Rosas de otoño:
su hermosura no es de ninguna otra.
Su delicadeza es inmisericorde.
Deliciosas son como el viento sobre el mar.
¿Por qué hacer, entonces,
que derramen lágrimas?
La luz dorada del sol crepuscular me llega,
ahora,
y la comparto con las rosas de otoño,
que no tienen espinas.
Con ellas bajaré hasta el arroyo,
donde se refleja el sol,
y en mis rodillas las meceré.
Rosas de otoño: conocéis el secreto
de la vida,
mas nunca lo reveláis: al final
vosotras seréis eternas,
mientras los demás mortales
pasamos a formar parte de la inmensidad.
Ahora os traigo como presente
este lamente dulce.
¡Ah, las rosas de otoño:
deliciosas cual ninguna!
Otoño de 1999 - Primavera de 2004
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