lunes, 15 de septiembre de 2014

David Foster Wallace, "Entrevistas breves con hombres repulsivos" - LIBRO DEL MES

 
 

Como de todos los grandes, hablar de un libro de David Foster Wallace, considerado unánimemente la voz más importante de su generación en la literatura estadounidense –es uno de esos casos en los que bien podría hablarse incluso de un “exceso” de talento–, entraña siempre enormes dificultades por la riqueza de su literatura. En Entrevistas breves con hombres  repulsivos (1999), Foster Wallace presenta hasta 23 piezas de diversa extensión y muy heterogéneas tanto en naturaleza cuanto en estilo, donde desde la primera línea hasta la última brilla su singular capacidad para diseccionar, de forma implacable y certera, las más sutiles dinámicas internas y los más recónditos recovecos de la realidad.

El nombre del volumen corresponde a varias piezas que lo comparten, y que reflejan –no siempre con brevedad– las actitudes y anécdotas de hombres “desviados”, por así decir; sin embargo, ese carácter se extiende también a [muchos de] los personajes de los demás relatos, que incluyen también mujeres y niños (“En lo alto para siempre”). Para construir su particular y descarnada anatomía de la realidad, el autor recurre a sus elementos de siempre: humor negro, alienación, sexualidad problemática, ditirámbicas digresiones que siguen una hilarante lógica, profusas anotaciones al pie sobre mil y una cosas que el texto principal sugiere… Es como si el americano pretendiera mostrar la realidad tal cual es y en toda su extensión de modo que el lector sea sacado de su visión particular, mostrándole entonces algo que roza lo grotesco por su amplitud inabarcable.

Así, en “La persona deprimida” nos encontramos con que usurpa el lenguaje técnico y de la filosofía new age para dar un tono satírico y sarcástico, contrastando fuertemente con la aguda perspicacia de sus observaciones de científico al microscopio, tan abundantes que rozan la extenuación.

En las varias “Entrevistas repulsivas” –donde la elaboración de las respuestas hace innecesaria la transcripción de las preguntas– nos habla del peso de las convenciones sociales y de todo el entramado sociológico y filosófico sobre las relaciones humanas, que únicamente sirve para complicarlas aún más, en lugar de simplificarlas.

En “Octeto”, una de las piezas más brillantes, bien podríamos estar ante los ensayos de un escritor, estudiando el funcionamiento narrativo y poniendo al aire las estructuras, descubriendo que son posibles tantos niveles de metaliteratura como el autor quiera, y obligando al lectora a plantearse cuestiones como ¿es verdad el aducido fiasco del “relato” original (en realidad, esta pieza es más bien un ensayo informal) o es eso lo que se pretende que creamos? Y, ¿qué autor está hablando, DFW o uno ficticio? Caso este último donde el autor real estaría arrastrándonos sin darnos cuenta al lugar que él quiere para que reflexionemos sobre ciertas cuestiones.

Algo que también intenta, aunque desde otro enfoque, en “Mundo adulto (II)” donde varía la estructura de la primera parte y presenta lo que parecen ser las anotaciones del autor para el relato futuro, mostrando los mimbres narrativos reducidos al esqueleto, lo que sirve para sorprender al lector –no olvidemos que se requiere casi tanto talento para ser un buen lector como para ser un buen escritor–, vaciando de cualquier adorno y estructura mínimamente narrativa el relato y, sin embargo, permitiéndole formarse perfectamente la imagen mental de lo que se le propone.

“Tri-Stan”, el relato más complejo del conjunto –tanto por el lenguaje empleado cuanto por las múltiples referencias que engloba–, supone una subversión absoluta e hilarante de los términos filosóficos, mitológicos y culturales clásicos (a través sobre todo de nombres y adjetivos que evocan la rica tradición grecolatina y medieval), y acendra la crítica sociológica a través de una feroz burla de la cultura de masas, del solipsismo u onanismo cultural, bajo su aspecto de fábula delirante (ella misma irónicamente construida sobre los elementos del mito tradicional y, aún más, sobre la imitación de dichos modelos).

“En su lecho de muerte” nos presenta la confesión in articulo mortis de un padre que alberga un singular e inesperado sentimiento por su exitoso hijo, un aclamado dramaturgo, presentándonos la oposición entre lo dicho y lo hecho en una estructura a su modo circular, lo que sirve de excusa a Foster Wallace para hacer un estudio de la contraposición realidad-mentira.

“El suicidio como una especie de regalo” es una pieza sobrecogedora –a la que podríamos considerar el anverso tenebroso de la anterior– en la que el sarcasmo alcanza niveles demoledores, ya desde la primera línea, cuando se adoptan las palabras “Había una vez…” para contar algo que dista mucho de ser una fábula.

Lo más interesante, quizá, del conjunto es que, a pesar de las actitudes a menudo efectivamente “repulsivas” (“horrorosas”, si se quiere, en una traducción más literal[1]) de los desquiciados personajes, estos no pierden en ningún momento su contacto con la realidad y es fácil conectar con ellos en el plano humano, por lo que se refiere a las dudas, vacilaciones y emociones contradictorias que experimentan, así como, sobre todo, en esa disrupción entre lo que uno siente o percibe y lo que se espera que haga. Si os gusta la literatura de altos vuelos rica en matices, Foster Wallace es siempre un acierto.
 

 



 
JJJJL



 




[1] Respecto a la traducción, obra de Javier Calvo, hay que decir que es de calidad extraordinaria, con toda la riqueza léxica que la literatura de Foster Wallace exige.


viernes, 15 de agosto de 2014

John Steinbeck, "Las uvas de la ira" - LIBRO DEL MES


 




Tengo que reconocer que siempre he sido afortunado en materia lectora. No creo haber necesitado abandonar más de tres libros en toda mi vida. Bien es verdad que dedico mucho tiempo a decidir qué comprar/leer, a informarme sobre los autores, los movimientos en que se inscriben, los temas que tratan, las opiniones de gente cuyos juicios ya me han parecido útiles en otras ocasiones... Además, aparte de las fobias y filias de cada uno, tengo un sistema bastante alambicado –del que tal vez algún día os hablaré– para seleccionar los libros. Sin embargo, una cosa es apreciar el trabajo bien hecho de un artista, o incluso la buena marcha de una obra en tanto que artefacto de entretenimiento, y otra muy distinta ese sentido de la perfección, de la comunión absoluta, que te golpea con algunos autores. Uno no dice de todos los libros que lee que son obras maestras, ni que le han cambiado la vida.

He de confesar en este punto que siempre me causa algo de nerviosismo y rubor hablar de clásicos, porque sin duda cualquier cosa que yo pueda explicar aquí ya habrá sido explicada con mayor elocuencia antes, de tal forma que la presente reseña puede fácilmente acabar sonando un poco a obviedad repetida. Pero, al mismo tiempo, cuando uno tiene un libro como este entre manos, le resulta difícil no decir algo sobre él, por muy deslavazadas que puedan resultar sus notas.

En la presente ocasión, traigo a este blog la que tal vez sea la novela más conocida de John Steinbeck, Las uvas de la ira, de lejos el libro más fascinante que he leído en mucho tiempo, construida con una precisión de maquinaria bien engrasada, donde todo está tan bien trabado y la relación de causalidad entre los episodios es tan veraz, que más que ante una obra de ficción pareciera que estuviésemos ante un extenso reportaje de casi 700 páginas, a lo cual ayuda la hábil alternancia de capítulos narrativos con otros más periodísticos y abstractos sobre las condiciones de vida en general de aquellas personas.

Así, resulta interesante que los eventos no sean motivados solo por la racha de malas cosechas sufridas durante la época concernida, sino también por la voracidad de un sistema (sustitución de los trabajadores por máquinas) y por la actuación aprovechada de quien se prevale, por no decir que abusa, de la necesidad ajena (boom de los vendedores de coches usados, terratenientes explotadores).

Las uvas de la ira retrata la epopeya, de tintes dickensianos, de los Joad, una familia del centro-sur de EE.UU., que ha de enfrentarse a la durísima época del “Dust Bowl” –que todavía hechiza el subconsciente colectivo americano como el crack del ’29 inmediatamente anterior, Vietnam, o algunos otros de los acontecimientos que marcan un hito de su historia reciente–, que provocó la expulsión de sus tierras y hogares de cientos de miles de familias, forzadas a una emigración interior en las condiciones más miserables, en el que sin duda es el proceso de desertización más famoso de los últimos siglos. Inevitablemente, y de la mano de una extensa galería –bien podemos estar hablando de docena y media de principales, con obvia preeminencia, incluso en el punto de vista, de Tom y Madre– de personajes terriblemente bien diseñados, poliédricos, complejos, contradictorios, paradójicos… es decir, humanos (incluso, o especialmente, en los momentos en que resultan más desesperantes o insufribles), tienen lugar cavilaciones sobre la naturaleza del mundo, del sistema que les rodea, de la condición humana, de la justicia… Es humanamente imposible no sentir simpatía por los Joad (incluyendo a la mayoría de amigos que les acompañan o encuentran por el camino), y no emocionarse con el desamparo de estos personajes al abandonar su Oklahoma natal.

Uno de los elementos humanizadores es que se trata de gente dura, no de salvajes, de ahí que sean capaces de impactantes actos de generosidad y gestos de ternura, por muy toscos que estos puedan resultar en su ejecución. Que los Joad, que parecen tan sensatos para algunas cosas –y en este punto debe reputarse como gran acierto no haberlos estereotipado como paletos–, puedan resultar tan crédulos para otras resulta un detalle que los aproxima mucho al lector. Los personajes femeninos, y sobre todos ellos, Madre, consisten en mujeres que nunca habían hablado demasiado simplemente porque no era necesario, pero que atesoran una rica vida interior y una enorme sabiduría, así como un carácter férreo y una resistencia de roca, valerosas y dispuestas.

Sorprende la habilidad de Steinbeck para la descripción y, con la austeridad de medios tan propia de la narrativa norteamericana, llenar su relato de símbolos (el polvo quizás el más omnipresente: a las setenta páginas uno ya nota asfixia de lo polvorienta que es esta novela) y escenas / frases repletas de significación. Por ejemplo, es interesante que el único momento en que Tom –un personaje muy hablador, a diferencia de los demás exceptuado Casy, brusco pero realista, un poco pendenciero pero con una agudo sentido primario de la justicia– llora sea por frustración, cuando se ve obligado a hacerse pasar por tonto, como le han aconsejado, porque siente que su dignidad humana está siendo pisoteada.  

En este sentido es digna de encomio la sencillez cuentística del texto, que aborda incluso las cuestiones más áridas y encopetadas de teoría económica y política sin que lo parezca, transmitiéndolas con apabullante sencillez y sin utilizar la narración expositiva ni una sola vez. El conjunto goza de un carácter fuertemente visual, plástico o cinematográfico, casi como si el autor (que no era completamente ajeno al mundo del cine y el teatro) hubiese tenido en mente una posible escenificación de la obra.

La descripción, en todos los aspectos, es de una sutileza con la que rara vez se encuentra uno, con un gran realismo y cohesión en el aspecto psicológico de los personajes, expuesto de forma sencilla, directa y efectiva. Hay que decir que Steinbeck, que había ejercido y ejercería aún como periodista, había fotodocumentado el drama de las familias desplazadas por esta gran tragedia, y por tanto conocía de primera mano a la gente que describe en su obra, por muy de ficción que esta sea. No es de extrañar, por tanto, que el clarividente Nobel estadounidense fuera capaz de prever, ya en 1939, cuando el libro se publicó, a dónde arrastraría la demonización o deshumanización de un segmento entero de población si no se respetaban unos Derechos Humanos que aún no habían sido formalmente declarados entonces.

Quizás como todas las buenas epopeyas humanas, Las uvas de la ira puede calificarse de impactante, sobrecogedora; aunque en ningún momento resulta truculenta, probablemente tampoco se la recomendaría a los lectores más sensibles, dada su ausencia total de edulcoración y su realismo. Téngase en cuenta que esta obra llegó a estar prohibida durante muchas décadas en los institutos de EE.UU. por lo que se consideraba su crítica excesiva al capitalismo.

Por otra parte, a pesar de su ambientación tan específica, no puede atribuírsele un carácter circunstancial o de ocasión a Las uvas de la ira, pues su universalidad e intemporalidad es innegable: por su estudio de las consecuencias humanas de las burbujas económicas, que llevan siendo recurrentes al menos desde la aparición del mercado moderno; por su tratamiento de la inmigración / emigración; por su hábil percepción de los mecanismos deshumanizadores que pretenden justificar la injusticia y conducen, en última instancia, a la dictadura y el totalitarismo; por ser una obra sobre la solidaridad y la dignidad; por el drama sobre la pérdida del pasado y la memoria, de la identidad en definitiva; por plantearse, implícitamente, la cuestión crucial y de máxima actualidad de que, si un Estado no sirve para socorrer a sus ciudadanos, entonces, ¿para qué sirve?… Un libro de diez absoluto cuya lectura no puedo recomendar suficientemente [1] .




JJJJJ + C
  

 


[1] Como cuestión al margen tendría que decir que la traducción de María Coy Girón (Alianza, 2006, múltiples reediciones y reimpresiones) contiene algunos giros raros e inconveniencias aquí y allá, pero en general es un trabajo notable que se deja leer bien.

martes, 15 de julio de 2014

Ramón Loureiro, "León de Bretaña" - LIBRO DEL MES

 
 
 
Permitidme hacer memoria y contaros una batallita. Conocí brevemente a Ramón Loureiro (Sillobre, 1965) cuando a este le tocó la no muy interesante tarea de entrevistarme con ocasión de cierto premio literario que tuvieron a bien concederme, allá por principios de 2005. En aquel momento, el autor todavía tenía solo dos novelas publicadas (Morgado y O corazón portugués) y estaba lejísimos de gozar del favor de la crítica que luego alcanzaría. A mí, desde luego, su nombre no me sonaba, ni del derecho ni del revés, cuando me pidió amablemente por teléfono si podría acercarme a la redacción del periódico en el que trabaja para unas cuantas preguntas. Acepté, asistí, respondí lo mejor que supe a lo que se me preguntaba, y me marché.
Unos días después, de vuelta en la misma redacción para una entrevista radiofónica, precisamente aguardando en la sala de espera a que llegase mi turno y leyendo el periódico susodicho, me topé con una foto a toda página de Ramón Loureiro, anunciando la próxima presentación de su novela As galeras de Normandía, que tantas alegrías – supongo – le iba a dar y que le iba a situar, sobre todo a partir de la aparición un par de años más tarde de su adaptación castellana (el autor explicó en una charla reciente que no se trata de una traducción al uso, sino que reescribió la obra en castellano) ya de forma incontestable en el radar de la crítica como uno de los mejores escritores actuales de las literaturas hispánicas. En un comentario que acompañaba a la fotografía, explicaba Loureiro que la idea primaria de la que había surgido la obra era una historia que su madre le contaba de niño, sobre un príncipe de dos cabezas, una de las cuales decía la verdad, en tanto que la otra siempre mentía, como resultado de lo cual se dedicaban a disputar constantemente. Como es lógico, de inmediato me sentí atraído.
Asistí a la excelente y emotiva presentación en una noche tan gélida que forzó al escritor a hacer alusión expresa a ella y agradecer la nutrida presencia de público a pesar de ese hecho. Durante su charla, Loureiro explicó los mimbres de la obra, las ideas que le llevaron a escribirla, y anunció que tal vez – quién sabía – nunca volviera a publicar otro libro, añadiendo que, si así fuera, tampoco lo lamentaría, porque todo cuanto era capaz de expresar narrativamente estaba contenido en aquella novela. Ya fuera porque estaba medio tocado o por pura coincidencia, el caso es que acto seguido caí enfermo de “un virus” que me mantuvo postrado y con fiebre alta durante un mes. Impedido para otras ocupaciones, me dediqué a leer, siendo uno de los libros que devoré en aquel tiempo, a pesar de un dolor en los ojos que apenas me dejaba ver, As galeras de Normandía, que me cautivó desde la primera línea (el hecho de que empezara con una conjunción, como retomando una historia interrumpida, me pareció fascinante) y se convirtió de inmediato en una de mis obras favoritas (además de que estoy persuadido de que contribuyó activamente a mi recuperación).  
Con ocasión de un evento literario el pasado diciembre, en una breve conversación con el autor, este tuvo la bondad de explicarme que no es exactamente que los muertos convivan o compartan espacio con los vivos en su ficticia Terra de Escandoi (nombre de sonoridad netamente gallega), dualidad (cuerpo-alma) heredada del mundo helénico, sino que, como luego elaboraría más extensamente durante su charla, por un lado está el cuerpo, por otro el alma, pero entre ambos hay una tercera instancia, que denominó “espíritu vital” y que bien podría explicarse como el reflejo que los vivos – o los muertos – dejan en este mundo cuando ya no están con nosotros. Defendió Loureiro, además, que esta visión tripartita del ser humano no es, como sostienen algunos, una herencia de la cacería salvaje germana, sino un elemento autóctono de la cultura atlántica desarrollada, entre otros lugares, en lo que hoy es Galicia.
 
 
  
La obra de Ramón Loureiro ya ha sido defendida y ensalzada por autoridades cuya mera mención debiera servir por sí misma de aval (García-Posada, Basanta y Losada a la cabeza de ellas): todo lo que aquí se diga ya habrá sido dicho, y con más elocuencia, por tales especialistas. Pretendo hablar, sobre todo, de León de Bretaña (EDAF, 2009), pero esta reseña quiere ser también una invitación a leer las demás obras del autor y, muy en especial, Las galeras de Normandía, con la que guarda estrecha relación y con algunos episodios de la cual está evidentemente conectada, hasta casi parecer reelaboraciones de los mismos – en realidad, por muchas historias que cuente, un escritor siempre cuenta una misma historia, dicha de diversas maneras –.
En León de Bretaña, donde nos reencontramos con viejos queridos personajes ya amigos, no pasa nada y pasa todo. Apenas hay acción – lo que sucede, básicamente, es que un muerto resucita y va a ser coronado Rey de la Última Bretaña – y, sin embargo, la densa riqueza del alambicado estilo del autor hace parecer que estemos presenciando una historia que ha durado largas edades. Aunque, tal vez, así sea en realidad, y esta novela, sobre todo, sea una novela sobre la memoria, que, como la imaginación, se extiende hasta el infinito, y sobre conservar lo que es injusto que se pierda, que es la labor última del Arte. Este efecto – el de que “pasen” muchas más cosas que las que la mera acción anuncia – se consigue gracias al poder actualizador de la palabra (como si el acto de nombrarlas hiciera reales las cosas; como es cierto, por otra parte), a la potencia poética y evocadora – perdón por el pleonasmo – del texto, que, dicho sea de paso, no le pone las cosas fáciles al lector: se trata de una lectura de alta exigencia, que hay que examinar con cuidadosa atención – casi reelaborándola y reconstruyendo sus fragmentos dispersos, poblados de voces que se interrumpen unas a otras y que es difícil saber a quién pertenecen en cada momento –, en la que lo más innovador – aunque no lo único – es ese particular uso del lenguaje, con frecuentes galleguismos (“ (…) esta novela que es incisos sobre incisos”, p. 141), así como la peculiar mixtura de los elementos narrativos más variopintos, tanto populares como académicos, y las múltiples intertextualidades.
Quienes leen a Loureiro, ya habrán podido comprobar que posee un estilo narrativo muy personal (en el que no es imposible rastrear influencias de Cunqueiro, Torrente Ballester o Cela, entre otros) que se repite en todas sus obras e incluso en muchas de sus columnas periodísticas, con una enorme complejidad sintáctica y una tendencia a truncar la narración, que va y viene como las olas, reapareciendo con algo distinto, con algo cambiado en cada ocasión, como un tema musical sencillo que va siendo objeto de elaboradas variaciones. Digamos, pues, que, en Loureiro, la parte del poeta-bardo se sobrepone a la del narrador-cuentacuentos. Es notable el detallismo, en cuestiones que otorgan magia y, al mismo tiempo, realismo. Ya hemos dicho que en León de Bretaña las reglas narrativas experimentan un tratamiento muy inusual; de este modo, también la cronología salta por los aires, de manera que a veces los hechos posteriores son contados antes que los precedentes, y complicándose en extremo incluso saber cuánto tiempo ocupa la acción (no obstante, se mantiene como “cronómetro” aproximativo el proceso de resurrección y coronación de León): algunos hechos que se narran lo mismo pueden durar unos pocos minutos que varias horas, lo mismo unas semanas que varios meses.
La novela – y la obra de Loureiro – entronca directamente con el folclore y el contexto mítico gallegos, así como con la tradición literaria gallega, pero en absoluto cabe calificarla de novela costumbrista, sino que se sirve de tales elementos para hablar de cuestiones universales e intemporales (qué ocurre tras la muerte tal vez la más importante de entre ellas), y de otras que no podrían ser más del día (los incendios provocados, la corrupción, y hasta la ubicua burbuja inmobiliaria aparecen aquí reflejados). Un elemento destacado, pero que me limitaré a mencionar porque su estudio más minucioso sería inagotable, es el valor simbólico, aquí principalmente a través del gallo que sirve a modo de sacrificio. Si, como decía Saramago, la mejor manera de explicar algo es siempre la metáfora, lo ficticio en la obra de Loureiro sirve de faro iluminador a lo real, plagado de dolor y elementos escabrosos, de modo y manera que, si no a resolverlo, sí alcanza al menos a desempeñar un papel lenitivo que lo haga soportable.
Es como si la narrativa loureiriana fuese el fruto de observar la realidad a través  de una sucesión de valleinclanescos espejos deformantes que ofrecen una imagen de la misma desfigurada e hiperbólica, en ocasiones hasta lo grotesco, pero nunca ajena a su naturaleza auténtica, que, paradójicamente, sirve para verla con claridad y sencillez tal como es, ya que, como el autor afirma, “la literatura nos acerca al misterio de existir”.
   



JJJKL