ENRIQUE VILA-MATAS
Hay novelas que muy bien
exigirían un estudio extenso y pormenorizado para poder hablar de ellas tocando
todos los palos, aunque solo fuera de forma somera. Tal es el caso de Doctor Pasavento (Anagrama, 2005), del
escritor catalán Enrique Vila-Matas, que me obligó a tomar no menos de siete
páginas de notas durante su lectura, las cuales trataré de ordenar y sintetizar
aquí.
A pesar de no tratarse de un
libro muy extenso (no alcanza las 400 páginas), tiene una importante densidad,
que se contrarresta con un estilo estudiadamente improvisado (se supone que
estamos leyendo las “notas secretas” de un escritor que sueña con desaparecer y
flirtea, aunque solo flirtea, con la idea de dejar de escribir, o más bien, con
la de escribir sin ambición alguna), que florece en una prosa de gran
vivacidad, natural, aparentemente espontánea.
Ahora bien; a partir de esta
situación inicial, lo que se va a desplegar ante nosotros es una inquisición sobre
multiplicidad de temas, con la premisa central del estudio de la identidad —¿quién soy yo qué hace que yo sea yo?— y la muerte del individuo en tanto que
tal.
Sobre esta idea primera, va a
superponerse la peripecia singular del protagonista —para comenzar su juego,
Vila-Matas demora la presentación de su personaje, dejándonos durante un tiempo
en la duda de si la voz narradora coincide la suya propia—, que, como escritor
él mismo que llega a interactuar con personajes reales ficcionalizados (Bernardo Atxaga, por ejemplo), se plantea
cuestiones como la escritura o la literatura como actitud frente a la vida; la
finalidad de aquella y de la figura del escritor; la paradoja, en la escritura,
de que lo que se escribe demanda siempre un lector, incluso a pesar de que el
autor quiera borrarse, “desaparecer”, ser anónimo y desconocido, no tener que
estar constantemente a la altura de sí mismo, de su genialidad —puesto que el
protagonista, a pesar de haber alcanzado cierto reconocimiento, se siente en
realidad un fracasado—; la búsqueda de la verdad no estorbada por los
barroquismos de la ficción ni los oropeles de la vida literaria ni las minucias
de la vida cotidiana; la realidad, como entidad distinta de la verdad, y en
tanto que hecho mental derivado de la capacidad humana de percibir y sujeto a
la interpretación subjetiva —con el consiguiente poder de la imaginación para
modificar la realidad o directamente inventarla—; o la cuestión de cómo va un
autor a interpretar el mundo, a entenderlo, distraído por la fama, sin
desaparecer, sin anularse.
En esta meditación sobre lo que
le constituye a uno como sí mismo, Pasavento nos va a arrastrar por su viaje
tanto interior como exterior, demostrando la fragilidad del ser por el
expeditivo método de presentarse ante los demás con diversas identidades —no
diré que falsas, pues como decía Virginia Woolf, uno, dentro, puede muy bien
ser mil o dos mil— y de ensayar una desaparición con la intención de comprobar
cuánto tardan los demás —o si lo hacen, siquiera— en reparar en su ausencia,
dándonos a entender que el individuo, como tal, no es importante, pues su
existencia o inexistencia no cambia en absoluto el curso de las cosas.
En la intensa red de
intertextualidades que se desata en la obra, destaca particularmente la
recurrente figura del escritor suizo Robert Walser, que pasó los últimos casi
treinta años de su vida recluido en un sanatorio sin escribir ni una sola
línea, y que tuvo las mismas intenciones que el protagonista, lo cual da pie a
considerar con cierta suspicacia la actitud de Pasavento: ¿es sincero? ¿Se
trata de una mera impostación? De hecho, no debemos perder de vista que lo que
siente al visitar el sanatorio de Walser, casi al momento de llegar, es
aburrimiento, a pesar de haberlo calificado como el centro de su mundo.
Y es que no pocas dosis de ironía
se hallan ocultas en este texto, en el cual es difícil hablar del tiempo o
espacio de la obra, porque transcurre gran parte en la imaginación, en el
tiempo y el lugar en que ocurren los sueños —o las fantasmagorías—, con
constantes saltos en tiempo y espacio, como en un juego de espejos que deforman
la realidad —a través de la ficción—, haciéndonos creer que se encuentra en un
lugar cuando está en otro, o que está pasando algo cuando lo que hace es dejar
constancia de ello días después; de la misma manera que desconcierta a los
demás personajes presentándose ante ellos con identidades diversas.
Es una novela de ideas, de
personaje casi único (pues, en realidad, los demás personajes son meras
comparsas de quienes apenas sabemos nada), de descripciones parquísimas, a
menudo resueltas vía comparación.
Por último, he de decir que,
aunque el libro en su conjunto y la premisa del mismo me han encantado, después
de un comienzo prometedor y ascendente, a medio camino pierde un poco el hilo y
se vuelve algo divagante, aunque bien podría ser que se tratase de algo
intencionado, para reflejar la zozobra del personaje.
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