lunes, 15 de octubre de 2018

Gonzalo Torrente Ballester, "La boda de Chon Recalde" - LIBRO DEL MES


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Título: La boda de Chon Recalde    Autor: Gonzalo Torrente Ballester
Año de publicación: 1995    Editorial original: Planeta
Valoración: 3/5


El novelista ferrolano Gonzalo Torrente Ballester fue de esos autores que escriben incansablemente hasta el último día. Para cuando logró superar el ostracismo a que su obra venía siendo sometida y le llegó el éxito de público durante los años ochenta —gracias en buena medida a la adaptación televisiva de una de sus creaciones, la saga Los gozos y las sombras, y la concesión con Filomeno, a mi pesar del Premio Planeta—, podemos decir que su obra ya estaba cerrada: acumulaba a sus espaldas docena y media de novelas que gozaban del beneplácito de la crítica, media docena de obras teatrales, dos manuales de literatura de referencia —entre otros ensayos—, una amplia obra periodística…

Sin embargo, disfrutando de esa curiosa posición que otorga el sobrevivirse a uno mismo, en su última década de vida Torrente, lejos de apoltronarse, conoció una sorprendente segunda juventud, casi un auténtico fervor creativo, publicando nada menos que otras ocho novelas en diez años. Es cierto que se percibe con claridad en su novelística de vejez que ya no tenía fuerzas para ejecutar aquellos prodigios arquitectónicos e ideológicos como La saga/fuga de J.B., cosa que tampoco es de sorprender, puesto que estamos hablando de un sector de su producción creado entre los setenta y nueve y los ochenta y nueve años. Sin embargo, el autor gallego seguía conservando muchos de los rasgos característicos de sus creaciones anteriores, pero más que ningún otro la gracia en el contar: todas esas obras tienen en común la naturalidad con que el discurso fluye, salpimentado con el ácido humor que le era propio.

La mayoría de novelas tienen partes más narrativas, donde la acción avanza, y otras donde el autor permite que sus personajes o la voz narrativa se detengan algo más en la reflexión. Pero en el caso de Torrente Ballester no es así, pues uno y otro aspecto se funden, a través de su peculiar uso del lenguaje transido de esa singular gama de la ironía que en las tierras gallegas se denomina retranca, dando lugar a una terrible profundidad de idea expresada con un permanente tono de humorismo escéptico.

Haría falta, para hablar de su literatura, densa, no sólo la extensión de un tratado, sino echar mano de una Historia Universal, un Compendio de Literatura y, sobre todo, una Historia de la Filosofía, puesto que sus libros engloban la realidad tal cual es, es decir, en su forma de no ser, dependiente de la percepción del ente observante, inaprehensible, difusa, y, peor aún, cambiante incluso para él mismo.

Torrente puede y debe ser considerado como un novelista filosófico, autor de una literatura de tipo crítico o indicativo que, en este caso, al tiempo que reproduce rasgos de la idiosincrasia de su Ferrol natal —algunos trazos del habla local, la consideración casi aristocrática de los militares, lugares de referencia…— que, si bien hoy día muy diluidos, estaban aún en plena pujanza en los años de la Segunda Gran Guerra, cuando la novela se ambienta, en La boda de Chon Recalde ejecuta sobre todo una censura de las injusticias que pueden acarrear la murmuración y la maledicencia.

Como en casi toda la novelística final de Torrente, en esta novela de 1995 —la antepenúltima que escribió—, la acción de la obra es sencilla: las hermanas Recalde, Cristina y Chon, hijas de un militar de renombre fusilado, regresan a su villa natal tras muchos años de ausencia con el objetivo de situar a la más joven en la vida —léase, casarla—. Allí confluirán, como es común en la narrativa torrentiana, con una profusión de personajes que las recibe inicialmente con reticencia embadurnada de agasajo, pero en los que enseguida se ponen de manifiesto las fisuras que resquebrajan incluso la aparente cortesía del grupo más civilizado, rompiendo ese todo unitario al que llamamos sociedad.

Ya dije que en estas novelas finales de Torrente lo que se conserva sobre todo es el oficio de escritor, el gusto por narrar sin mayores pretensiones, sin que encontremos la proposición de una premisa cuyo desarrollo constituye el eje vertebrador de la obra, tal como era rasgo constitutivo de la producción anterior del gallego. Incluso se percibe con claridad una progresiva desaparición del incisivo sentido del humor a medida que el autor se aproximaba al final de su producción y de su vida.

De esta manera, lo que encontramos en La boda de Chon Recalde es casi un cuadro costumbrista más que otra cosa, aunque narrado con fluidez de discurso y planteado en términos universales suficientes como para que la obra exceda el mero interés localista que en los lectores coterráneos pueda suscitar.

El pragmatismo de las hermanas Recalde —casi podríamos afirmar que la premisa esencial de la obra es la utilidad de ser práctico frente a los cotilleos y la acción ajena, el “hacer oídos sordos”—, que trabajan para ganarse la vida persiguiendo un objetivo concreto, destaca contra el formulismo malicioso de la sociedad que las rodea, y es de resaltar que la totalidad de la acción de la obra recae sobre los personajes femeninos: las mujeres dirigen y disponen, en tanto que los hombres se limitan a ser receptores pasivos de esa acción, a lo sumo consejeros.

Este aspecto es de resaltar en un autor cuya construcción de personajes femeninos ha sido tildada a veces de machista, siendo que en su obra los hombres, sobre todo los protagonistas, suelen aparecer retratados como unos mindundis, unos peleles que sufren los vaivenes de los demás sin poder oponer más que su capacidad de estoicismo, en tanto que a menudo las mujeres se representan como proactivas, cultas, viajeras, independientes —aunque sea a menudo en papeles socialmente arquetípicos, como madre, hija o esposa— … y sí, también como femmes fatales, poco o nada interesadas en el matrimonio y que ven a los hombres, más que como un objetivo deseable, como un estorbo que es preciso soportar.

No hay un destacable estudio de la psique de los personajes, si bien hay que decir que más que una falla particular de esta novela, se trata de un rasgo general de la obra torrentiana, donde el interés se desplaza más al desarrollo de una premisa y la composición de un cuadro a menudo delirante para su plasmación, con el retrato de los efectos de la situación en la acción de unos personajes dados.

Las pegas vienen precisamente por la parte del agotamiento autorial: hay algunas decisiones narrativas, fundamentalmente la precipitada salida de escena de Cristina, que sólo pueden entenderse vistas a la luz del esfuerzo que supone para cualquiera, y más para un escritor de ochenta y cinco años, sostener durante más de doscientas páginas la acción de una novela con al menos una docena de personajes principales.

La obra, no obstante, como todas las del último Torrente, se lee con auténtica delicia, convirtiéndolas en una lectura amable y fácilmente digerible que sirve para completar y extender la comprensión de sus otras grandes novelas.

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sábado, 15 de septiembre de 2018

Sor Juana Inés de la Cruz, Obra poética y prosa - LIBRO DEL MES

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SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ

Obra poética
Carta Atenagórica
Carta de Monterrey
Respuesta a Sor Filotea

5/5


Uno de los terrenos “profesionales” donde tradicionalmente ha existido más presencia femenina es el de la Literatura. Dentro del barroco novohispánico, la figura casi anónima en cuanto a datos biográficos de sor Juana Inés de la Cruz destaca por su proyección en su época, su éxito “editorial” ya en vida y, sobre todo, por su enorme calidad literaria e intelectual. Más de uno serán los motivos que permitan entender la aparición de la autora, pero es indudable que la decidida fundación de universidades del imperio hispánico contribuyó a que la pujante vida cultural de Nueva España —hoy Méjico— permitiese el surgimiento de una figura como la de sor Juana, impensable —y, de hecho, inexistente— en otros ámbitos geográficos.

Poco, apenas nada, es lo que conocemos de la vida de esta monja jerónima. Nacida en 1651 o tal vez 1649 de padres adúlteros pero de cierto rango, accedió en su adolescencia a la corte virreinal como dama de la virreina, de donde posteriormente, rechazando la idea del matrimonio —que sin duda le habría impedido incluso la muy mermada libertad que las constricciones de la vida religiosa le permitieron—, intentó profesar primero con las carmelitas y, casi de inmediato, con los mucho menos rigurosos jerónimos.

A juzgar por su obra, sor Juana no carecía de sentimiento religioso; sin embargo, era plenamente consciente de que el factor determinante en su toma de hábitos fue que la vida conventual era la única salida razonable para que una mujer soltera pudiese mantener tanto su autonomía personal e intelectual como su estatus. Así nos lo hace saber en la Respuesta a Sor Filotea, uno de sus textos fundamentales:

“Entréme religiosa, porque aunque conocía que tenía el estado cosas (de las accesorias hablo, no de las formales) muchas repugnantes a mi genio, con todo, para la total negación que tenía al matrimonio, era lo menos desproporcionado y lo más decente que podía elegir en materia de la seguridad que deseaba de mi salvación; a cuyo primer respecto (como al fin más importante) cedieron y sujetaron la cerviz todas las impertinencillas de mi genio, que eran de querer vivir sola; de no querer tener ocupación obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio, ni rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis libros”.

Ávida lectora desde edad tempranísima, para cuando accede a la corte con dieciséis o diecisiete años lo hace casi precedida por su fama, con conocimientos y memoria de vastedad tales que hasta intelectuales reputados se reunían para “examinarla” asombrados por su saber.  Se sabe que fue autora de una extensa correspondencia —buena parte de la cual o se ha perdido, o no está localizada—, así como ensayista, matemática, música… pero el terreno que le ha granjeado fama duradera —así como mayores quebraderos de cabeza en vida— es el de la Poesía, donde un par de centenares de piezas la convierten en una autora considerablemente prolífica.

Hábil versificadora, destaca por la fluidez, el dominio lingüístico, el racionalismo que impregna toda su labor creativa, formalmente por su querencia por el soneto y el romance y, estilísticamente, por una singular preferencia por el quiasmo, como podemos ver en este cuarteto:

“Al que ingrato me deja, busco amante;
al que amante me sigue, dejo ingrata;
constante adoro a quien mi amor maltrata;
maltrato a quien mi amor busca constante”.

Asimismo, es curioso que la amplia mayoría de la obra poética de sor Juana se caracterice por tratar de materias profanas, lo que unido a la intransigencia y ortodoxia de la sociedad coetánea, y a diversas inquinas personales, pudo determinar los constantes ataques de que fue objeto, casi a partes iguales con las descomunales alabanzas, que la propia autora veía con prudente desconfianza, pero probablemente también con un punto de comprensible orgullo.

Es importante no caer en la tentación de hacer de sor Juana un personaje más moderno de lo que es, ni mucho menos una feminista avant la lettre: de hecho, teológica e ideológicamente puede considerarse a la autora bastante conservadora. Así, cuando en la Carta atenagórica responde al sermón del padre Vieyra, lo hace en defensa nada menos que de Agustín de Hipona, Tomás de Aquino y Juan Crisóstomo; ni son raras en sus líneas invectivas contra Lutero. E incluso cuando va a buscar ejemplos de mujeres instruidas que justifiquen su labor intelectual, recurre abundantemente a las Escrituras, como se ve en la Respuesta. También en otras materias, como la astronomía o la medicina, encontramos esta ortodoxia.

Igualmente tentador podría ser olvidar el carácter eminentemente artificioso, formulista y estereotipado del arte barroco y suponer, a partir de sus versos, un trasfondo autobiográfico casi con total seguridad inexistente, o sólo muy remoto. Con ello es muy posible que perdiésemos de vista alguno de los elementos más novedosos de la poesía de sor Juana, como su insistencia en la aplicación del racionalismo (estilísticamente recurriendo a menudo a lenguaje de tipo judicial) a las disputas o dudas amorosas, imponiendo casi siempre la razón sobre el gusto.

Lo que sí es cierto es que el uso recurrente de ciertos alias (especialmente Fabio), permite hacer una lectura “narrativa” entretenida e interesante de un ciclo de los poemas de amor/desamor. Aparte de estos, temáticamente lo que encontramos en su obra son, de una parte, los muy abundantes poemas de circunstancias y, de otra, los asuntos filosófico-morales habituales del barroco: la vanidad, el honor, los celos —curioso lo mucho que habla la autora de ellos—, las contradicciones del mundo y de la gente… con una llamativa escasez de poesía religiosa.

Posición muy destacada, sin embargo, la ocupa El Sueño, un poema compuesto por casi un millar de versos, en estilo deliberadamente gongorino, con un lenguaje inundado por auténticas cataratas de hipérbatos, referencias mitológicas, digresiones, amplificaciones… Según su autora, esta fue la única pieza poética que escribió por gusto, debiéndose todas las demás al mandato. La ausencia de fechas de composición de toda su obra hace imposible calcular la veracidad de las palabras de sor Juana.

La sencillez de la premisa de El sueño es inversamente proporcional a la densidad de su estilo: tras haber comido, un sopor sobreviene a la voz lírica, que se imagina observando todo cuanto existe en derredor desde la enorme altura de una pirámide o monte; allí, se plantea la cuestión de la imposibilidad del conocimiento humano total, tanto por vía inductiva como deductiva, en un caso por la vastedad excesiva de lo contemplado, y en otro por el detalle abrumador. La elección de un asunto tan árido como la epistemología, con repaso de los conocimientos sobre fisiología, botánica, etc., de la autora da fe de su defensa a ultranza del conocimiento y el racionalismo; pero quizás lo más llamativo sea que la voz que emplea para llevar a cabo ese hercúleo esfuerzo es femenina —como queda claro en el último verso del poema—, no perdiendo nunca sor Juana la posibilidad de reivindicar las capacidades intelectuales de la mujer.

miércoles, 15 de agosto de 2018

Boris Izaguirre, "1965" - LIBRO DEL MES


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Título: 1965    Autor: Boris Izaguirre    Año: 2002
Editorial: Espasa    Valoración: /5


“(…) vivimos en un solo recuerdo que cambia de sitio
y de personas, pero que sobrevive al tiempo mismo”

—Boris Izaguirre, 1965

Con un estilo más chispeante y menos clásico que el que luego emplearía en su premiada Villa Diamante, y sin los elementos “rosas” que serían uno de los puntos débiles de aquella, el escritor hispano-venezolano Boris Izaguirre publicó en 2002 su tercera novela, titulada 1965, en la que rinde amargo homenaje y radiografía la vida y paso al nuevo milenio de los últimos babyboomers, una de las primeras generaciones —la suya propia— que nace sin propósito,

“Se alimentaba de su propia muerte, porque veía que su vida era inútil. (…) Era inútil desde su propia creación. ¿Qué puede aportar alguien nacido en la mitad de los sesenta, con Kennedy muerto, Vietnam en marcha, Marilyn convertida en mito absoluto o los Beatles condecorados por la reina Isabel? La historia ya había sembrado sus propias minas cuando Daniel nació en 1965”


viéndose abocada a escrutarse concienzudamente en el espejo y ponerse frente a frente con sus contradicciones, con sus debilidades, con “el desierto en el que vivimos”, pero también con su enorme potencial.

A través de la vida de Daniel, Andrés y Rodrigo —tres treintañeros de procedencias sociales y geográficas muy diversas, que no se conocen entre sí, pero que tienen en común no sólo la fecha de su nacimiento, sino la promesa de no vivir más allá de los treinta y siete años— el autor relata la definitiva ruptura con el pasado que supusieron los ochenta, años cruciales de los que los que fueron adolescentes o jóvenes entonces permanecieron cautivos, y donde se plantaron, para bien y para mal, los cimientos del presente, con las dinámicas que condujeron a los excesos causantes en última instancia de la crisis de 2007.

En este sentido, es de resaltar la gran actualidad de la novela respecto de episodios de la Historia reciente que en el momento en que 1965 apareció —año 2002, recordémoslo— acababan prácticamente de producirse, como el 11-S o el corralito argentino, aderezado por Izaguirre con cataratas de datos y referencias a la cultura pop/LGTB,  en el marco de una obra que se caracteriza por la agudeza en la observación de los detalles aparentemente nimios y la capacidad para hilarlos en un tapiz —en un relato— a gran escala de profunda coherencia semántica y narrativa:

“Recordar y luego hilar con el presente todo lo recordado era su pasatiempo favorito. Incluso su único talento verdadero.”


De tal manera, el autor describe con acierto hipnótico y estilo cuidado de gran eficacia el impacto del acervo cultural que los tres protagonistas tienen en común, así como la significación última —si no la circunstancia concreta— de sus experiencias individuales, desenvueltas en ese laberinto que los ochenta  —donde eventos históricos cruciales convivieron con el ensalzamiento a la categoría de hito de nimiedades absolutas— fueron para muchos, y del que no todos lograron escapar.

Al final, la única salida para darse importancia y hacerse hueco en una Historia repleta ya de todo lo posible fue revestirse de grandilocuencia, donde el eslogan sustituye al argumento, y la opinión se confunde con la teoría en boca de la generación que engendró a la que ahora conocemos como blanditos:

“Estaba harto del 11 de septiembre en un país que en el fondo adoraba ser el centro absoluto de las conversaciones de todo el planeta. Sus amigos americanos le echaban en cara no haber estado ese día; una fecha que se empeñaban en definir como «la que partió la historia en dos» (…). Andrés, por su parte, lamentaba que esas amistades tuvieran profesiones mediáticas, repletas de titulares convertidos en frases hechas y lugares comunes; titulares propios de una generación atrapada por definiciones sobre el nuevo siglo, el miedo o la histeria. (…) lamentaba públicamente no haber vivido esos días de pánico para poder acompañar a sus amigos a las farmacias donde ofrecían Prozac gratis. (…) Los enemigos de Bin Laden mantuvieron a la primera nación del mundo completamente dopada”.

La desubicación de quien vive entre dos países y no es ni de aquí ni de allí, la pérdida o el abandono, el atrapamiento, la memoria que se empeña en reparar los desconchados que el tiempo imprime en todas las paredes, el contraste entre el afán —la obsesión— de originalidad y la repetición de todo —especialmente cifrada en el personaje de Rodrigo, cuya decisión final es su única forma de reafirmar lo que verdaderamente es; lo que él fue y esa gran apisonadora llamada mundo le obligó a cambiar—, incapaz de superar la copia o el pastiche, el ansia que no encuentra objeto de los rebeldes sin causa… todo eso circula por estas páginas narrado con ácida agilidad —con algo de lastre en la parte final— y sagacidad incisiva.

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