jueves, 17 de mayo de 2018

Mª Victoria Moreno, "Leonardo e os fontaneiros" - LIBRO DEL MES


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Título: Leonardo e os fontaneiros   Autora: María Victoria Moreno
Editorial: SM    Año: 1986
Valoración: 4 / 5

Uno de los motivos de celebración por que la homenajeada en tal día como hoy con las Letras Galegas sea María Victoria Moreno es que con ella no sólo alcanzamos la abultada cantidad de cuatro en la nómina de receptoras de esta distinción en los ya cincuenta y cinco años de trayectoria de la conmemoración, sino que la literatura juvenil de gran calidad y con la mayor exigencia estética y ontológica escrita en gallego recibe el espaldarazo definitivo de una institución como la Real Academia Galega, es decir, la sanción oficial a lo que los lectores saben desde hace mucho tiempo: que la literatura juvenil no es un ámbito menor de la Literatura, sino que cuando está bien hecha no sólo cumple el cometido más importante de todos —¿qué puede haber más importante que educar a la juventud?—, sino que también los adultos pueden disfrutar de ella.

Y esto porque, lejos de promover mensajes absurdos mil veces rumiados, la llamada “literatura juvenil” de calidad —ya lo he dicho otras veces en este blog, pero no estará de más nuevamente insistir en ello: “juvenil” es una cuestión de marketing editorial extraliteraria, pues sólo existen los buenos o los malos libros— lo es, no porque no pueda ser leída por un adulto, sino porque, como diría Antón Cortizas, es aquella que los niños también pueden leer. Sencillamente, un niño —un adolescente, un joven— puede ver determinadas cosas en una historia, según sus conocimientos y experiencias, es decir, según la escala de su racionalidad; un adulto, en cambio, puede ver otras —ni mejores ni peores—, pero además puede ver las mismas que el niño.

La posición de María Victoria Moreno en la literatura gallega es especialmente curiosa, ya que, nacida en Valencia de Alcántara (Extremadura) en 1939, su lengua materna no fue el gallego. El prematuro fallecimiento del padre cuando la autora contaba diez años determinó el traslado de la madre, maestra, y los cuatro hermanos a Sepúlveda (Segovia), y más tarde, gracias a una beca, cursaría el bachillerato en Barcelona para, finalmente, ingresar en la Universidad de Madrid para estudiar Filología Románica, donde se formaría con lingüísticas de la talla de Rafael Lapesa o Dámaso Alonso.

Serían los sucesivos destinos que tras su licenciatura obtuvo como profesora en Galicia (Lugo, Vilalonga y, por último, Pontevedra, donde alcanzaría cátedra) los que propiciarían el contacto con el gallego, fascinada por el cual desde joven —ella lo describía como una historia de amor— se lanzó a su estudio  en una época en la que era entre clandestino e ilegal, a través de la Asociación de Amigos da Cultura de Pontevedra y del Ateneo de Ourense, lo que conduciría, en última instancia, a la retirada de su pasaporte por su colaboración con esta última subversiva institución.

El debut editorial de Moreno fue relativamente tardío —publica su primera obra en 1973—, si bien escribía desde más de una década antes. Aunque como escritora cultivó fundamentalmente la novela, tampoco faltan ejemplos en su bibliografía de poesía, relato o ensayo, y en especial cultivó la labor como traductora, tanto del gallego al castellano como a la inversa.

La obra que de entre las suyas en este día hemos elegido para recordar es Leonardo e os fontaneiros, su favorita de cuantas escribió según propia confesión. Publicada orignalmente en 1986, tras ganar el año anterior el 3er Premio Barco de Vapor, existe también en traducción al castellano de 1988. En ella, asistimos a las travesuras —bien inocentes para lo que se ve por ahí— de un grupo de chavales que a sus catorce años apura los últimos flecos de la infancia, entrando ya en la adolescencia. Uno de ellos, Antón, narra sus peripecias a un perro callejero al que ha tomado mucho cariño, al cual bautiza como Leonardo.

La historia transcurre en la ficticia población de Vilacastelo, en el año 1985, cuando la pandilla de amigos cursa el último curso de EGB —octavo, por aquel entonces—, siendo la escuela, precisamente, el escenario principal de la acción.

El primer rasgo que llama la atención del lector, pues el texto es precedido por un prólogo que lo pone de manifiesto, es la “doble” estructura imitativa de la de Rayuela en que se puede leer el texto, ya linealmente, ya según el orden que la autora propone, humorísticamente orientado, en principio, a calmar la curiosidad del lector ante ciertos episodios cuyo desenlace no se descubre hasta mucho más adelante si seguimos la lectura lineal.

Estilísticamente, Leonardo e os fontaneiros tiene un lenguaje cuidado, lírico pero realista, que dentro de su economía y sencillez tampoco ahorra en exigencia, ni expresiva ni interpretativa, recordando su tono general a otro libro mítico de las letras gallegas del siglo XX, Memorias dun neno labrego.
La premisa esencial de la novela es el dolor y, sobre todo, el desengaño de crecer, la pérdida de la ingenuidad. El aprender a aceptar, es decir, a comprender la hipocresía con que a veces los adultos se manejan y, lo que es más importante, a constatar que en ocasiones actúan con injusticia y arbitrariedad de forma deliberada. Se da una oposición entre la honestidad y falta de malicia de los niños, y la doblez y astucia de los mayores.

“Pasou por diante nosa un can vello e fraco, cunha amosega fea e grande nunha pata, cos ollos moi tristes, co rabo murcho e sen gracia. Afastábase da xente se podía e, cando alguén se lle achegaba, gardaba o rabo entre as pernas e miraba con desconfianza. Eu reparei nel longamente e non ousei dicir palabra porque estabamos moitos e seica non todos ían comprende-lo meu pensamento. Pero pensei en ti e máis na Galiña. Ti sempre fuches ledo e confiado e ela, polo menos desde que a coñecín, sempre foi hirta e zunada. Agora, (…), eu teño unha pregunta sen resposta: ¿Chegarías ti, Leonardo, (…), a ser coma este can que remata de pasar por diante nosa? ¿Chegarías, poño por caso, a trabar na canela dun neno? Se así fose eu comenzaría a entender á Galiña”.

Pero también es Leonardo e os fontaneiros una invitación a tener cierta alegría de vivir, aunque es una alegría realista, basada en el entendimiento —en un momento dado una de las profesoras previene a los chicos de que no es fácil tener catorce años, pero sin embargo es una edad muy bonita, porque los ojos se les llenan de luz para acostumbrarse a la luz que luego tendrán— y sobre todo destaca la capacidad de sobreponerse. En todo ello, como no podía ser de otra manera, jugarán un papel no poco importante las primeras muertes.

En su progresiva tristeza, Tono —que en algún punto se resiste a crecer, asustado por la perspectiva de que la maduración suponga volverse hipócrita y sentir permanentemente ese dolor— se figura a Leonardo como único interlocutor, en cuya vida y circunstancias halla un paralelismo con las suyas propias, y extrae de las de este lecciones valiosas. Por el camino, una de las cosas que Antón aprenderá es a ser más sutil en sus juicios sobre las personas.

(Para escuchar la charla radiofónica
con spoilers

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domingo, 15 de abril de 2018

Bram Stoker, "Dracula" - LIBRO DEL MES

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Título: Dracula    Autor: Bram Stoker
Fecha públicación original: 1897
Valoración: 4 / 5


Agradezco a Eva Loureiro Vilarelhe las
 estupendas observaciones que han contribuido
a mejorar el fondo y forma de este texto.


Dejando a un lado por innecesarias las referencias biográficas del autor —más allá de alguna nota que se irá mencionando durante el texto— y el, por lo demás, ocioso debate sobre la identidad histórica de la persona que inspiró al personaje —algo irrelevante para la interpretación de la obra—, comencemos diciendo que Dracula se publica por primera vez en 1897, tras un periodo bastante extenso —al menos desde siete años antes— de documentación, redacción y corrección.

El texto se completaba en la forma original con un capítulo publicado póstumamente como relato, “El invitado de Drácula”, que ni quita ni aporta nada a la narración general y que tal vez por ello fue retirado de la versión final a instancias de los editores. En él se cuenta el paseo por los alrededores de Múnich de un turista inglés —del que no se da expresamente el nombre pero que, naturalmente, es Jonathan Harker— que empeñado en visitar un pueblo abandonado en la noche de Walpurgis, acaba refugiándose de la tormenta en la tumba de lo que luego sabremos que es una vampira. Expulsado del panteón por una fuerza misteriosa, contempla cómo un rayo destruye el mausoleo y calcina a su ocupante, y pierde el conocimiento para despertar, al borde de la congelación, mantenido con vida por el calor de un lobo tumbado sobre su pecho y que está —dice el texto— “lamiéndole” el cuello, aunque posteriormente deducimos que lo que estaba haciendo en realidad era empezar a comérselo. Resumen: Jonathan Harker es un hombre que no tiene mucha suerte en la vida.

En términos descriptivos, en lo que toca a la estructura y morfología de la obra, el primer elemento que me parece que se debe destacar es la brillantez técnico-formal: la historia se construye sobre una compleja estructura basada en la reproducción entrecruzada de diarios, cartas, recortes periodísticos, bitácoras... e incluso grabaciones fonográficas —ya que Stoker era un entusiasta de la ciencia[1] y llena su texto de referencias a las invenciones y teorías entonces más vanguardistas (p. e., a poco de empezar el texto se mencionan artículos como el listín telefónico de Londres), así como de conocimientos generales legales, médicos, psicológicos… algo característico de su demás producción—. Se trata de una construcción novedosa que debió de sorprender a los lectores contemporáneos, y que contribuye, claro está, a aportar realismo.

Esta estructura, sin embargo, no es ajena a algún error ocasional —como cuando olvida que Harker no está presente en la entrevista con Renfield; Mina ya sabe que se disponían a emprender viaje al continente, aunque ha sido excluida de las deliberaciones en que se toma esa decisión; y algún que otro desajuste en la cronología—. Asimismo, el tipo de narrador elegido es un arma de doble filo que impone al autor ciertas constricciones. Drácula nunca habla por sí mismo; de hecho, a decir verdad, apenas aparece en la obra, y sólo sabemos de él por la impresión que causa en otros. No obstante, desde la óptica del lector victoriano, el sentido de amenaza que planea sobre todo el texto debía de ser precisamente lo más inquietante, bastando las contadas apariciones del personaje que le da título —si no su protagonista, al menos su motor— para generar una reacción de pavor tan aguda como la que observamos en los personajes.  Por otra parte, al tratarse de textos autógrafos, todos los eventos han ocurrido ya cuando son narrados, lo cual reduce la intriga. Todo ello provoca que hacia el final acabe por lastrarse el ritmo, resultado también del comienzo en clímax, y sustituyéndose el terror más bien por una opresión difusa —aunque en 1897, cuando aún no tenían el ojo tan hecho a lo truculento como ahora, probablemente no percibirían esta divergencia—. Fuera de esto, encontramos en Dracula los elementos típicos de la literatura gótica, epistolar, etc., siendo su estilo literario más bien pobre.

Ya en la parte interpretativa, esta novela trata, en su nivel explícito o primario, de una criatura que se alimenta de otra para mantenerse con vida, aunque hacia el final parece insinuarse que Drácula se convirtió en vampiro de forma espontánea. Según muchos estudiosos, en la figura del vampiro Stoker  estaría alegóricamente reflejando la personalidad del actor Henry Irving, del cual fue manager y secretario durante casi tres décadas. Es curioso resaltar que esta representación literaria gozaba al menos de un precedente en la literatura inglesa, ya que John Polidori parece haberse inspirado en la figura de lord Byron, de quien era médico, también transformándolo en un vampiro, si bien el suyo se diferencia del de Stoker en el carácter más animal y repugnante de este frente al aristócrata refinado de Polidori.

En el nivel implícito o secundario, por su parte, hallamos al menos dos temas de importancia crucial en la novela: de un lado, el asunto sociológico; de otro, el tema teológico.

En cuanto al primero, se formula de forma obvia en Dracula una reflexión, e incluso una defensa que tampoco puede sorprender excesivamente, aunque ya hubiera voces disonantes en la época, del tipo de mujer ideal, de los valores burgueses sobre feminidad, matrimonio, familia y religión;  oponiendo las virtudes de la castidad y la pureza a los comportamientos perversos del conde.

Stoker era un irlandés pro-británico y monárquico que si no por convicción —era amigo de Oscar Wilde, admirador de Walt Whitman, etc.— sí al menos por la presión social acabó deviniendo conservador. Dado el sustrato del que provenía y el que le rodeaba, no resulta extraño encontrar en su obra una opción por el mantenimiento del statu quo, que de hecho no conocerá variaciones ni en su obra final, de 1911, donde seguirá retratando los mismos tipos sociales. Si bien otras voces —anteriores, coetáneas y posteriores— empezaban a abrir nuevos planteamientos —pensemos en el tipo de mujer que “sólo” treinta años más tarde retratará D. H. Lawrence en El amante de lady Chatterley, aun omitiendo el hecho de que cuando se escribe Dracula el movimiento sufragista estaba en sus albores y que no había tenido lugar la I Guerra Mundial, con el impulso que esta supuso para los derechos femeninos—, tampoco puede causar excesiva extrañeza, por muy reaccionario que resulte el victorianismo tardío visto desde hoy en día, que la mujer ideal fuese un compendio de las virtudes burguesas. La defensa, o al menos el no cuestionamiento, de tales valores sobre la familia y el papel de la mujer es evidente, y para vehicularla Stoker presenta en esencia dos personajes muy diferenciados: Lucy y Mina.

Lucy es una heredera de buena familia de 19 años un poco pizpireta que sueña con casarse y cuya mayor preocupación en el momento es que tiene a su disposición nada menos que tres pretendientes. Durante la parte de la novela en que ella aparece, es presentada siempre como un sujeto pasivo de la acción ajena, tanto de los hombres como de la propia Mina; desvalida, inocente, incapaz de defenderse por sí misma y a expensas de la protección de un hombre… Incluso su salvación eterna acaba siendo obra masculina. Básicamente, Lucy nos cae bien porque es muy buena; pero narrativamente ha sido incluida para contrastar con fuerza a Mina.

Mina Murray, o más tarde Mina Harker, representa a lo que en el propio texto se denomina la “nueva mujer”. De origen mucho más humilde que el de Lucy, es maestra, sabe taquigrafía, es una entusiasta de los ferrocarriles… y en general podríamos decir que tiene más espabile que Lucy. Es de resaltar la sensibilidad de Stoker a los fenómenos sociales y tendencias en boga en su día: el mismo año de publicación de Dracula, se funda la Unión Nacional de Sociedades por el Sufragio de las Mujeres, antesala del movimiento sufragista que desde décadas antes se venía fraguando. Aunque en ningún momento de la novela se trata expresamente el tema del voto femenino, el autor sí tuvo la sagacidad de resaltar que dada su clase social más baja, Mina, como ella misma dice en carta a su amiga, necesita trabajar para ganarse el sustento, incluso una vez que esté casada.

En la trama de la obra, Mina es un agente activo, hasta el punto de que la propia novela existe por su acción: es a través de ella que los demás personajes entienden la dimensión real de la trama, puesto que es Mina quien recolecta todo el material relevante, lo clasifica cronológicamente y lo mecanografía, dando como resultado la obra en sí. Además, hace sugerencias respecto al plan de actuación. Esto le vale ser calificada como poseedora de “un cerebro de hombre” un número de veces que es excesivo para resultar casual. En un momento dado, el grupo de hombres decide excluirla, por su propia protección y en atención a su naturaleza débil, de las deliberaciones. Cuando esto ocurre, Mina acaba cayendo en las garras de Dracula, al verse falta de la protección masculina, pues los hombres se han marchado todos en su persecución. Al tomar conciencia de este hecho, deciden volver a incluirla en su conciliábulo. Sin embargo, al recuperar Mina su posición activa, sucede que cae en desgracia: es precisamente entonces cuando tiene lugar la escena de la succión de la sangre, que se salda con la impureza de Mina. ¿Por qué? Porque a nivel simbólico, es una adúltera —aunque, de hecho, lo que se describe es una violación y esta es la reacción emocional que se refleja en ella—.

En la represiva moral sexual del victorianismo —y con los limitados conocimientos en hematología de la época—, la sangre guardaba estrecha relación con el esperma, de tal modo que el texto de Stoker se halla plagado de referencias y alusiones que contribuían a aumentar la sensación de incomodidad y asombro de los lectores coetáneos. Así, en Dracula incluso los actos aparentemente más sensatos y bienintencionados ocultan detalles escabrosos, como la cuádruple transfusión a Lucy que, considerando lo antes dicho, permite comprender las disquisiciones sobre si es una actuación lícita o no, si deben comunicársela a Arthur o no, y si este tiene o no derecho a sentirse ofendido. En este marco, no es de sorprender que, pasado el peligro, para la resolución Stoker quisiera ofrecer a sus lectores un cuadro donde el orden “natural” de las cosas ha sido restaurado. Y, ¿qué mejor manera de hacerlo que con una escena de rasgos reconocibles en la que se ensalza la felicidad hogareña y la prosperidad material de los Harker, dibujada en términos de convencionalismo burgués?

El segundo tema implícito que habíamos apuntado es la dimensión teológica. La premisa de partida es el temor a la muerte que experimenta el malvado conde, su pulsión de aferrarse a la vida en cualquier condición, lo que debe interpretarse, desde los parámetros de Stoker, como una negación de la auténtica vida eterna, es decir, de la vida verdadera posterior a la muerte, y por tanto de la obra de dios en su conjunto. Tanto desagrado como la parte terrorífica del relato debían de causar en los lectores decimonónicos los múltiples remedos de los evangelios y la liturgia, desde la herida autoinfligida en el costado hasta el bautismo a través de la libación de la sangre, pasando por la promesa de la vida eterna.

Algún autor ha señalado que Dracula opera una defensa de los católicos, afirmación como poco sorprendente, puesto que Stoker era protestante. A mi entender, lo que se hace es confrontar la expiación por las obras con la salvación por la gracia. En el momento inicial, los amigos parecen muy confiados en su capacidad para vencer a Drácula a través de sus actos, pero a medida que sufren derrotas y desengaños y se va imponiendo cierto fatalismo en el grupo, se incrementan el número de frases recurrentes como “Estamos en manos de Dios”. Es de resaltar que en la misma proporción en que este segundo elemento va tomando fuerza, los personajes se van volviendo más estereotípicos, no siendo excesivamente investigados a nivel psicológico.

Entre las múltiples interpretaciones de Dracula hay quien ha visto en esta novela un panfleto contra la inmigración y una defensa del papel civilizador de Inglaterra en el mundo, por cuanto el personaje titular ansía conquistar una nueva tierra propagando en ella una nueva especie de no-muertos (una perversión del “creced y multiplicaos”). Según creo, aunque efectivamente se refleja el tradicional rol de superioridad británica sobre todos los demás países de la tierra (a propósito de alguno de los países continentales se afirman cosas como “Gracias a Dios, en este país los sobornos sí que sirven para algo”), tal asunto no tiene envergadura suficiente como para incluirlo dentro de la nómina de temas o premisas desarrollados: entre otras cosas, el líder moral del grupo es el Profesor Van Helsing, un holandés. Más bien parece que nos encontramos ante un reflejo de la “britanidad”, algo más consustancial al planteamiento político de la potencia colonial que Inglaterra era entonces que a un verdadero proselitismo.


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TítuloLa madriguera del gusano blanco
Autor: Bram Stoker
Fecha de publicación original: 1911
Valoración2 / 5

Confrontada a efectos meramente comparativos con la obra de la que hasta aquí hemos hablado, La madriguera del gusano blanco, última novela de Stoker, tiene más potencial que acierto.

Comienza con el cliché del desconocido pariente lejano que nombra heredero y sigue con el del rico de fortuna ignorada. Dispone escenas de bastante intensidad narrativa (especialmente el clímax final, una auténtica lluvia de carne y sangre), pero se ven constantemente lastradas, incluso en la versión abreviada de 1925, particularmente al principio, por la catarata de datos históricos sobre el reino de Mercia, la romanización de Gales, la toponimia local, la orografía de la zona, etc., y en todo caso no consigue que pase desapercibida su patente naturaleza de alegoría de la lucha entre el bien y el mal, inclusive con el valor simbólico del envío de “mensajeros” a la cometa (es decir, al cielo), y la presencia de los pájaros (Daphne du Maurier se inspiró al parecer en esta escena para su novela corta Los pájaros, luego adaptada por Hitchcock), de los cuales se incide en el aleteo, lo que a nivel simbólico nos permite pensar en ángeles caídos o huidos. Hay nula investigación en la psique de los personajes y excesivas subtramas que no terminan de empastar entre sí, a lo establecerse un correlato necesario entre el mesmerismo del señor Casswall y la naturaleza de lady Arabella. Se diría que en un primer término el autor quiso escribir una obra costumbrista a la cual, a mitad de camino, se le ocurrió añadir el elemento sobrenatural.

Sólo el hecho de que fuera la última obra de Stoker, que moriría poco después aquejado de sífilis, y bajo el efecto de potente medicación durante su composición, hace comprensible esta pérdida de eficiencia narrativa. Ni siquiera el subtexto de la historia es interesante, al proponer unos personajes de cartón completamente insípidos.




[1] En este punto, no dejar de ser curioso el hecho de que una buena parte de la acción pivote sobre el tránsito de la incredulidad a la aceptación de lo grotesco, en especial en lo que respecta al personaje de John Seward, en términos de adquisición de una “mente abierta” (Van Helsing dixit); es decir, de una actitud acientífica, o lo que podríamos resumir como “para ver hay que creer”.

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jueves, 15 de marzo de 2018

Margaret Oliphant, "La puerta abierta" - LIBRO DEL MES

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Título: La puerta abierta    Autora: Margaret Oliphant
Editorial: Valdemar    Año: 1987    Lugar: Madrid
Valoración: 3 / 5

No sé por qué, pero la Literatura ha sido tradicionalmente uno de los campos “profesionales” donde más presencia femenina se ha constatado, incluso en épocas en las que muchos de los derechos de las mujeres estaban recortados o eran directamente inexistentes. Quizás se deba a que la posibilidad de convertirse en escritora de forma más o menos autodidacta permitía a las que optaban por esta vía de expresión dedicarse a una ocupación  a un tiempo honrosa y rentable. Leía hace poco que un estudio de 2015 identificó más de ciento cincuenta escritoras decimonónicas sólo en la restringida área geográfica de Galicia. El caso en la Inglaterra victoriana no es muy distinto.

Con independencia de sus comprensibles variaciones de calidad, la mayoría de las autoras a que hacemos alusión resultan hoy completas desconocidas, no ya para el público general, sino que incluso con frecuencia para los especialistas no representan más que una mera referencia onomástica. Uno de esos casos es el de la escocesa Margaret Oliphant.

Nacida en 1828 y fallecida en 1897, vino al mundo en el seno de una familia acomodada —su padre se dedicaba al comercio—, y parece que su interés por la escritura arranca ya desde la infancia. De hecho, publica su primera novela, Fragmentos de la vida de la Sra. Margaret Maitland, con veintiún años.

Sin embargo, esta dedicación vocacional a la Literatura vino a ser forzosamente ratificada por la necesidad cuando, viuda temprana a los treinta y un años, quedó al cargo de tres hijos —otros tres habían muerto apenas infantes—. Para aquel momento, regresada a Inglaterra de un infructuoso viaje terapéutico a Italia —pues su marido falleció en Roma— y con nada menos que diecinueve novelas a sus espaldas, entre otros textos, Oliphant era ya un nombre conocido y exitoso en el mundo literario. Sin embargo, la fortuna editorial de la mano del editor Blackwood fue jalonada en lo personal con constantes fatigas y tragedias: vio morir delante de sí a todos sus hijos —sólo dos de los cuales alcanzaron la edad adulta— y, entre otras obligaciones, debió hacerse cargo de un hermano alcohólico y de otro que, viudo y arruinado, cargó además sobre las espaldas de la autora las bocas de tres sobrinos que alimentar.

En esas circunstancias, como ella misma reconoce en su Autobiografía póstuma, su única fuente de ingresos era la escritura e, incapaz de hallar otra fórmula financiera más ventajosa, se vio forzada a menudo a primar cantidad sobre calidad en un leonino círculo vicioso de adelantos y compromisos. La amplitud de la obra de Oliphant, tanto en géneros como en cantidades, es apabullante, con casi un centenar de novelas, docenas de artículos, traducciones, libros de viajes, relatos… Los críticos resaltan, además, que las diferencias de estilo y materia dificultan atribuir unas características definidas a la producción de la escocesa, que abarca desde los cuadros realistas rurales tan queridos en la literatura inglesa, hasta las historias sobrenaturales.

La pieza que hoy nos ocupa se publica en 1882. Es, por tanto, ya una obra de madurez, pues la autora tenía en ese momento cincuenta y cuatro años. Se trata de uno de sus textos más conocidos, la novela corta La puerta abierta, donde una vagarosa descripción de la naturaleza propia de una narradora realista, nos transporta con tanta claridad al entorno de Brentwood, donde transcurre la acción, como si Oliphant estuviera describiendo uno de los paisajes de sus libros de viajes. Tal es la envergadura de estas descripciones, sobre todo al inicio, que se puede afirmar realmente que el lugar de Brentwood es tan protagonista de la historia como el puñado de personajes que por ella transitan. Allí, el coronel Mortimer y su familia, regresados de la India, alquilan una mansión, en busca de un poco de tranquilidad tras una vida ajetreada. Sin embargo, angustiado por unos misteriosos sonidos que oye en unas ruinas cercanas, el hijo, Roland, pronto cae gravemente enfermo.

Además de los valores descriptivos del texto, la presencia ominosa de las ruinas —los restos de una mansión de la cual la parte más sobresaliente es una puerta sin hojas que da a la nada— conduce a los personajes y al propio lector más a un estado de aturdimiento y desconcierto que de auténtico terror. El miedo en este relato se deriva más de la incapacidad de la cognición humana para asumir lo inexplicable que de cualquier evento macabro —por lo demás inexistente aquí—. Es frecuente en las obras de tema sobrenatural de la autora que estos eventos se relacionen con algún hecho traumático —los estudiosos ven en ello un reflejo de las etapas de duelo y serenidad que la escritora experimentó a causa de las sucesivas pérdidas de sus vástagos, pero se podría aducir que este psicologismo exige pasar por alto las convenciones del género gótico—.

El juego de Oliphant se vuelve muy sutil al introducir el personaje del escéptico doctor Simson, al creyente teólogo Montcrieff y al propio coronel Mortimer, y mantiene un estado de ambigüedad hasta la misma conclusión, donde precisamente deja la puerta abierta, pues como el coronel Mortimer señala, quedan patentes “los diferentes efectos que un mismo hecho puede causar sobre personas diferentes”. El acierto de Oliphant es que, a diferencia de otros autores de la literatura gótica, como Ann Radcliffe, que al final siempre aportaba una explicación científica a sus fenómenos paranormales, o de Stoker, que ya desde el inicio de Drácula se decanta por la existencia de un personaje sobrenatural e incluso los científicos de la novela han de acabar pasando por el aro del “creer para ver”, se queda a medio camino, y cada uno de los implicados puede encontrar pruebas sólidas para una explicación distinta a lo experimentado. El coronel Mortimer, narrador intradiegético, permanecerá, por su parte, al igual que el propio lector, en un estado de indecisión, incapaz de decantarse plenamente por una conclusión u otra. En su caso lo que se produce es una evolución psicológica que atraviesa las fases de incredulidad, temor, compasión  y propósito de ayudar.

En este sentido, Oliphant propone un final abierto de gran modernidad, lo cual debe reputarse como un gran acierto narrativo: La puerta abierta podría haberse convertido en manos de otro autor más inhábil en un insípido canto contra la pretensión de saber universal de la ciencia —no hay medias tintas en el desagrado que el doctor Simson inspira al coronel Mortimer—. En cambio, aquí encontramos un final doble y simultáneo: quienes quieran decantarse por una explicación científia, encontrarán sobradas pruebas empíricas para sostener su opinión. Quienes prefieran optar por creer que de verdad ha ocurrido un fenómeno paranormal, también dispondrán de argumentos para ello. Al final, todo parece depender de la percepción subjetiva del observante.

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