo tanto, o único paraíso que os homes e mulleres do planeta poden encontrar, o único semellante a aquel no que Adán e Eva viviron felices”.

 

De forma acorde con la concepción de Caneiro de la Literatura como ejercicio de estilo y valor metafórico, emplea diversas técnicas y dos historias superpuestas y complementarias, con un narrador en tercera persona pero que también emplea con liberalidad el discurso interior, flujo de conciencia, o stream of conciousness. Y este es, precisamente, a mi entender, el punto más débil de la novela: decía Virginia Woolf, en Una habitación propia, que a pesar de tener menos talento natural que Charlotte Brontë, Jane Austen la sobrepasaba como escritora porque jamás irrumpía en sus textos, nunca veíamos nada de ella —ese self-effacement tan alabado, y tan impresionante, de los sonetos de Shakespeare—. En Ébora, hacia el final del libro, parece darse una identificación entre el narrador y uno de los personajes. En cambio, también distinguimos al autor en algunos momentos apoderándose de la voz narradora, con sus fobias y sus filias e incluso cierto tono moralizante ocasional, hecho que a este lector, a pesar de que en gran medida comparta unas y otras, le parece que interfiere, como pieza extraña, con el desarrollo orgánico del mundo que se describe. Peccata minuta, en todo caso, para un libro con sobrados méritos: por mucho que lo dijera la buena de Virginia, y por mucho que personalmente concuerde con ello, en ningún lado está escrito, que yo sepa, que deba ser así, y, por tanto, se trata de una opción artística perfectamente lícita. De hecho, la irrupción del autor en la narración ha dado lugar a no pocos momentos gloriosos de la Literatura, El Quijote y Niebla incluidas.

Por otra parte, un cierto exceso o exageración de los elementos constitutivos hasta aquí apuntados lastra un poco el libro en su parte intermedia. Pero el autor se da cuenta enseguida y corrige el rumbo, dando lugar a un último cuarto glorioso.

Es Ébora, pues, una novela sobre el poder de la imaginación para modificar la realidad: contada tal cual, la peripecia daría para poco; en general, los hechos no son tan raros. Lo esencial es la forma de vivirlos. Al mitificar fantasiosamente su retorno al pasado, los personajes lo convierten en algo magnífico. Y es la contradicción entre el mundo “real” —sea eso lo que sea: no existe tal cosa como la realidad, sólo la percepción de lo que suponemos realidad— y ese intento de trasplantar a él la imaginación “ebórica” lo que da lugar a la confrontación que sirve de motor a la historia: la imposibilidad de alcanzar la felicidad, la satisfacción, el sosiego, conformándose a esa cosa externa a uno y sin significado que es “la realidad”. También es este mismo elemento el que origina algunas de las escenas más cómicas del volumen.

“Cada libro é un fracaso. Un pouco menos de vida vivida. Quén puidera ser autor e escribir varias vidas, para habitalas intensamente, para non deixarse ir na barca que Caronte prepara dende que nacemos. Morte vivida. Pútrida morte. Pero é mentira. Andrómenas que os escritores y escritoras afirman para sosterse. Porque escribir era ir morrendo. Só iso. Un xeito de habitar a nada. Sempre despoboada, estéril, inútil, inane”.

En lo tocante a los personajes, no se incide especialmente en su desarrollo, sino que cumplen más bien una función simbólica, respondiendo algunos incluso a arquetipos clásicos de la commedia dell’arte, pero subvertidos: así, el protagonista, Libardino, es un caballero andante, un quijote moderno que, como aquel, juega, a medias en broma, a medias en serio, con los límites siempre borrosos de la realidad y la ficción. Su primera aventura será liberarse de su mujer, representada como una harpía o dragón. Se topará con un tipo llamado Mefisto, que afirma ser hijo de Mefistófeles y tener 4700 años de edad (cifra que coincide con el nacimiento de la Literatura)… y la historia y los personajes continúan de esta manera en un inagotable juego de intertextualidades y simbologías que sería demasiado premioso analizar aquí en detalle, diestramente manejado por el autor.